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CASTAÑIR Caminata “santera”: San José, San Pedro y San "Benino" | |||||||||||||||||||||
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En Mieres tomamos el autobús de Urbiés que nos lleva hasta el barrio de San Francisco; allí buscamos el pozo san José; en la subida al cementerio vemos dos carteles de ruta, a la izquierda, PR AS 188 y a la derecha PR AS 189, la ruta que vamos a seguir. Entramos por la pista que lleva al cementerio, pasamos una piedra-mojón de la Senda Verde y luego caminamos hacia la derecha subiendo por una senda abierta en la ladera de la escombrera. Veremos luego un llano y una pista que viene de derecha a izquierda, con un poste de ruta al que le han desaparecido las señales. Con el cementerio a la izquierda, caminamos por una pista ancha hasta llegar a un regato y una caseta de aguas. Hacia la izquierda continua la senda, ancha llana y muy tentadora, por donde sigue la Senda Verde y hemos caminado otras veces; pero nosotros tomamos un camino que comienza entre el reguero y la caseta, sin señales de la ruta que seguiremos, y que más adelante se dirá por qué no las vemos. Es una pista ancha que se dirige hacia una casa de campo junto a la que gira a la derecha. Siempre en descansado ascenso, curvea atravesando la enorme escombrera que ocupa estos lugares, con mucho arbolado, generalmente de castaños. Pronto nos ponemos en una explanada, posiblemente de maniobras de las antiguas instalaciones mineras y que hoy está reconvertida en huertas, con cuadros muy bien cultivados, y que dejamos a la derecha al pasar; al final de ellas se adivina entre la maleza la primera bocamina.
Sin ver ninguna señal de la ruta, seguimos con nuestro camino que nos va a llevar a lo que ahora es una pista ancha y que en sus tiempos fue la caja del ferrocarril minero. Enlazamos con ella y por allí vemos ya las señales de la ruta “oficial” que deberíamos haber tomado abajo, junto al poste que no tenía señales. Casi nos alegramos porque un buen conocedor de estos alrededores fue quien nos aconsejó seguir este camino que a para él es más cómodo y corto. Una señal nos indica que hemos de caminar la izquierda, y aparece por primera vez en ella el nombre de “Castañir”, que da nombre a esta caminata. Marchamos hacia esa mano y a unos metros vemos en el talud de la derecha una estrecha bocamina, casi cubierta por la vegetación. En unos minutos alcanzamos una explanada donde se aprecian todavía los restos de edificios que fueron las antiguas instalaciones de la mina “San Francisco”, como puede leerse en un cartel que indica la fecha de 1922. Luego continúa la pista, ancha, llana y muy cómoda para andar; atraviesa un bosque de castaños, con el valle siembre abajo y a la izquierda. Dejamos a nuestro paso una casa de piedra, de planta y piso, muy bien restaurada y a los pocos pasos vemos un campo de fútbol, y sabemos que estamos a unos minutos de Tablao. Atravesamos el cogollo de casas que forman este lugar y bajamos hacia el área de descanso, muy bien situada, con mesas y bancos que invitan a los caminantes a una parada. Allí, otro cartel indica la entrada de la mina San “Benino”, que se entrevé a la izquierda. Caminamos al lado del campo de fútbol llevándolo a la izquierda, por una pista-carretera por la que se sacaba el mineral que luego volcaban hacia el valle. En una ligera subida que hace esta pista, se ve otra vez, abajo, el inicio de la caminata, con el pozo San José, dándonos la impresión de tenerlo casi a la mano. Caminamos un poco más por la pista, rodeados de castaños, y pronto alcanzamos a ver las casas de Candanal. Vemos a la entrada una especie de marquesina con una mesa y bancos, muy bien preparada por los vecinos, donde nos invitan a una parada, que nos sirve para tener un rato de conversación y enterarnos de las bondades de este lugar.
Dejamos Candanal y en una intersección caminamos hacia la derecha; pasamos una casa de 1897, como se puede leer en ella y seguimos un camino estrecho con valla de palos. Cruzamos un reguero y caminamos hacia Castañir, que ya vemos desde aquí. Viene ahora un punto que puede despistar a los caminantes, por lo que hay que llevar cuidado: el camino se bifurca, con una salida en ligera bajada hacia la izquierda, que no seguimos. Nuestra ruta sigue por la derecha en ligera subida; a unos pasos, veremos a la izquierda una pasadera y unos rústicos escalones que nos dejan subir a ella; atravesamos la pasadera y luego, un prado siguiendo un camino estrecho y bien marcado. Al salir del prado pasamos la otra pasadera que lo cierra y alcanzamos una caleya que viene de arriba. Caminamos hacia la izquierda flanqueados por empalizada a las dos manos, llegando en unos pasos a las primeras casas, una de ellas, de corredor con balaustre torneado y con una buena panera a su lado, nos saluda a la entrada. Salimos del lugar por una pista de cemento en pendiente; pero caminamos por ella unos metros nada más porque en la última casa giramos a la izquierda, para caminar por una caleya ancha. Llevamos el valle a la izquierda, siempre presente en una buena parte del recorrido, y, más arriba, el Polio, cuya silueta se recorta sobre el cielo. Un poco más adelante y en una pista con algo de barro, vemos a nuestra izquierda una salida del camino; un letrero de la ruta nos indica que allí abajo se encuentra el “4º piso de la mina San Pedro”. Bajamos a la pequeña explanada de la antigua mina, aprovechada hoy para cultivos, y curioseamos un poco, observando las reliquias que han quedado de las instalaciones mineras. Allí se encuentran también los restos del polvorín, que parece ser el más antiguo de la minería en el país. Volvemos al punto donde abandonamos nuestro camino y continuamos siguiendo el letrero que indica “Fresneo”. El camino se anda bien y atraviesa un monte de castaños y monte bajo, con el río Inverniego a la mano. Veremos en poco tiempo los restos de lo que fue un molino. Allí el camino pasa la lengua de agua, revolviéndose hacia la izquierda. Pasamos por las piedras dejando el molino a la espalda y comenzamos la ascensión por un camino rodeado de una abundante vegetación. Un poco más adelante nuestra ruta se dirige bruscamente a la derecha y abandona la pista que continúa al frente. Un poco más arriba dejamos una salida que sube ligeramente volviéndose hacia atrás de nuestra marcha y nosotros llaneamos ahora con el río que baja a nuestra derecha. Por allí vemos un curioso canal muy bien construido con muros de piedra, como de un metro de altura y de un buen espesor, ¿para llevar agua al molino?, ¿para las instalaciones mineras?. Dejamos a la izquierda los restos de unas “corras” de buen tamaño, que en sus tiempos tuvieron la previsora función de almacenar ese alimento fundamental que fueron las castañas. Comienza otra vez el camino a ponerse más pendiente; en el suelo se aprecian los restos de piedras de buen tamaño y muy bien colocadas, formando lo que sería en aquellos tiempos el equivalente a una de nuestras autovías. A la mano en la que el desnivel pudiera representar un peligro para caminantes o caballerías, se aprecian todavía grandes piedras muy bien colocadas, formando una especie de bordillo de seguridad. Alcanzamos una bifurcación y, dejando el camino ascendente de la izquierda, caminamos por el de la derecha que llanea, con restos de otra corra a la entrada, un muro de contención de piedra un poco más adelante y el río que corre a contramano a nuestra derecha. Se aprecia una especie de túnel, de donde sale ahora el río como algo que nos extraña; a los pocos metros volvemos a ver el río y apreciamos que fue una construcción para que la escombrera del piso 6º de la mina de San Pedro no interrumpiera su paso, abriéndose en la explanada sobre la escombrera, una finca cultivada.
Sigue el camino en ascenso suave ahora, con el río a la derecha y el bosque tan abundante y asilvestrado en algunos lugares como antes. A los pocos metros el camino que sigue al frente, se estrecha convirtiéndose en un camino de pezuña que abandonamos. Seguimos hacia la izquierda y en subida, comenzando aquí una ascensión continuada, en algunos lugares de pendiente tan acusada que será conveniente tomar algún descanso para tomar aire y alegrar la vista con e paisaje agreste que se contempla. No tomamos ninguna de las salidas que se ofrecen para llegar arriba hasta entroncar con una pista ancha que baja de la derecha. Hemos alcanzado el Camino Real de Fresneo, en cuya intersección vemos varios indicadores: hacia la derecha se caminaría hacia Fresneo, y por allí pasa la ruta PR AS 35, llamada “Ruta de las brañas turonesas”; nosotros seguimos hacia la izquierda, en dirección a Ablaneo. La pista es ancha, recientemente arreglada y el ligero descenso nos compensa de la subida, poniéndonos en unos minutos en la fuente y lavadero de Ablaneo. Tenemos la suerte de encontrar hoy a los dueños de "Casa el Agüelo", que siempre son tan atentos con estos caminantes. Desde aquí hay una magnífica perspectiva del valle, a una mano y a otra, mientras al frente contemplamos la solanera ladera del Polio. También anda por allí el señor Antonio, que ha subido ha subido para arreglar un poco la huerta, y charlamos un buen rato con él y con su esposa, recordando las ricas cerezas que en su tiempo hemos comido de estas cerezales y prometiéndoles volver cuando se encuentren en su punto. Se nos presentan aquí dos alternativas: Una: seguir por el camino de cemento ancho y en descenso que nos llevará abajo a una mínima área de descanso, con un mínimo también recordatorio a los mineros. Allí podemos caminar hacia la derecha siguiendo la cómoda senda construida sobre lo que fue un ferrocarril minero y que en un paseo agradable nos pondrá en San Andrés, dpnde podremos tomar el autobús que nos lleva a Mieres.
Otra: Atravesamos por entre el grupito de casas y junto a la última de la derecha, muy bien restaurada, sale un camino en descenso por el que entramos, avisados por una señal del camino que nos manda a Corrales. Es un camino en constante descenso, con las mismas trazas de haber estado muy bien empedrado, con muros de piedra seca que se conservan en buen estado. Dejamos una desviación a la izquierda y hacia atrás; seguimos de frente y nos olvidamos un poco más adelante otra que sube. Encontramos otra bifurcación y caminamos por la izquierda, siguiendo las señales, si las encontramos, y cuando no, guiados, por la buena suerte. Un castaño, luego, parece querer cerrarnos el paso, pero sólo lo hace para presumir de edad y de sus notables dimensiones. Seguimos hasta el caserío de Corrales, curioso lugar donde se conservan algunas reliquias propias de un museo. Allí vemos un hórreo, y debajo una especie de trineo bordeado de varas entrecruzadas, empleado en sus tiempos para trasladar el estiércol y que en algunos lugares se conoce como “carreña”. Se conservan sólidas casas de piedra, pero lo que más llama la atención de los caminantes es el horno con su boca, que puede contemplarse en la fotografía. Abandonamos el caserío y tomamos ahora un tramo muy pendiente por nuestro empedrado camino, cubierto en muchos lugares por una gruesa capa de hojas de los castaños que lo rodean. Torcemos bruscamente a la izquierda abandonando el camino que se dirige a una finca. Grandes castaños nos acompañan hasta una intersección donde tomamos el camino de la derecha y luego encontramos una bajada muy pendiente. Hace un buen rato que podemos ver la carretera y las casas que la bordean y, perdiendo altura a cada paso, alcanzamos una pista ancha en la que caminamos hacia la izquierda para meternos en unos minutos en San Andrés, sirviéndonos de pista la inconfundible silueta del castillete del pozo Espinos. En san Andrés esperamos el autobús para volver a Mieres, dando por terminada esta “santera” caminata que nos ha resultado muy agradable. Podemos haber recorrido entre catorce o dieciséis kilómetros, aunque el tiempo nos lo callamos, pues hemos estado más parados y de charla que caminando, lo que nos ha enseñado mucho, y agradado mucho más.
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