Esta es una web escrita por y para amantes del BDSM. Los temas comunes son Dominación, Sumisión, Bondage, Sado, masoquismo y las relacionadas: literatura, poesía, relatos, técnicas, experiencias perso- nales y comunicación entre los aficionados. .
"Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas." S.Juana Inés G a t a s
Algunas veces vuelo
y otras veces me arrastro
demasiado a ras del suelo,
algunas madrugadas me desvelo
y ando como un gato en celo
patrullando la ciudad
en busca de una gatita
a esa hora maldita
en que los bares
a punto están de cerrar
El taxi se
detuvo en el portal convenido. El edificio, en un barrio elegante,
aunque no muy céntrico, tenía cinco plantas y era de las
construcciones elegantes de finales de
siglo.
El
impresionante portón de cuarterones con herrajes dorados que
protegía el edificio estaba cerrado, pero al aproximarme se abrió y
un empleado, me invitó a pasar y a seguirle con una breve frase.
Luces indirectas y un pequeño ascensor muy coqueto fue todo lo que
pude destacar en el hall de
entrada.
Subimos,
en silencio, hasta la cuarta planta. Iba nerviosa, llegaba tarde.
¿Lo entendería mi amo?, ¿comprendería que la pequeña tardanza se
debía a mi deseo de ofrecerme a él perfecta, sugestiva, e
impecable....?
Había
elegido cuidadosamente mi atuendo para que se sintiera orgulloso de
mi. Había repasado una y mil veces todas sus anteriores
indicaciones: me había rasurado como me ordenó y mi sexo palpitaba
suave , desnudo. Le sentía como fuera de mi, como un ser maravilloso
que ofrecería a mi amo para su
placer.
Mientras
el ascensor continuaba subiendo, toqué levemente con la punta de mis
dedos, la gargantilla de ante negro que me había enviado aquella
misma mañana. Mi nombre, figuraba en el broche y el suyo, estaba
grabado en el pendentif de oro que indicaba quién era mi dueño. Era
a la vez carta de posesión y aviso a los otros amos sobre la
propiedad de mi persona. Mi pelo moreno y muy corto hacia resaltar
mis almendrados ojos verdosos siendo la nota de color que hacía
vivaz mi imagen.El vestido de seda negro; con escote palabra de
honor y el alto talle que definía mi pecho, me hacia mas alta; hacía
que mis piernas, luciesen infinitas, moldeadas y las sandalias de
rejilla con tacón alto y fino me elevaban y daban a toda mi figura
una esbelta
armonía.
Me
sentía preocupada pero feliz. Mi amo iba a presentarme a sus amigos
durante la cena que se iba a celebrar en los comedores privados de
aquel selecto club, en que amos y amas mostraban a sus sumisos como
si fuesen trofeos obtenidos en una
cacería. Yo
quería ser la sumisa más espectacular; quería que mi amo fuese
plenamente feliz al mostrarme a sus amigos encendiendo en ellos una
llama de deseo imposible de obtener.
El ascensor
se detuvo y entré en el cuarto. Diez, tal vez doce personas, se
sentaban alrededor de una mesa que me pareció inmensa. Había grandes
butacas para los amos; para las sumisas, unos taburetes sin respaldo
forrados de cuero granate. Una de las banquetas estaba vacía. Todos
charlaban animadamente hasta que se percataron de mi
presencia.
Se
hizo un absoluto silencio. Un silencio profundo, que me sobrecogió.
Busqué la mirada de mi señor. Deseaba que con su reconocimiento,
cesase aquel silencio espeso y espantoso que hacía que mis pómulos
se coloreasen y mi respiración se agitase entrecortada. Busque sus
ojos, y su frialdad me dejó sin
aliento.
Llegas
tarde, me dijo; y en aquel momento creí desfallecer. Se me nublaba
la vista y las piernas me temblaban. Me sentía muy desdichada y mis
ojos se velaban por unas lágrimas que apenas podía
contener.
Estaba
sola. Mi amo se volvió hacia su izquierda; en el siguiente gran
sillón, permanecía erguida y fantástica una Ama. Tómala, le dijo, te
la ofrezco. Puedes usarla como te plazca; será su castigo por la
tardanza. Así aprenderá a respetarme. El ama, era una mujer muy
bella, alta y yo diría que escultural. Tenía el pelo muy corto y
vestía traje de chaqueta gris marengo, con el toque de color que le
daba una corbanda gris perla de seda. Tenía los ojos muy grandes,
negros y brillantes. Y creí ver en ellos, un hálito de
simpatía.
Ven,
-me dijo- siéntate a mi lado. Obedecí con la mirada baja y quede a
su lado, expectante y
temerosa.
Los
comensales, poco a poco, reanudaron sus conversaciones. Mi amo,
intervenía en ellas con la mayor naturalidad; ajeno absolutamente,
por lo menos en apariencia, a la escena que acababa de
ocurrir.
El
ama se llamaba Lidia y se volvió hacia mi. Se levantó y como a
cámara lenta vi que me tendía la mano.
"Ven."
Todo
se movía; la visión se reducía ante mis ojos, me embargó una
terrible sensación de vértigo mientras me conducía hasta una zona al
fondo de la estancia apenas iluminada por falsos velones. Allí, una
muy mullida moqueta verde musgo hacía inaudibles nuestras pisadas,
impregnando la escena de una sensación algodonosa e irreal. Sólo oía
el golpear rítmico de mis sienes y apenas la leve respiración que
resecaba mis labios al entreabrir la boca para impedir cualquier
otro
sonido.
Con
dulzura, me reclinó sobre un ligero potro de madera clara de roble
forrado de cuero verde. Me miro a los ojos y yo baje mi mirada
absolutamente entregada. Con su mano derecha delgada y fría,
realizó, no obstante, una cálida caricia que apartó de mi
enfebrecido pómulo una lágrima de soledad y desdicha. Rozó su mano
izquierda por toda mi espalda mientras se situaba tras de mi. Me
pareció que se retenía, un tanto, a la altura de mis caderas y luego
de manera desenvuelta me levantó el vestido hasta dejar en
exposición mis redondos globos nacarados. Sentí un destello al
notarme mordida por la cimbreante vara de madera de abedul que rasgó
mi piel suave. Lo imprevisto del acto atenuó el dolor inmediato y
tan sólo me proporcionó la consciencia de un cierto calor que
enardeció mi
sexo.
Tan
sólo dos siguieron al primero; pero fueron suficientes para
producirme una sensación a la vez dolorosa y placentera y difusos
sentimientos entremezclados de vergüenza y exhibición. Volvió a
bajarme el vestido. Me levantó casi sin que me diera cuenta y
tomándome con su mano suavemente por la barbilla rozó sus labios
contra los míos en apenas un revolotear de mariposas. Vi en el
brillo de sus ojos que había gozado. Ya en el taburete, no podía
apartar la atención del calor que inundaba mi
sexo.
Me
sentía excitada y solo aguardaba ser reclamada por mi amo...
Beso
el polvo de los pies de mi ama, adoro desesperadamente cada
partícula de su cuerpo desdeñoso. Sé que soy solo un entretenimiento
para ella, que si soy muy pero muy optimista tal vez sea su esclavo
durante un año o dos. Y después de ella… no sé… la más absoluta y
angustiosa
incertidumbre. Pero
debo aprovechar el ahora, el momento. Sé muy bien que no puedo
confiarle mis sentimientos, ella fue muy clara al respecto, el amor
está fuera de esto.
Apenas
nos conocimos más que de vista, ella es una de tantas amigas de mi
madre. Hace años que visita la casa, y a pesar que no es una belleza
deslumbrante, posee una delicada y serena hermosura, hija de una muy
bien llevada madurez; supongo debe rondar los treinta y pico. Ella
se destaca entre las demás, grises o anodinas, tiene luz propia y
sus hipnóticos ojos cobran vida cuando habla de libros. Le gusta
leer casi enfermizamente y devora cualquier tipo de libro del que
puede hablar durante horas con su prodigiosa
memoria. Todo
comenzó una tarde que llegaba del trabajo cuando tropecé con ella en
el ascensor. La sorpresa de encontrarme en un lugar tan reducido con
el objeto de mi admiración hizo que soltara algunos libros que
llevaba en mis manos. Entre los aburridos tomos de la facultad se
deslizó uno que llevaba oculto, "La Venus de las Pieles" -aún no
recuerdo como fue que llegó a mis manos, creo que lo compre en una
vieja librería de la calle Corrientes-. Sus reflejos fueron más
rápidos y se arrodilló por él antes que yo. Lo tomó entre sus
delicadas manos de uñas almendradas y me lo entregó con una sonrisa
cómplice. Yo enrojecí, tuve la más absoluta certeza que también lo
había leído. De pronto me sentí desnudo frente a ella y la sensación
me llenó de vértigo. Alicia deslizó sus uñas por mi mejilla y ese
pequeño gesto íntimo fue la primera vez que tuvimos contacto físico.
Aquello hizo que mi miembro protestara dentro de su prisión de
algodón. Cautivó mi mirada con sus ojos flamígeros - es curioso, no
eran como los recordaba, creo que nunca había reparado en ellos, son
entre verde y grises, claros, fuertes y profundos, con un ribete más
oscuro alrededor de las pupilas. Acercó sus labios pecaminosos a mi
oído y con un tono enigmático
susurró: - Dentro
de poco hablaremos de nuestros gustos…
"literarios". No
recuerdo nada más de esa tarde, ni como entre a mi casa, ni siquiera
como llegué a mi cuarto. Solo el flash continuo de sus ojos
hipnóticos y aquella boca carnosa. Afuera oía las voces de mi madre
y ella, ahogadas por las risas. Me sentí intoxicado, tenía temor que
fuera todo una
alucinación. Esa
noche no pude dormir, continuamente veía sus ojos de cobra, duros,
narcóticos. Desperté muchas veces esa noche, anhelando algo, no
estaba seguro que, si tenerla entre mis brazos o estar entre los
suyos. Me sentía inquieto, las cobijas quedaron en el suelo muchas
horas mientras me acariciaba, imaginando su boca carnosa, sus
labios, su lengua recorriéndome
entero… Por
la mañana, con los ojos casi cerrados de sueño me levanté
arrastrando los pies. Mi madre -como buena idishe mamme- pensó que
estaba enfermo. La calmé diciéndole que solo fue una mala noche.
Desayuné en silencio y malhumorado. Solo pude sonreír cuando mi
madre
dijo: -
Espero que no te molestes. Alicia necesita ayuda en su casa. Debe
trasladar la biblioteca y su marido está de viaje. Yo le ofrecí tu
colaboración. Me
alargó un papel con su teléfono. Fingí un gesto de fastidio, no
quería que mi madre se diera cuenta de mi exaltación. Salí de casa
pensando en Alicia y el gran placer que me causaría trasladar su
"biblioteca". En
cuanto llegué al trabajó la telefonee. Traté que mi voz no sonara
demasiado ansiosa, aunque no estoy seguro de haber tenido éxito. La
suya sonaba exacta a mis sueños, se deslizaba como la seda sobre la
piel desnuda. Fue clara y concisa, me explicó lo que se esperaba de
mí. Silencio, sumisión y deseo de investigación. ¿Qué más puedo
agregar? La jornada se me hizo larga, la expectación me tenía sobre
ascuas.
Fui
puntual, es más, llegué casi veinte minutos antes. Alicia abrió la
puerta de su casa con una gran sonrisa, pero con aire distante;
llevaba puesta una blusa negra de seda, con un generoso escote y
unos pantalones de cuero, también negros. Me pareció más alta,
pronto entendí la causa: llevaba unas sandalias de tacos finos y
altísimos. Me sentí intimidado y fuera de lugar frente a ella, no
sabía ni dónde poner las manos. Sin una palabra me tomó suavemente
del brazo y me llevó hasta la biblioteca. Me señaló una pila de
libros y me dijo que necesitaba que los clasificara por autor y
luego alfabéticamente. Quedé shockeado, no podía creer la cantidad
de libros que tenía en la inmensa biblioteca. ¡Y yo que imaginaba
una agradable tarde de sexo! Reí histéricamente, estaba seguro que
se trataba de alguna broma muy
pesada. Me
aboqué a la tarea mascullando, Alicia se quedó observando un buen
rato. Yo sudaba copiosamente, supongo que por la humillación. Ella
salió de la estancia y me dejó solo por una hora rodeado de aquellos
libros. A la vuelta, sin más palabras me dio una orden
seca: -
Sacate la
ropa. La
miré fijamente y caí en la cuenta que no bromeaba en absoluto.
Intimidado, le di la espalda y me desnudé en silencio. ¿Por qué
demonios tenía tanta vergüenza? ¿Sería tal vez el ámbito fuera de
contexto, desnudo entre libros? Finalmente pude enfrentarla aun con
el fino boxer blanco puesto. Se aproximó a mí realmente enojada y
tiró del elástico de mi ropa interior. Cuando lo soltó, una fea
marca roja se dibujaba en la
cintura. -
¡Dije toda! - su voz ya no era seda, se oía como alambre de púas y
su mirada era más gélida y dura que nunca.
Me
deshice rápido de la molesta prenda. Ella sonrió triunfante, su
rostro se iluminó con una gracia casi sobrenatural. Mientras me
sometía con su mirada helada y distante me hizo una caricia
enloquecedora, aunque cuando quise responderle me dio un golpe
doloroso en las manos y con un suave beso al aire silenció mi
humilde
protesta. Con
un gesto autoritario me obligó a quedarme muy quieto mi lugar y dejó
de nuevo la biblioteca. Tardo poco en regresar, traía en sus manos
un par de relucientes esposas de frío acero. Nuevamente sus ojos me
traspasaron y sin emitir palabra le presenté mis muñecas, Alicia las
deslizó con pericia y me miró nuevamente con sus ojos duros, tragué
mi voz y agaché la cabeza,
intimidado. Con
un gesto de autoridad me indicó el piso. Instintivamente me
arrodillé casi con devoción. Esta vez ella sacó su vestido por la
cabeza y me miró sugestivamente. Llevaba un corsé negro con
portaligas. Ella ofreció su pie calzado con la sandalia de tacones
finos. Besé sus dedos con fruición. Ella gimió, aquello me
envalentonó, seguí besando con más pasión y mi excitación iba en
evidente aumento. Lamentablemente, perdí la noción del tiempo y para
mí duró solo un instante, hubiera dado la mitad de mi vida por que
durara más tiempo. Ella apartó con violencia el pie de mi mano y
señaló la
mesa. -
Allá está la llave, sacate las esposas y andate. Nos vemos en un par
de
días. -
Pero, así… ¿me dejás así…?- dije con voz temblorosa de
deseo. -
Silencio, sumisión y deseo de investigación. ¡No lo olvides!- fue
toda su
respuesta. Se
fue cerrando la puerta del dormitorio tras de sí … me dejó solo,
excitado y avergonzado. Deseaba satisfacerme pero ni siquiera lo
intenté, tenia la certeza que no le iba a gustar. Me vestí y salí de
la casa, con un regusto feo en la
boca.
Con el correr de las horas mi indignación fue en aumento. Me sentí
asqueado, la muy zorra realmente se había pasado de la raya,
calentarme de esa manera ¿para qué? ¿cuál es el objeto? ¿En eso
basaba la sumisión, en dejarme con un dolor sordo en la
entrepierna? Llegué
a casa y fui directamente a
dormir. Por
unos días intenté con todas mis fuerzas olvidar aquella experiencia.
Juré a mí mismo no volver a esa casa. La idea de ser un objeto me
perturbaba. Sentía pánico. Esperaba que no volviera a
llamar. Sin
embargo, falló. Me llamó nuevamente y dejó el mensaje en el
contestador, me esperaba el jueves a las siete para seguir
clasificando la biblioteca. La duda me paralizó. Tuve la mala suerte
que mi madre levantara el mensaje. Aunque ensayé una excusa, ella
fue inflexible. Debería ayudar a su amiga y terminar lo que había
comenzado. Ahora,
analizando la discusión que tuve con mi madre, creo que yo mismo
buscaba que ella me impulsara a sus brazos. En mis hombros estaban
sentados un diablito y un angelito. El uno me decía que me
zambullera en esa relación y el otro me advertía que tal vez nunca
volvería a ser el
mismo. Nuestro
segundo encuentro fue tan extraño como el primero. Se repitió casi
con exactitud milimétrica todo, la biblioteca, mi desnudez…
realmente encontraba frustrante el ritual absurdo e irónicamente me
encadenaba a ella. Anhelaba enfermizamente que me permitiera hacerle
el amor. Tal era la necesidad de penetrarla que no me importaba
absolutamente nada, ni que fuera casada, ni que mi madre fuera su
amiga. No me importaba nada en
absoluto. No
protesté cuando nuevamente aparecieron las esposas en juego. Ella me
besó profundamente y bajó sin decir palabra hasta mi pene. Lo tomó
con las puntas de sus dedos y acarició mi glande con sus labios
suaves y carnosos. En ese instante fue como si luces de colores
explotaran frente a mí. Antes había estado con jovencitas pero nunca
sentí lo que experimenté con Alicia. Realmente era una maestra, creo
que en ese instante caí en sus redes y me enamoré como un colegial.
Cuando terminé, ella me miró con sus maravillosos ojos, mi corazón
martilleaba en el pecho y mis sienes explotaban, en ese instante
musité que la amaba. Ella me observó duramente y dijo tajante:
-
No metas al amor en esto.
Si
en ese momento me hubieran cortado no saldría de mí una gota de
sangre. Se incorporó y acarició mi cabello con dulzura inesperada..
-
El amor es una complicación.
Aquello
me golpeó como un mazazo, pero a la vez aclaró mis ideas; no podía
esperar nada de ella. Pero, mirándola moverse es tan hermosa, tan
inteligente… y a pesar de sus advertencias, es imposible no
enamorarse. Continuamos
nuestros encuentros febriles donde el corolario inevitablemente era
el sexo oral; nunca pude penetrarla y no me animaba a sugerirlo.
Sabía quien era la que mandaba y si ella no lo sugería estaba
totalmente fuera de discusión. Era divertido verla en mi casa cuando
acudía a tomar el té con mi madre y sus amigas. Ella era una de las
más jóvenes y más discretas del grupo -nunca hablaba de conquistas
ni de amantes-. Una de las mujeres -gorda, chabacana y fea- la
tildaba de mojigata. Ella clavaba sus ojos fríos en el rostro
redondo de su contrincante y bebía su té sin contestar sus
comentarios mordaces, solo yo veía la sonrisa irónica oculta tras la
taza. Cada sábado por la tarde cuando se reunían buscaba una excusa
para quedarme en casa y me mantenía en mi habitación intentando oír
sus conversaciones. Por desgracia Alicia hablaba poco y en tono
bajo, creo que sospechaba mi maniobra y sabía que yo no perdía
palabra de sus aquelarres
sabáticos. Hay
un sábado que atesoro particularmente en mi memoria, era un enero
muy caluroso y yo estaba desnudo, tirado en mi cama. Me mantenía en
duermevela, oyendo los movimientos de las mujeres reunidas en el
comedor. Oí la voz de Alicia, excusándose para ir al baño. Intuí que
me buscaba pero no hice ningún gesto. Segundo después entró en mi
habitación precipitadamente. Se despojó de la remera ajustada y de
tirantes color champagne. Me ofreció sus pechos redondos, orgullosos
y de pezones tostados. Gimiendo como un infante me apoderé de ellos
y los chupé con deleite mientras me miraba con su expresión de
esfinge. Con la punta de sus filosos dedos tocó mi miembro
agarrotado. Salió
de igual manera que entró, en segundos se puso la prenda y dejó la
habitación sin permitirme oír su voz. El encuentro de ese día no
llevó más de cinco minutos, el tiempo reglamentario para ir al baño
y lavarse las
manos. Cuando
me dejó solo quedé mordiéndome los labios de excitación y con una
erección monumental. De más está decir que usé esa imagen para
masturbarme durante muchos
días. Así
era mi relación con ella, en algunos momentos odiaba eso, detestaba
el poder que ejercía sobre mi pero aquello duraba muy poco. Pronto
volvía la adrenalina, la excitación. Vivía en una permanente
incertidumbre, nunca sabía cual sería su próxima jugada, el
siguiente movimiento o bien, cuando terminaría la
partida. Por
eso la amo… por eso gozo cada contacto con ella. Gracias a Alicia no
tengo que pensar, tengo todo solucionado, me limito a obedecer, a
dejarme llevar. Me encanta su madurez, el dominio que tiene de las
situaciones. De algo no estoy muy seguro, si la amo a ella o amo la
mise en scene que produce; tal vez si las cosas fueran diferentes ya
no sentiría esa emoción que experimento cada vez que la
veo. Tuve
un mal presentimiento cuando su marido abrió la puerta esa tarde que
habíamos quedado en encontrarnos en su casa. El tipo me llevó sin
una palabra hasta la biblioteca y me señaló la puerta con una
sonrisa insoportable colgada de su rostro. Mis sienes martilleaban y
el corazón saltaba desaforado en mi pecho. La hallé sentada en el
sillón que tanto recuerdos encerraba. No tenia ese aire triunfador,
sus ojos no tenían el brillo magnético al que me tenía acostumbrado.
Me pidió amablemente que me sentara y tomó mis manos, mientras me
miraba con
tristeza. -
No nos veremos mas- dijo con voz ahogada. La interrogué con los
ojos, las palabras no salían de mis
labios. Rápida
y mecánicamente me contó las razones de nuestros encuentros. Su
marido era su amo, el cual le ordenó que iniciara a alguien joven
mientras estaba ausente. Pero ahora que había regresado, ella volvía
a su papel de esclava. Salí de la biblioteca y de la casa atontado,
sin emitir una palabra y con la sangre agolpada en mi rostro…
Intenté
con todas mis fuerzas volver a mi vida, a la rutina que estaba
acostumbrado antes de Alicia, pero lamentablemente no pude. No podía
tocar a otra mujer que no fuera mi ama y ninguna me parecía la
suficientemente buena para ofrecerle mi cuerpo y mi sumisión, me vi
envuelto en una forzada castidad. Creo que mi madre notó algún
cambio en mí, aunque piadosamente nunca hizo ningún comentario. No
volví a verla durante mucho tiempo, aquello me hizo muy mal. Hubiera
deseado aunque fuera estar a solas con ella solo algunos minutos, no
podía sacarla de mi
cabeza. Casi
sin querer me enteré de su separación, la cual fue bastante
traumática. Aparentemente su marido no quería dejarla ir y ella se
ocultó en el campo un buen tiempo, huyendo del acoso al que la
sometió. Me hubiera gustado que se hubiera acercado a mí, pero la
conozco lo suficiente para saber que el orgullo y la autosuficiencia
son parte muy importante de su
personalidad. Esta
mañana mi madre me pasó un mensaje de Alicia, me pedía que fuera
hasta su nuevo departamento a ayudarla a instalar nuevamente la
biblioteca. Esta vez mi mamá no insistió en que acudiera a la cita,
es más, me sugirió que le presentara una excusa. Yo la miré
fijamente y no respondí. Creo que ella entendió y no volvió a tocar
el
tema. Acudí
puntual y feliz a su encuentro. La mujer que abrió la puerta era mi
Alicia, en todo el esplendor de su belleza madura y serena, mi ama
adorada. Llevaba un vestido largo de terciopelo bordó con escote
cuadrado, de sus mangas caían vueltas y más vueltas de un exquisito
encaje de Bruselas. Me guió hasta la biblioteca y esta vez la seguí
de rodillas. Ella sonrió y supongo le pareció maravilloso el pequeño
homenaje que le estaba rindiendo. Con lentitud enloquecedora levantó
el vestido y dejó ver sus piernas calzadas con unas botas de tacones
altos y afilados. No necesité que me ordenara, besé las puntas y fui
bajando el cierre y dejando besos en su pierna a medida que bajaba.
Ella me observaba con sus ojos oscurecidos de deseo y un gemido se
escapó de sus
labios. Me
llevó hasta el sofá y esa fue la primera vez que mi ama me permitió
hacerle el amor, febrilmente, con desesperación. Me dio permiso a
que la besara y la hiciera gozar. Y mi ama realmente quedó muy
conforme conmigo, cubrí totalmente las expectativas y aquello me
hace un esclavo muy feliz.
Nunca
creía que "el silencio, la sumisión y el deseo de investigación"
pudieran ser tan placenteros.
"Ahora que el
silencio se espesa con el calor de la tarde,ahora que los pajaros
han huido donde no sabemos, ahora que el ventilador es el único
ruido soportable en este tremulo momento en que tú sigues ahí, en el
suelo, desnuda por mi gusto, desnuda y entregada, desnuda y
expuesta, esperando que una voz rompa el vacío que llena la estancia
donde yaces arrodillada, la cabeza en el suelo, el culo en pompa,
pasos que te rodean, sombras que te cercan, mientras calculas cada
movimiento a tu alrededor tratando de adivinar el futuro, tu pasion,
tu condena, e intuyes que se acerca al jarrón donde pusiste en agua
las rosas que te regaló, sientes sus pasos, entrevees la puntera de
sus zapatos frente a tus ojos, "abre la boca.", --dice-, y levantas
la cabeza y la abres sin protesta, y dejas que cruce entre tus
labios el tallo cubierto de espinas, olor a petalos intenso cuando
te susurra: "ahora cierrala." y tus dientes atrapan la rama
temblando, mientras un estrecimiento recorre todo tu cuerpo, desde
los labios a la punta de los largos tacones de tus zapatos
tafileteados en negro, al sentir la punzada hiriente de cada pincho
en la comisura isurta de tus labios
Una canción... "Llevame hasta el mar" - Manolo Tena
La oscuridad la aturdía. Su Señor era bien experto, sabía que teniéndola los ojos vendados captaba totalmente su atención. "¡Maquiavelico, Amo meu!".
Intentaba no desorientarse, calculando mentalmente en qué lugar de la estancia donde se hallaba y el tiempo que transcurría, y de ese modo intentaba aminorar la intensidad de la tensión con la que estaba viviendo aquella nueva experiencia a la que se había entregado con la pasión de una adolescente alocada. Una experiencia "nueva" para ella, que había sido tantos años una dura Ama. Y sin embargo, ella sabía que aquella difícil decisión había sido, no solo algo muy meditado, sino también algo largamente esperado desde tantos años en el fondo de sus recónditos anhelos a pesar de su carácter fuerte, aventurero e indomable.
Ahora, estaba allí, a merced de su Señor y su capricho, por la ley de su propio deseo, de su tesón y su empeño -cuántos días, semanas, al acecho, esperando su oportunidad-, y con sentirlo a su lado vencía sus miedos, se sentía turbada, le temblaba el pulso y cada parte de su cuerpo era un resorte, semidesnuda ante él en cuerpo y alma, temerosa -como no: era una experiencia dura entregarse en el limite del abismo, que solo quien ha conocido la experiencia sabe cuánto-, poseída por una voluntad que ya no era la propia, y deseaba con todas sus ansias que aquel carrusel de emociones que acababa de empezar no tuviera final...¡loca!.
Unos pasos, los pasos de su Amo, tan cerca, y unos ruidos extraños por encima de ella la volvieron a la realidad y se puso en alerta de nuevo. El estomago se le encogió. Aquél crujido que escuchaba procedía de la zona de la viga de hierro colado que tenía sobre su cabeza, la que cruzaba el techo del salón de lado a lado. Dedujo que su Señor estaba enganchando de ella la larga soga de cáñamo que ella misma se había encargado de buscar para la ocasión, siguiendo sus precisas instrucciones.
Se sentía cada vez más inquieta, sin poder remediarlo, trataba de tranquilizarse repitiéndose: "confía, confía...él cuidará de su perra...tu instinto nunca te ha fallado."; enfebrecida, se tensó aún un poco más en la forzada postura en que su Amo la había colocado arrodillada en el piso del suelo; cada músculo de su cuerpo era un resorte a punto de saltar.
Su oído permanecía atento, rastreando cada pisada de su Amo y el más minúsculo sonido a su alrededor, tratando de adivinar cual sería su próximo movimiento. Debía controlar su lado irracional, abandonarse a su Señor por encima de cualquier temor, éste era su afán más vehemente. cada segundo era una eternidad. Respiró profundamente, tratando de recuperar el aliento, le faltaba el aire, quería mantenerse alerta, era su deber, en aquel sacrificio voluntario: un acto incondicional de entrega. Ella misma testimonio y ofrenda, sin vuelta, en la cima de ese sueño difuso que la atrapaba, sometida a su merced, sin otro deseo que consumarlo y consumirse en aquella pira. "¡Seré tu gozo, Amo meu, ordena, a ti me inmolo! ¡con esta arcilla que te ofrezco, moldea a tu perra a tu gusto, en ti me pierdo, átame corto, Amo meu! ¡En la hora de la verdad, tu zorra se ofrece como cordero, dispuesta al sacrificio, yo misma soy el altar que has elegido para la ceremonia, Amo meu!..."
-¡En posición de descanso!.- Es su voz, la de su Amo, grave, seca, que rompe el silencio. Un silencio de cuchillo, que ella trata de no romper mientras junta las piernas y se sienta sobre los talones sin dilación.
-Sí, Señor.- balbucea, con voz rota.
-¡Mantén Los brazos pegados al cuerpo! -exclama.- ¡las palmas de las manos hacia delante y los dedos juntos!.
-Sí, Señor! -acierta a responder.
-¡Abre la boca!
Responde rápidamente y se la ofrece sin demora, tensa, trémula. Los labios se le antojan de cristal en ese intante.
-¡Más abierta! -ordena su señor y tiembla toda ella, con las mandíbulas desencajadas, esperando, qué larga ansiedad la de la espera, hasta que siente como enérgicamente le encaja una fusta de bambú entre los dientes, cruzada de lado a lado, y el intenso roce que le produce en las comisuras de los labios, y como le impide el libre movimiento de la lengua. A duras penas consigue tragar saliva, siente que se ahoga... trata de sobreponerse...
-¡Sujétala bien, y a cuatro patas!
Y ella se pone rápidamente como su Señor la manda, y muerde con firmeza la vara, buscando dentro de ella esa docilidad que desea su amo, teniendo buen cuidado de no marcarla. Aunque tiene los ojos vendados, puede imaginarse la escena en ese instante... puede verse como si fuera una espectadora, fotograma a fotograma, plantada así... como una perra, sujetando la vara de bambú, y a su Amo y dueño absoluto gozando de mirarla, porque así lo desea, contemplándola fijamente y disfrutando plenamente...(continuará)...
Fue extraño y
confuso, pero al mismo tiempo lo recuerdo todo con detalle y
precisión. Comenzó con un sorpresivo envite que al principio pareció
peligroso. "Dios mío", pensé, "qué hago con un hombre del que no sé
nada, al que nunca he visto, en una habitación de hotel, con los
ojos vendados mientras ese desconocido me desnuda". Aquella idea
cruzó mi mente durante un segundo; pronto quedó relegada al fondo
del cerebro al tiempo que nacían otras sensaciones: curiosidad,
excitación y sentirme desposeída de la voluntad, sujeta a las
decisiones y deseos del
otro. El inicio
de todo fue hace mucho tiempo. Sin embargo, el arranque de mi
desnudez fue una llamada telefónica. Mientras subía en el ascensor
del hotel dispuesta a buscar la habitación cuyo número él me había
susurrado por teléfono (...dos...uno...cinco...) ni tan siquiera
intuía el remolino de emociones que me envolvería minutos después.
Ocupaban entonces mi cabeza las preguntas sobre el modo en que se
desharía la imagen borrosa de su rostro, que nunca había visto, pero
que visualizaba en mi cabeza como una aurora luminosa. Pensaba en
cómo se dispondrían los ojos, la boca, los pómulos en aquella difusa
mancha sólo modulada por el conocimiento de una voz. Sin embargo,
nada de lo que yo preveía se produjo. Al llegar la puerta estaba
entornada. Me quedé quieta intentando escuchar qué ocurría en el
interior. Adivinaba el ruido de un grifo abierto y el sonido de una
maquinilla eléctrica, y un ligero silbido. Llamé a la puerta. La
respuesta desde el interior, en un exhorto franco y cotidiano, me
invitaba a
pasar. -Entra,
entra, sólo será un
minuto. Cerré
tras de mí. La estancia estaba bañada por la luz mortecina de la
tarde y se escuchaban, como un lejano zumbido e igual que un
murmullo de agua, los ajetreos del tráfico. La puerta del baño
estaba semiabierta y escupía la luz dura del fluorescente. De allí
surgían los ruidos del afeitado. Y yo, vencida por la curiosidad
dado que el lavabo quedaba fuera de mi vista, empujé para abrir del
todo, intentando verle a él. No fue
así. Sobre la
pileta estaba la maquinilla, enchufada y en marcha. El grifo dejaba
correr el agua. Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando escuché el
susurro de pasos tras de mí. Luego, con la suavidad de un roce de
seda que descendió sobre mi frente quedé ciega. Alguien me había
colocado una tela sobre los ojos (¿un pañuelo? ¿una corbata?) y
antes de que el miedo o el pánico subieran desde mi vientre a mi
garganta para convertirse en grito escuché la voz que reconocí pese
a estar despojada del matiz metálico del teléfono:
-Tranquila, no
pasa nada, confía en mí.
Y lo hice, me
entregué; imposible resistirse a la ternura con que sus manos
hicieron el nudo de la venda sobre mi nuca; indudable abandonarse al
tibio tacto de su mano en la mía, tomándola para guiarme como quien
dirige los pasos de una niña pequeña. Me volvió hacia sí. Percibía
su presencia ante mí y me sumergí en el perfume que le rodeaba como
un áurea, mezclado con el aroma de tabaco que impregnaba de un modo
sutil el cuarto. Me acarició el rostro con calma y noté sus dedos
sobre mis mejillas. Uno de ellos descendió desde mi nariz hasta mis
labios y recorrió la extensión de mi boca. Yo alcé mi mano para
repetir el gesto en su cara pero no pude. Él me detuvo.
-No, aún no- me
dijo. Congelé el
ademán. Casi podría repetir en mi mente cada uno de los segundos,
como si aquello sucediera en este mismo instante. Cierro los ojos y
vuelvo a aquella habitación, a la oscuridad palpitante por el ansia
de la nueva caricia, desconocida e imprevista. Y así, ahora siento
cómo empieza a tocarme sobre la ropa. Al principio es un tímido roce
que arranca en la cintura y va ascendiendo por el costado,
abriéndose paso por el hueco que dejan libre mis brazos descansados.
Después hay un quiebro repentino y aquellas manos (sus manos) giran
hacia mis pechos, los toman por abajo como sopesándolos, midiendo su
tamaño, comprobándolos. Se quedan así unos segundos al tiempo que
empiezo a percibir un suave cosquilleo (¿sus pulgares?) que rodea
lento y en círculos mis pezones. Noto la sensación creciente, el
temblor que parte desde la planta de mis pies y trepa rápidamente en
oleadas, haciendo flaquear mis piernas. Él se aprieta contra mí y,
sin soltarme las tetas, empieza a besarme las mejillas, las orejas,
y resbalan sus labios por mi cuello. Condenada tan sólo a intuir lo
que ocurre, decido que lo mejor es concentrarse en las sensaciones.
Así que mi universo, cegada por la venda, se reduce al
estremecimiento que causa una lengua sobre mi piel, al sonido húmedo
de la boca al moverse por el contorno de mis mandíbulas, a la
caricia de una mano que navega por el contorno de mis mandíbulas, a
la caricia de una mano que navega abajo desde mi pecho hasta mis
nalgas. Ahora él se aparta. Me desabrocha la camisa. Yo le dejo
hacer, colaborando mínimamente en la operación para así percibir los
movimientos de sus dedos en cada botón. La camisa desaparece y
empieza a soltarme los pantalones; tira de ellos hacia abajo y caen
a lo largo de mis
piernas. -Ahora
ven-me
ordena. Estiro el
brazo buscando su mano y cuando la encuentro me aferro a ella como
mi único guía. La sigo por el cuarto tras descalzarme y sacarme los
pantalones. -Acércate,
túmbate,
aquí. Palpo el
borde de una cama, me siento y él me dirige para indicarme la
posición correcta. Me separa los brazos y las piernas. Después me
quita la almohada de debajo de la cabeza y me
dice: -Tienes
que alzar un poco el culo; voy a colocártela debajo. No queremos
perdernos
detalle.
-¿Queremos? La
pregunta surge espontánea y resultó estúpida por
obvia. -Mejor no
quieras saber.
Pone la almohada bajo mis nalgas de modo que el pubis queda más
alto, seguramente mejor dispuesto para lo que habrá de llegar, sea
lo que sea. "Joder, hay más gente", pienso. Tengo ganas de
irme. -¿Hay
alguien más en esta
habitación? -Te
he dicho que no preguntes- responde con un tono amable y comprensivo
pero que al mismo tiempo revela una clara firmeza, dando a entender
que sólo retirando la venda descubriré la verdad. Pero yo no voy a
hacerlo, por mucho que me sienta
tentada. -Espera
un segundo-
añade. Escucho
pasos, ruido de una puerta que se abre, cuchicheos. Mi excitación
crece por momentos y percibo cómo mi sexo se hincha a cada segundo
bajo las bragas. En la oscuridad en que me hallo inmersa imagino la
habitación llena, hombres y mujeres que empiezan a colocarse
alrededor de la cama, observándome como quien mira a un cadáver en
una sala de disección o una presa abatida en cacería. No puedo
evitar empezar a hacer un leve movimiento con mis caderas y deslizo
una mano entre mis
muslos. -Ni se
te ocurra mover los brazos ni las piernas. Lo siento, cariño, pero
si no obedeces no tendré más remedio que atarte- me
dice. Mi
respiración crece agitada. La sola idea de imaginarme sujeta a la
cama, entregada a los desconocidos, convertida en regalo, juguete o
simple objeto y sometida a las lúbricas lujurias ajenas me excitaba.
Siento unas manos que recorren mi cuerpo de arriba abajo, me tocan
sobre el sujetador, palpan mis piernas y frotan sobre mis
bragas.
-Perfecto. No defraudarás a mis invitados. Tranquila, no pienses en
nada. Y eso
hago, no pensar, abandonarme a lo que aquella voz tantas veces
escuchada me va sugiriendo sobre lo que ocurre a mis lados o en el
fondo de la habitación. Percibo cómo una boca camina por mi vientre,
como un molusco, dejando un rastro de saliva, al tiempo que alguien
me saca las tetas del sujetador; recibo la corriente leve de la sala
que acaricia mis pezones, duros y sensibles; escucho el murmullo de
quien se desnuda. En mi imaginación lo hacen un número indefinido de
personas, de ambos sexos, que se despojan de la ropa mientras uno o
dos (o tres) me acarician. Intuyo que se miran entre ellos, alguno
comienza a masturbarse. Mientras, unos dedos se entretienen en mis
pechos al tiempo que arqueo la espalda buscando la caricia. Entre
mis piernas, otras manos palpan mi pubis, recorren la longitud de mi
coño, cada vez más húmero y caliente. Entreabro los labios dejando
escapar algún
gemido.
-Adelante, no tengáis reparo. Podréis hacer con ella lo que queráis.
Podéis follar entre vosotros si eso os place- dice
él. Y cuando
escucho la palabra "follar" (fo-llar), me quiebro como si mi cuerpo
empezara a obrar por sí mismo. Siento las presencias de cuerpos
desnudos a mi alrededor al tiempo que alguien aparta mis bragas
dejando al descubierto mi
raja.
-Delicioso, cariño. La verdad es que prometes mucho. Enséñanoslo
bien para que lo
veamos. Alzo mi
culo, lo elevo bien alto. Varios dedos indagan mis labios, los
abren, los recorren de arriba abajo palpando su carnosidad. De tanto
en cuanto se detienen en mi clítoris, que siento como un globo
tenso. Las caricias se aceleran y otras manos me acarician las
tetas. Alguien me las chupa. Dos dedos entran en mi boca y los
succiono. Reconozco el sabor de mi coño en ellos y los lamo con
ansia. Y soy buena chica, pienso, porque mis manos permanecen
desmayadas sobre la colcha. Soy obediente mientras no dejan de
acariciarme porque cada poco elevo mi pubis. Y aunque me comporto
los otros no lo hacen como debieran. Abandonan mi chocho cuando les
place, me aprietan las tetas en el momento más inoportuno, me ahogan
con besos en los labios, me desgarran la piel en el vientre en
masajes torpes. Pero eso me excita aún
más. -Genial,
cariño -dice- tendrías que ver los efectos; ya tenemos a una pareja
chupándose mutuamente sobre la
alfombra.
Desearía alzar la venda y verlo todo, romper el misterio, pero es
imposible, porque he prometido ser obediente, mostrar mi coño a
estos señores y señoras siempre que lo pidan y no demandar nada a
cambio. No hablo, sólo respiro agitadamente y suelto gritos
ahogados, gemidos que nacen arrastrándose por mi cuello y que brotan
de la boca como espíritus liberados del tormento. Pensé que nadie lo
haría nunca, pero por fin alguien me saca las bragas y me abre el
chocho en lo que imagino una perfecta o, e introduce lo que intuyo
un dedo, mientras otro no deja de pulsar el clítoris, de darle
pequeños golpecitos o imprimirle un temblor delicioso. Luego el dedo
sale y siento el calor de una boca, el aliento a cada exhalación
como un viento tórrido que sopla entre mis muslos al tiempo que la
lengua resbala por toda la raja, como un perrillo que buscara un
rastro, revolviendo todos los pliegues, introduciéndose temerosa en
la cavidad para salir luego. Mis jugos se mezclan con la saliva de
quien me come el coño en un arroyo que cae hasta mi culo en un
tímido torrente que se estanca en mi ano al tiempo que elevo mi
pubis buscando la mejor embestida de aquella boca. Y dos manos
aprietan mis tetas, percibo el calor de otro cuerpo sobre mí, siento
que me sujetan las piernas, creo adivinar el ruido de un hombre
meneándosela junto a mi
cara. Pero ya lo
he dicho, todo es confuso y mezclado. Todo aparece como una sucesión
de sensaciones no visuales, sino tácticas, sonoras... y la mezcla de
olores que llegan. Si me esfuerzo en separar lo que escucho creo
percibir jadeos al fondo del cuarto. E imagino que la pareja que se
entregaba a comerse mutuamente está ahora follando a la vista de
todos menos de la mía. Con la mujer sentada a horcajadas sobre él,
acariciándole el clítoris al tiempo que se mueve rítmicamente y sus
tetas pendulean. Pero sólo puedo pensar en lo que está ocurriendo,
no saberlo. Ni tan siquiera en ocasiones pensar en nada más que no
sean los dedos que siguen entrando rítmicamente en mi coño o la
lengua que me lame los
pezones.
-Cariño, tienes a alguien a tu lado. Puedes extender la
mano. Y
mecánicamente lo hago, pero extiendo las dos porque no sé qué lado
está. A mi izquierda encuentro unas piernas velludas, subo entre
ellas y agarro lo que sin duda es una polla semierecta, aún fláccida
pero creciente. Lentamente me entrego a acariciarla, a envolverla
con mi mano, a imprimirle leves movimientos. Siento cómo engorda a
cada una de ellas, casi aseguraría reconocer el momento en que la
sangre es bombeada adentro, e intento mantener ese mismo ritmo. Por
fin, cuando la verga está dura y alzada tiro de ella hacia mí para
metérmela en la boca. El hombre se acerca y yo ladeo la cabeza. Guío
la polla a mis labios y me la meto dentro mientras mi lengua empieza
a recorrerla indagando su sabor dulce. Él hace movimientos con su
pelvis para metérmela más adentro, tanto que creo percibir una
arcada; pero consigo dominarme para seguir atenta a ese nuevo ritmo.
Es entonces cuando algo entra dentro de mí. Algo grueso y firme, que
no pueden ser dedos, por lo que me quedo con la impresión de que
alguien me está follando, aunque no siento sus manos, que bien
pudieran ser las que me soban las tetas, o ser éstas las de otro
invitado.
-Cambio de tercio, cariño, es el momento de ponerte a cuatro
patas. Las
manos, los dedos, la polla, todo se separa de mí y me adivino sola
en la cama. Me doy la vuelta y me coloco de rodillas; me suelto
hacia delante y apoyo las manos sobre la cama. Al instante alguien
me acaricia las nalgas y me las separa. Otra mano toca mis pechos,
que cuelgan
libres.
-Perdona, tienes que girarte noventa grados. Colócate de forma
transversal a la cama. Si no, no habrá forma de que te follen y
chupes alguna polla al mismo tiempo-me
ordena. Claro,
me digo, claro. Qué lógica tienen las cosas. Y me giro, tropiezo con
alguien. Nuevamente vuelven las caricias en mi trasero y mis pechos.
Oigo pasos ante mí luego, una persona que se acerca. Algo me golpea
suavemente en el rostro y luego entra en mi boca. Reconozco bien el
capullo e incluso las venas que deben de estar esculpidas sobre la
piel. Pero no soy capaz de asegurar si es la misma polla que antes
lamí y salivé o esta es otra distinta. No importa porque me entrego
con la misma dedicación. Unas manos recorren mi espalda entera y
bajan hasta mi culo, y lo separan, mientras unos dedos hormiguean
allá abajo, pasando alternativamente del agujero de mi ano al coño.
Después un dedo se introduce en mi culo y lo que interpreto como
otra verga se abre camino por mi vagina y comienza a moverse adentro
y afuera al tiempo que el calor sube como una marea hasta mis
mejillas encendidas. Pero no puedo dejar de lamer lo que tengo ante
mi cara. Me suelto de una mano para asirla y menearla, y luego
adhiero la polla al vientre del hombre y con la lengua le lamo los
huevos. La polla cae luego liberada sobre mi cara, e imagino que
empapa de líquidos lubricantes la suave tela sedosa que cubre mis
ojos. Y justo
cuando las embestidas de atrás parecen más fuertes y mis gemidos se
elevan hasta el techo llenando de un eco continuo toda la estancia,
escuchándolos repetidos en mis tímpanos, justo en ese momento llega
de nuevo su voz, ahora
turbada:
-Dejadme, apartaros. Es mi turno. Su orgasmo es
mío. Escucho las
palabras como quien atiende a una sentencia exculpatoria que sabe le
liberará de un tormento. Y él me susurra al
oído. -Shhh, mi
niña, sólo voy a
follarte. Me
voltea sobre la cama y me tumba de espaldas. Él se sube al colchón,
toma mis rodillas, las separa y las dobla hacia mi
pecho. -Así
mejor, cielo, me encanta tu coño. Ahora déjame
acariciarlo.
Noto su mano sobre mi raja, abarcándola toda y deslizándose sobre
ella. Luego me pellizca el clítoris. Más tarde me golpea abajo con
lo que creo es su polla, la pasa por todos los lados, sin dejar
rincón alguno que explorar. Finalmente, siento cómo pugna por entrar
y cómo fácilmente a causa de la multiplicidad de fluidos se cuela
dentro como una anguila. No puedo reprimir una exhalación que casi
parece la de quien abandona la vida. El peso de su cuerpo cae sobre
mi pubis y mis manos se agarran a su espalda, percibiendo la tensión
de los músculos en cada movimiento. Desciendo abajo, para notar cómo
sus nalgas se ponen duras en cada embestida, mientras yo no puedo
más que abrir al máximo las piernas para que el golpeteo de su pubis
me impacte de lleno. Elevo el cuello buscando su boca, pero él tarda
en dármela. Cuando por fin la encuentro me aferro como una ventosa y
descubro su lengua con la
mía. Es entonces
cuando digo mis únicas palabras. Justo en el momento en el que algo
me destroza como si un rayo me atravesara la espina dorsal, al mismo
tiempo que empieza a temblarme el vientre y el palpitar de mi sexo
se hace imparable, le
grito: -Dios,
voy a correrme... no puedo más...
¡ya! Y el
orgasmo entra como un tornado entre mis piernas, destroza mis
vísceras como un huracán, me dobla entera al tiempo que aprieto los
labios intentando aprisionar el grito, pero no puedo y se escapa en
un resoplido torpe. Todo él se tensa, se aprieta contra mi y siento
cómo se vacía dentro, inundándolo todo de una viscosidad cálida y
apacible. Y cae sobre mí. Y nuestras respiraciones se juntan en el
mismo ritmo, la misma cadencia. Y todo
acaba.
No sé
cuánto tiempo permanecimos así, tumbados y abrazados sobre la cama.
Tal vez fueron segundos, o quizás minutos. Después vinieron los
besos, pequeños y afectuosos, las caricias últimas, el calor que se
despedía. Fue entonces cuando él me
dijo: -Puedes
quitarte la
venda. Dudé,
dispuesta a aferrarme a las últimas sensaciones, temerosa de
descubrir ante mi una estampa que me haría sentir sucia. Pero lo
hice. Lentamente alcé la venda sobre los ojos cerrados y los fui
abriendo poco a poco. Tardé décimas en acostumbrarme a la claridad
de la habitación, sumida ya en el crepúsculo. No había nade, salvo
él, recostado a mi lado y mirándome con una
sonrisa. -¿Y la
gente? -Nunca la
hubo siempre estuvimos solos. He utilizado un consolador y cierto
poder de sugestión. El resto lo ha hecho tu mente. Espero que no te
moleste saber que no eras el objeto de una
orgía. &nbs
Autora-§«SenSual»§ Cita."Cuando soy buena... Soy
muy buena.... y cuando soy mala... Soy mejor." (Mae West)
De fondo... "Have I told you lately" - Rod Stewart
Me encontraba muy nerviosa, porque por fin conocería a mi Amo, y porque sabía lo que esperaba específicamente de mí en esa primera entrevista.
Llegué puntual a la cita, y al tocar, me fue abierta la puerta por una de sus perras, quien abrió a gatas y regresó inmediatamente al centro del salón, donde otra perra de mi Amo esperaba ahí también. Ambas estaban desnudas, hermosas, con sus cuellos adornados con sendos collares de cuero con tachuelas incrustadas, y de sus bocas pendían sendas colas multicolores engarzadas en lo que sabía era una especie de consolador de forma singular. Sentí celos y envidia de ellas, que ya tenían el placer de servir a mi Amo en real.
Busqué a mi Amo con la mirada baja, sin atreverme a dar un paso sin su orden, y allí estaba, en un extremo del salón, cómodamente sentado en un sillón de piel: vestía solo una bata y en su mano sostenía una copa de vino. Le miré disimuladamente los ojos, y lo que vi en su mirada me asustó, pues había una mezcla de dureza y frialdad, aunque también pude advertir que le divertía ver mi nerviosismo, el que yo no acertara a dar un paso.
De pronto la voz de mi Amo tronó:
-Perra!, quítate ese abrigo y ponte de rodillas al lado de las otras, ahora!!!
Deprisa me quité el abrigo y quedé desnuda, a excepción del collar de perra que lucía mi cuello, que es así como mi Amo me había ordenado ir. Saqué la cola del bolso, la puse en mi boca, y gateando me reuní junto a las otras, las cuales permanecían con la vista baja, tensas, en espera de cualquier orden de nuestro Amo.
Percibí como se levantó y se encaminó hacia nosotras, poniéndose detrás nuestro, sentía su mirada observando con detalle mi culo; luego, me di cuenta que tocaba el de una de ellas por los leves gemidos que ésta emitía, después a la otra y finalmente sentí su mano en mis nalgas, estrujándolas, como examinando su firmeza. Comencé a moverme involuntariamente cuando sentí sus dedos hurgando mi culo, perdí el control y solté un gemido de placer; de pronto me soltó una gran nalgada, grité mas por la sorpresa que por el dolor, y pude escuchar su sonora risa. Seguido, soltándome, dijo:
-Bien perras, saben muy bien lo que espero de ustedes, esta sesión consistirá únicamente en esto, aunque claro, habrá una ganadora, quien tendrá el honor de quedarse conmigo toda la noche...pero las otras dos...se irán con pinzas a dormir a casa, con todas las pinzas que yo les pondré...y en los lugares que a mi me plazca. Vamos, comiencen, ¡ahora!!
Recordando las sesiones en que mi Amo me había instruido a través del ordenador, separé mis rodillas, apoyé mi cabeza en el suelo, y cogí el extremo de la cola con una mano, mientras con la otra rápidamente abría mis nalgas buscando mi culo, pero estaba tan nerviosa que no acertaba a dar con el orificio o me resbalaba, voltee la cabeza a ver a las otras, esperando que estuvieran en condiciones similares a las mías, pero vi con pavor que al menos la que estaba junto a mi lo hacía con movimientos voluptuosos, moviendo sus caderas, y que metía con éxito la cola en su recto, suavemente...en este pensamiento estaba cuando sentí un durísimo golpe en mi trasero!!, era mi Amo, que ahora me golpeaba con una fusta!!!
-¡Qué inútil eres, perra, concéntrate!! -y, mientras decía esto, descargaba más golpes en mi culo!!! Acerté como pude con el orificio, cuando oí que mi Amo fusteaba a otra de ellas, mientras le decía: "muévete puta!!!". Yo seguía intentando, sabía que debía meter la mitad al menos, pero no tenía mucho éxito, vi que las otras ya lo tenían dentro y se movían como locas!!. Oí la voz de mi Amo, atronadora, dirigiéndose a mí:
-Vamos, sigue!!!, termina... perra!!! o ya verás el castigo que te espera puta!! vamos!!!
Finalmente quedó dentro, mientras movía el culo esperando la aprobación de mi Amo. Yo ya chorreaba y temía no poder controlar un orgasmo. Y así estábamos las tres, moviendo nuestros culos ante nuestro Amo, el cual alternaba fuetazos entre nosotras, instándonos a movernos más para él. Cuando nos ordenó parar, yo sudaba a mares...y mi Amo dijo:
-Bien, no ha estado del todo mal… tan bien estuvo que ha habido dos ganadoras, las cuales se quedarán esta noche conmigo. Y tú... perra -dijo, dirigiéndose a mi-, ven acá, que entre estas dos perras y yo pinzaremos tu cuerpo...
A un chasquido de dedos de mi Amo, las dos perras se incorporaron y me llevaron arrastrando del cabello a un templete y bruscamente me echaron ahí, mientras mi Amo observaba divertido.
-Abre bien las piernas perra!!! -ordenó mi Amo, y yo, tumbada de espaldas obedecí inmediatamente. Una de las perras vino diligentemente con las manos llenas de pinzas: eran de todos tamaños y colores, había algunas de madera, otras de plástico, grandes y pequeñas y otras más de dientes de cocodrilo.
Mi Amo, retorciéndome los pezones, ratificó:
-Comenzaremos por aquí -y una de sus perras cogió uno de mis senos por la base, con mucha fuerza, como inflándolo para mi Amo... el cual puso una pinza roja de plástico justo en el pezón, lo cual me causó mucho dolor...pero contuve el grito. Luego hizo lo mismo con el otro pecho, con una de madera... mi Amo la soltó así, sin ningún miramiento sobre mi pezón, y no pude evitar retorcerme...Sus manos bajaron por mi estómago... y se paró en el ombligo... donde puso dos más...y llegó hasta mis piernas...ahí ordenó a las perras que me abrieran completamente...y una de cada lado tiraba de mis rodillas con fuerza, sentía que me partían en dos, mi Amo examinaba entonces mi clítoris, al que dio un gran pellizco, dejando ahí una pinza pequeña, de esas negras de oficina, tan apretada que esta vez no pude contener mi grito...entonces una perra me abofeteo diciéndome: "cállate puta!!!". Pensé que mi Amo la reprendería por hablarme así, por abofetearme, pero vi con incredulidad que le sobaba el trasero en señal de aprobación. Me di cuenta que yo estaba muy por debajo de esas sumisas de mi Amo...que ya hasta adivinaban sus deseos y los ponían en práctica.
Mi amo revisó entonces mi culo, sacando de un tirón la cola, lo que me hizo gemir de placer...dió unas palmadas en mi coño, imprimiendo cierta fuerza y comenzó a ponerme pinzas...en labios interiores y exteriores...pinzas de las más pequeñas...y entonces dijo:
-Qué hermosa te ves así, perra, dan ganas de follarte, pero no gozarás del privilegio de que sea tu Amo quien lo haga...
Entonces, a una señal suya, una de las perras se fue a gatas a buscar algo...volviendo con un vibrador de considerable tamaño en la boca, y se lo ofreció a mi Amo, éste lo metió en mi boca diciendo:
-chúpalo, perra!! como si fuera mi polla!!! -lo hice con gran entusiasmo, porque imaginaba que era la polla de mi Amo, porque quería complacerle y porque quería demostrarle a las otras dos putas que yo también podía ser una perra a su nivel.
Mientras una de ellas sostenía el vibrador por la base, yo lo metía y sacaba de mi boca, ensalivándolo todo, sentía que mi coño chorreaba...a punto de un orgasmo...y de pronto lo quitó de mi boca...y lo colocó a la entrada de mi coño...hundiéndolo con fuerza, de una sola vez, arrancándome un grito de dolor, a la vez que un gran orgasmo me inundaba toda!!. Mi Amo me reprendió entonces:
-¿Qué has hecho perra inmunda?, no te he dado permiso para correrte!!!, ni siquiera habíamos puesto el vibrador!!!, eres una cerda!!!, en castigo te lo llevarás puesto!!!, vibrando todo el camino hasta casa, adicionalmente de las pinzas que llevas ya... levántate.!!!
Me puse con trabajo de pie...Una de las perras me acercó el abrigo, mientras me ponía las sandalias y me dirigía a a recoger la cola que permanecía en el templete; en eso estaba cuando mi Amo dijo, observándome fijamente:
-¿No olvidas algo, perrita?
Respondí, cabizbaja:
-¿yo?... no Amo... no sé a que te refieres...
Entonces cogiéndome con fuerza del cabello, acercó mi cara a la cola y gritó:
-Mira que puerco está de tus jugos!!... ¿pensabas guardarlo así nada más?, límpialo puta!!!
Me reproché mentalmente por mi error... así que saqué la lengua y como si fuera un gatito, a lamidas limpié la cola... lamía y lamía hasta que lo dejé limpio. Entonces busqué la mirada de mi Amo, pero éste, dándome un fuerte golpe en el culo, dijo:
-Te queda prohibido mirarme a los ojos perra!!
Así que bajé la vista en espera de su siguiente orden, la cual fue que con la boca recogiera mi cola y la metiera en mi bolso, después de lo cual me dijo:
-Está bien, lárgate ya... ya recibirás instrucciones mías..!!
Y salí del lugar con las pinzas mordiendo mis carnes, cada paso era una tortura, pero no me quitaría las pinzas en toda la noche por orden de mi Amo. Me había prometido lograr ser su perra!!
Su respiración era lo único que oía en la habitación. Estaba sentada en una especie de sofá, completamente desnuda y con una venda en los ojos. La tela era de seda y estaba perfumada. Aspiró fuerte para llenar sus pulmones del aroma. Jazmín quizás. Abrió su boca con una sonrisa perfecta, mostrando sus dientes de marfil. No sabía dónde estaba, pero no importaba, era parte del juego.
Tocó con sus manos el sofá. Era de tela y estaba desgastado en algunos puntos. Jugueteó distraída con un hilo suelto mientras trataba de oír algo más. Nada. Al parecer estaba sola. Tumbó su espalda contra el respaldo y suspiró. Hacia calor, mucho calor, y gotas de sudor comenzaron a caer sobre su rostro, sus pechos y sus piernas.
Comenzó a impacientarse. No sabía cuanto tiempo llevaba allí pero le parecía demasiado. El juego estaba bien pero nunca soportó tener que esperar. Distraída, abrió sus piernas y deslizó su mano entre ellas. Solo se rozó pero el movimiento y la corriente de aire creada consiguieron excitarla. Volvió a sonreír. Lentamente movió sus manos hasta su cabello y se quitó el recogedor. Movió la cabeza con suavidad, como tantas otras veces había hecho a lo largo de su vida, y su cabello negro y brillante como la noche cayó sobre los hombros. El toque suave del pelo sobre su piel desnuda le provocó un escalofrío. Ya no quería esperar más.
Su brazo derecho se cerró sobre sus pechos, apretándolos con suavidad, notando sus pezones sobre la piel, y su mano izquierda comenzó a moverse con ligereza sobre su ombligo, jugando con los dedos alrededor, rozando con las uñas. Poco a poco, paso a paso, la mano empezó a deslizarse hacia abajo. Se detuvo un momento cuando su vello púbico le acarició las puntas de los dedos. Jugó con él deslizando los dedos entre los rizos, como si acariciara un gato. Lanzó un suspiro de aprobación. Apretó mas la mano y la presión la hizo estremecerse, pero en ese momento entró él.
-¿Qué estas haciendo? -le oyó. Su voz era fuerte y grave, la reconocía, era él sin duda, por fin había llegado.
-Nada -dijo sonriendo y llevándose la mano izquierda a los labios en un gesto tan inocente como provocador.
-No deberías haber empezado sin mí, eres desobediente.
-Lo siento- dijo ella, bajando la cabeza con un mal disimulado gesto de obediencia.
-Creo que tendré que castigarte.
-Si lo crees conveniente.
-No veo que me muestres el suficiente respeto, deja esa estúpida sonrisa y levántate.
Ella se levantó lentamente evitando sonreír. El calor y el sudor la habían pegado al sofá y tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para levantarse. Pudo oler el rastro que su cuerpo había dejado en el mueble, el olor se mezcló con el jazmín, pero no sonrío. Quería hacerlo pero se decía a sí misma que por ahora lo mejor sería contenerse.
Él la agarró de los brazos y colocó sus manos sobre su pecho. También estaba desnudo. Ella movió sus manos sobre su cuerpo, rozando los pezones, sus músculos, los hombros. Él permaneció quieto. Sin moverse, sin dejar de mirar el rostro de ojos vendados. Sabía que ella contenía su sonrisa. Lo notaba en la comisura de los labios, en el brillo delator de sus dientes. Tendría que hacer algo al respecto.
-Arrodíllate.
-Sí, claro
-¿Sí claro? -respondió él con tono de enfado
-Si, Amo.
-Si, Amo, perdón -susurró bajando la cabeza.
-Tu amo esta molesto con tu comportamiento, tendrás que contentarle -dijo él en un tono que pretendía ser magnánimo.
Ella movió sus manos en torno a las piernas de él y después se agachó hasta alcanzar el suelo con la cara. Utilizando sus manos como guía alcanzó los pies de su pareja y pasó rápidamente su lengua sobre los dedos. Primero con un movimiento rápido, después más pausado aunque a la vez intenso. Él sonreía satisfecho.
Cuando creyó que ya era suficiente comenzó a ascender con la lengua por las piernas de él. Saboreaba el sudor de su piel, el olor de su cuerpo, su calor. Todo ello mientras ascendía. Ella utilizaba su lengua con delicadeza, y sus labios con pasión, no quería dejar nada sin besar, y sobre todo, no quería que él la viera sonreír a pesar de estar disfrutando.
Cuando llegó al punto entre las piernas de él, se apartó. Levantó sus manos y tocó el pene erecto y fuerte. Paso la palma de la mano por encima de la punta mientras con la otra acariciaba el tronco. Deseaba quitarse la venda para verlo, pero por otra parte, así todo le parecía más excitante.
Sus manos recorrieron con delicadeza y ternura el pene. Él miraba con satisfacción mientras notaba con gran excitación como ella se introducía el miembro en la boca.
No pudo evitar un gemido de placer. La veía allí arrodillada, obedeciendo sus ordenes y eso lo excitaba aún mas que el hecho de que ella apretara sus labios contra su glande. Pero entonces vio algo que no le gustó. El brillo blanco de los dientes de ella surgiendo de una sonrisa. La muy zorra esta disfrutando con esto, pensó él. Inmediatamente la apartó y la empujó contra el sofá de nuevo. Él quería dominarla, poseerla, pero no quería que disfrutara. Pensaba que si ella disfrutaba no obedecería sus ordenes para complacerle sino para satisfacerse a sí misma, y eso es algo que su orgullo masculino de amo no quería tolerar.
Ella no se esperaba esa reacción y se quedó encogida en el sofá. No la había hecho daño, pero prefirió adoptar el papel de dolida y asustada, aunque no estuviera ni lo uno ni lo otro. Al contrario, estaba muy excitada y ese último arrebato de rabia la había calentado aún más. Pero sabía muy bien lo que tenía que hacer.
-Lo siento mucho amo.
-¿Esto te excita, verdad? -le increpó él.
-No, no amo, yo solo quiero tu placer -dijo ella con una ensayada cara de pena y pesar.
-Creo que no eres mas que una zorra y que me estás mintiendo. Levántate y date la vuelta.
- Si, mi amo -dijo mientras se daba la vuelta. No la importaban los insultos, le gustaban de la misma manera que le gustaba interpretar su papel.
Él juntó las muñecas de ella en su espalda y las unió con un pañuelo de seda similar al que ella aún tenía en la cara. Después la inclinó contra el sofá para poder ver mejor sus nalgas. Iba a hacer que le respetara aunque tardara todo el día.
El primer azote la pilló desprevenida y no pudo evitar dar un grito. Pero para los siguientes estaba preparada y hundió su cara en el sofá para que no se notara su satisfacción. El dolor intenso y ardiente sacudía sus nalgas haciéndola temblar de sufrimiento y placer a partes iguales. Estaba muy excitada y quería con locura soltar sus muñecas y mover sus manos entre sus piernas pero no podía. Ese deseo de auto complacerse, el dolor y la angustia se juntaron produciendo un extraño estado de excitación y agitación. Él era ajeno a los pensamientos de ella y solo se preocupaba de continuar con su castigo, cada vez con más dureza. Sus brazos se estaban cansando de golpear con la palma de la mano a su pareja así que se detuvo durante un rato para mirarla.
Ella tenía la cara hundida en el sofá y su respiración era rápida y profunda. Parecía que había aprendido la lección, pensaba él.
El olor de los cojines la rodeaba. El calor intenso que notaba en su trasero era parejo al que sentía en la cara. Estaba completamente colorada de excitación pero no quería que él lo supiera, así que hundió aún mas la cara en los cojines tratando de no gritar de puro placer. Sus manos luchaban por soltarse pero sabía que era inútil El juego era así, y ella lo sabía. Por eso la excitaba tanto.
Notó la mano grande y fuerte de su acompañante rodeando su cuello y levantándola. Podía oler su aliento y su sudor cuando él comenzó a hablarle al oído.
-No eres más que una zorra, y no quiero que vuelvas a desilusionarme. Si lo haces repetiré mi castigo.
-Si mi amo-pudo decir antes de que él volviera a arrojar su cabeza contra los cojines.
-Yo decido cuando disfrutas y cuando no ¿Entendido?
-Si mi amo -susurró, mientras sonreía entre los cojines. El muy estúpido, pensaba ella, no se da cuenta de cómo gozo.
Efectivamente, él seguía cegado ante el placer de su pareja, no se había dado cuenta de sus movimientos, de cómo apretaba las piernas rozándose, de sus gritos ahogados entre la tela de los cojines, no había sido capaz en su ceguera de notar como su espalda se había arqueado de placer ante la llegada del orgasmo. Él sólo creía que era fruto del dolor.
-Ahora vas a disfrutar zorra, porque yo lo quiero así -dijo orgulloso y altanero antes de penetrarla por la espalda.
Ella esperaba algo así, sabía que él estaba demasiado excitado y de la falta de imaginación que eso suele provocar. Mejor, pensaba, ya estaba suficientemente húmeda como para que no le doliera y desde luego, pensaba disfrutar también con eso, aunque él no se enterara.
Las sacudidas de él, provocaban golpes en las nalgas de ella, aún sensibles por los azotes. La sensación era increíble.
-Disfruta zorra, disfruta -jadeaba él mientras la agarraba del pelo y tiraba hacia atrás.
-Si mi amo, si mi amo, si mi amo, si mi amo -repetía una y otra vez con cada embestida, con la cabeza echada hacia atrás y su respiración completamente acelerada.
En el momento en que él notó que se corría, se apartó y eyaculó sobre las doloridas nalgas de su pareja. Al soltarla el pelo tan rápido ella cayó hacia delante entre espasmos producidos por los orgasmos. El se quedó tumbado en el suelo, exhausto y agotado y ella se tumbó de lado en el sofá, con las manos aún atadas a la espalda y sus muslos apretados firmemente. Un orgasmo tras otro.
Ella sonrió con total libertad y con alegría. Ya nada se lo impedía.
-Espero que hayas aprendido la lección para la próxima vez -dijo él, mientras ella se vestía-. Eres mi sumisa y yo decido cuando puedes o no puedes gozar.
-Claro, claro, lo que tu digas -dijo ella mientras salía por la puerta-. Tú eres mi amo.
Cuando salió por la puerta y comenzó a bajar por las escaleras ella volvió a sonreír. Era su sumisa porque ella quería serlo, no porque él la obligara y desde luego ella gozaría cuando quisiera. Él solo era uno mas de los amos engreídos que había conocido. ¿Sumisa? solo actuando, porque en realidad, ella conseguía de ellos lo que quisiera. Era sumisa porque no era más que una manera de ser su ama y gozar.
Con estos pensamientos salió a la calle, en un día soleado y con renovadas ganas de vivir. Tenía el tiempo justo de tomar un café y acudir a la cita con otro amo. La vida no podría ser mas excitante y divertida, pensó mientras mostraba al mundo su sonrisa.
Era raro, casi desesperanzador, no recuerdo un solo día en mi vida, que haya estado sin gente alrededor. Marido, hijos, padre, madre, hermanos, vecinos, amigos, compañeros… centenares de personas entrando, saliendo y permaneciendo sin ningún permiso. Me siento como esas viejas muñecas de porcelana con una sonrisa pintada en su boca, una tristeza infinita en sus ojos y un gran vacío interior.
Odio cuando José, mi marido, llama así a las mujeres… "muñeca", me disgusta ese piropo, suena despectivo e irónico. Bella por fuera y hueca por dentro, detesto con toda mi alma ese tratamiento, me suena sarcástico.
Es horrible estar rodeada de invasores y sentir ese vacío vertiginoso en el corazón. Intuyo que nadie puede calentarme el alma ni durante un segundo. Tengo la certeza que solo por ese instante mágico vale la pena respirar durante toda una vida. No es pedir mucho, solo sentir que dos corazones son uno aunque fuera durante un minuto de toda una existencia.
Pero llegar a los cuarenta y no conocer ese sentimiento es algo abrumador y me deja un regusto acre en la boca. Mis hijos ya no me necesitaban. En realidad, nunca me necesitaron demasiado, son condenadamente iguales a mi marido, lobos solitarios y autosuficientes. Yo me limito a cumplir con mis deberes y todo suena como un stradivarius.
Y José, mi marido, el gran proveedor. Él nunca permanece demasiado en casa, va y viene. Todavía no entiendo como me pidió que nos casáramos, nada nos une, no tenemos ningún gusto en común, no nos acercan ni las diferencias.
Lo mas duro de todo es que no tengo derecho a quejarme. Mi casa es hermosa, mi marido me ofrece mucho más de lo que necesito y mis hijos son grandes, fuertes, inteligentes, educados… ¿de qué puedo quejarme entonces? Mi madre diría soy una ingrata hacia la vida. Esa vida que tantas cosas materiales me dio, aunque mi corazón es un agujero profundo y oscuro. Con nadie puedo hablar de esto, si mis amigas me hubieran escuchado, me quemarían en la hoguera de la incomprensión. En su círculo la insatisfacción no tiene lugar. Todas poseen más de lo que un ser humano aspira: viajes, joyas, maridos y algunas hasta algún amante ocasional para darle sal a su vida. Yo era la más afortunada que ellas, excepto tal vez el amante, no lo necesito. Casi no tengo urgencias físicas, es como si el cuerpo y el alma no estuvieran juntos, como si se movieran dentro de diferentes planos astrales.
Los cuarenta llegaron sin que nadie los invitaran, se instalaron y ocuparon mi mente con absolutismo, no hago otra cosa que pensar en eso, en que ya tenía cuarenta y los años mejores no me acarrearon más que mucho confort, pero ninguna emoción interior.
Entonces, como dijo José, llegó la "estación de las lluvias", el llanto interminable, la aguda depresión en que me vi sumida. No tenía ganas de levantarme por las mañanas, las empleadas se encargaban de los chicos y yo me quedaba acostada. No me levantaba en todo el día y lloraba interminablemente.
- ¡Julia, por favor, buscá algo para hacer, entretenerte en algo, no podés estar así, tirada en la cama, sin darte ni siquiera una ducha!
Yo lo miraba con los ojos rojos y húmedos, la cara tirante de la sal de sus lágrimas y el cabello revuelto y pegado a la cabeza.
Finalmente, mi hermana Lucía logró que saliera de la cama un domingo por la mañana y me acompañó a tomar un café. Con mucho tacto intentó hablar de mi problema. Finalmente me sinceré:
- Siento mi vida vacía, hueca… José no me necesita, los chicos tampoco y dentro de poco voy a ser una cáscara vieja.
Ella sonrió mientras sorbía su taza, acarició mi cara y apoyó la taza con cuidado en el plato.
- Estás en medio de la crisis de los cuarenta, no seas tonta, lo vas a superar muy pronto. En algo tu marido tiene razón, urgente, tenés que buscar algo que hacer. Una vez que caes en una depresión así va ser difícil que la superes sola, sin ayuda de un terapeuta- me dijo.
Yo la miré con resentimiento, no quería saber nada de terapeutas, ni de ayuda externa. Quería resolver esto sola, tan sola como me sentía.
Lucía no creía que fuera tan fuerte para superarlo sola, suponía que necesitaba ayuda. En ese entonces mi hermana era una convencida de la terapia. Trató de ser conciliadora y me propuso algo intermedio.
- Julia, vos pintabas, porque no comenzás nuevamente. Eso ayudaría mucho.
La miré a sus ojos oscuros, idénticos a los míos y comprendió que existía una salida a mi depresión. Me prometió que me acompañaría a lo de alguna profesora con algo de reputación. Ella misma se iba a ocupar de buscarla.
Una amiga le recomendó una vieja profesora suya, algo snob, que tenía algún renombre. Había estudiado en Nueva York y expuso en Amsterdam y París. Me animé bastante, lo suficiente para comenzar a dibujar algunas cosas y preparar una carpeta.
El día de la entrevista la pintora nos recibió en una sala atiborrada de cuadros y con olor a pis de gato. Yo aferraba la carpeta con fuerza contra su pecho, como un náufrago. Sé que Lucía se entristecía verme así, siempre tan dueña de mí, tan aplomada. Murmuré entre dientes "por favor, que me acepte".
Juana Rios -asi se llamaba la maestra-, me causó repulsión en cuanto la ví. Me hizo recordar a Divine, el travesti americano. Vestía un ceñido vestido color lima. Su vientre se marcaba con descaro y tenía unas largas uñas pintadas de color morado. El cabello, abundante y abultado daba marco a una cara muy mal envejecida. Con un gesto algo displicente nos ofreció asiento. Yo la miraba, alelada. Mi hermana estaba algo más acostumbrada a esos tipos de especímenes que se encuentran fácilmente por la noche de Buenos Aires.
Juana Ríos estiró la mano sin una palabra, yo le alcancé la carpeta, tratando de explicarle, ella no me dejó, hizo un gesto displicente con la mano, pidiendo silencio. Miré a Lucía, ella la observaba con un gesto de incredulidad en sus ojos y abría y cerraba sus manos, con nervios contenidos.
Miró la carpeta como quien lee una revista en un consultorio del dentista, pasando las hojas vertiginosamente. No se detuvo en ningún trabajo en particular y dejó la carpeta manoseada sobre la mesa ratona.
Lucía la observaba con los ojos entrecerrados por la ira, creo que si ella hubiera sido víctima la mujer hubiera terminado con algunos pelos menos sobre su cabeza. Yo intenté calmarme mientras esperaba el veredicto.
- Su trabajo está claramente influenciado por los abstractos. Lo siento mucho, lo mío son los figurativos, yo no la puedo ayudar.
Mi hermana y yo la miramos sin entender, ella nos devolvió la mirada con sorna.
- Lo que intento explicarle… señora… es que yo no puedo orientarla en su educación plástica, ya que tenemos influencias diferentes. Lo que puedo hacer es recomendarle a alguien, una antigua alumna mía.
Así fue como llegue hasta Ana Laura.
Lo primero que vi fueron sus manos, con uñas cortas y dedos perennemente manchados de óleo. Parecía que un pequeño arcoiris hubiera estallado en sus manos. Luego, sus ojos, marrones, de un brillo infantil, como si sus ojos hubieran sido transplantados de algún rostro más joven. El cabello lo llevaba muy corto, dejando libre una nuca delicada. Su expresión era grave, como de alguien que intenta quedar bien. Contrastaba su ropa algo raída. Esta vez fui sola, el encuentro con Juana Ríos me había curtido bastante y no estaba dispuesta a otra humillación pública.
La cita fue en un viejo bar del centro. Cuando llegué ella ya me esperaba, con expresión ansiosa. Me senté y reconozco que no fui muy receptiva, realmente estaba bastante escaldada después de la mala experiencia con su antigua maestra.
Estiró su mano manchada. Yo la estreché y me senté frente a ella. Ana Laura sonrió y trató de romper el hielo con un comentario sobre el tiempo. Yo le alcancé la carpeta y ella la miró con atención, deteniéndose en detalles. Se tomó bastante tiempo en verla y luego la cerró, dejándola en un costado.
- Cuando quieras, comenzamos con las clases - dijo.
El atelier era un viejo ático en San Telmo. El techo estaba conformado de grandes vidrios, donde la luz solar era la única fuente de iluminación durante casi todo el día. De noche, las estrellas iluminaban tímidamente los cuadros, grandes y vivas manchas de color.
Comencé a tomar clases tres veces por semana. Cada una de las clases para mí era una celebración, sentía que ahora estaba haciendo cosas realmente trascendentes. Poco a poco me di cuenta que me llevaba mejor con Ana Laura que con mis propios hijos o mi esposo.
Mi marido -sin querer- fue el que propició nuestro descubrimiento. Me pidió un cuadro, que le regalara uno hecho por mí. A él le gustaba el cubismo y por eso me pidió un desnudo en ese estilo.
Hablé con Ana Laura y le entusiasmó la idea. Era un reto para ambas, fue cuando pensamos en conseguir una modelo. Pero, cuestan dinero y nosotras no estabamos muy dispuestas a pagar por ellas. Demasiado dinero por poco esfuerzo. Decidí que mi modelo sería la misma Ana Laura.
Ella sin vergüenza se despojó de su viejo guardapolvo manchado y de sus pantalones vaqueros. Revoleó las alpargatas con rapidez y me sonrió desde la tarima.
Su pose era sencilla, con su brazo derecho tomando el hombro izquierdo y su pie un poco adelantado. Su piel color canela parecía suave. Quise cerciorarme y como una sonámbula me acerqué a ella. Su sonrisa me alentó y hundí mis manos en la curva pronunciada de su cintura con timidez.
A partir de ese gesto ya nada volvió a ser como antes. Nos besamos con desesperación y realmente me sentí como si estuviera en casa.
La mañana siguiente nos descubrió enlazadas en la angosta cama de Ana Laura inundadas por la luz del sol que entraba por el techo vidriado.
José tuvo su cuadro, clara que lo tuvo. Bueno, fue lo último que tuvo de mí...
Dicen que "todo está en la Biblia". No sé si todo, pero también está el BDSM. Y no sólo está en el Antiguo Testamento, de avezados amos como Yhavé, Abraham, Moisés y David. Sino que también está en el Nuevo Testamento, el del Cristo, en el núcleo mismo del proclamado amor universal obligatorio.
Tan incardinado está el BDSM en la Biblia, que debería ser el libro de cabecera de todo practicante que se precie. Antes, mucho antes, que Sade y que Masoch, basada en una sabiduría milenaria, se escribió la Biblia; esa misma que la iglesia prohibió a los legos durante la Edad Media, porque en ella pueden encontrarse cosas "peligrosas".
Aquí encontraréis citas bíblicas con claras referencias a lo que hoy algunos llamamos BDSM. La intención es abrir un apartado para cada libro de los que constituyen la Biblia. Se ha empezado por el Evangelio Según San Mateo. La versión de la Biblia que se ha utilizado es la llamada "Biblia de Jerusalén".
Mateo 5, 4: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Mateo 5, 5: Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Mateo 5, 7: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Mateo 6, 24: Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro.
Mateo 10, 24: No está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo.
Mateo 12, 18: He aquí mi siervo, a quien elegí, mi amado, en quien mi alma se complace.
Mateo 15, 25: Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!" Él respondió: "No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos." "Sí, Señor -repuso ella-, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos."
(Para amas y sumisos). Mateo 19, 10: Dícenle sus discípulos: "Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse." Pero él les dijo: "No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido. Porque hay eunucos que nacieron así del seno materno, y hay eunucos hechos por los hombres, y hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda."
(En relación con lo anterior, los sumisos también deben tener en cuenta lo siguiente.) Mateo 5, 27: Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehena. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de tí; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehena.
(Para sumisos.) Mateo 20, 25: Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo;
Mateo 23, 12: Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.
Mateo 24, 45: ¿Quién es pues, el siervo fiel y prudente, a quien el señor puso al frente de su servidumbre para darles la comida a su tiempo? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. Yo os aseguro que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si el mal siervo aquel se dice en su corazón: "Mi señor tarda" y se pone a golpear a sus compañeros y come y bebe con los borrachos, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los hipócritas; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
Mateo 25, 1: Parábola de las 10 vírgenes. Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara , se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: ¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!" Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan". Pero las prudentes replicaron: " No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis" Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: "¡Señor, señor, ábrenos!" Pero él respondió: "En verdad os digo que no os conozco." Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.
Mateo 25.14: Parábola de los talentos. [El Reino de los Cielos] es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su haciendo: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. Enc ambio el que había rtecibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado". Su señor le dijo: ¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor". Llegándose también el de los dos talentos dijo: "Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he ganado". Su señor le dijo: "Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor". Llegándose también el que había recibido un talento dijo: "Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo". Mas su señor le respondió: "Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y rechinar de dientes".