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Atentos a
nubes negras que permanezcan fijas en una zona y parezcan ondular hacia
arriba, al contrario de las auténticas nubes de lluvia o tormenta.
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Cuando se
camina a favor del viento, a menudo se huele el humo antes de verlo. En
tal caso determínese la dirección del fuego para huir de
él.
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Yendo a pie,
no tratar de correr más de prisa que el fuego si éste se
encucntra ya muy cerca. Dirigirse al rio o riachuelo más próximo
aunque haya que cruzarlo de cara al incendio, metiéndose en seguida
en el agua y alejándose de los sectores inflamables de la orilla.
Cerciorarse de que todas las partes de la ropa y el cuerpo están
bien húmedas. Las piedras de la orilla pueden llegar a quemar y
el agua se pondrá también más caliente.
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Evitar el
pánico. Sólo un incendio de enormes proporciones podría
calentar el agua más allá de lo soportable, y ello tratándose
de aguas muy poco profundas y relativamente estancadas.
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Respirar a
través de una tela mojada (pañuelo, camiseta, etc.) para
defenderse del humo.
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Permanecer
quieto y, dentro de lo posible, respirar con normalidad, ya que el fuego
absorberá parte del oxígeno ambiente.
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En la imposibilidad
de alcanzar una corriente de agua (o un terreno bajo y pantanoso), a uno
le vendrá tal vez la idea, según lo profundo e intenso del
incendio, de improvisarse sobre el terreno mismo una «isla»
o cortafuego. A decir verdad, esto puede resultar útil cuando el
siniestro es de poca monta (arbustos, maleza...), pero de nada le servirá
a quien esté rodeado de un gigantesco muro de fuego.
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Se actúe
como se actúe, no refugiarse en cuevas poco profundas. Si uno no
muere sofocado por el humo, acabarán con él el calor y la
falta de oxígeno.
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