Desde antes del amanecer hasta la caída del sol, los siete días de la semana, excepto unas horas de la tarde del domingo, y no siempre, se dedicaba el tejero al trabajo. Esa tarde del domingo que a veces libraban, cuando el cansancio lo permitía, tomaban unos vinos en la taberna del pueblo; pocos, porque el salario no permitía excesos y en el ahorro estaba la ganancia. El contrato del tejero incluía comida y cama en el propio trabajo, la última compartida con piojos y pulgas, en un jergón de madera y hierba seca. La comida era poca y de variación escasa: el desayuno consistía en un mendrugo de pan (tasado en la mayoría de las ocasiones) esmigayáu en agua caliente y algo de untu, a veces con un poco de pimentón para alegrar. Al mediodía, garbanzos con una pizca de tocino; a la tarde una vez finalizado el trabajo, potaje de patatas con arroz; y así todos los días. La tejera era su lugar de trabajo y su vivienda. Esta situación era la que les permitía volver a su pueblo con unos reales que les permitiesen pasar el invierno.
Crearon una forma de expresión,
una jerga denominada Xíriga
con el fin de que otras gentes que se relacionaban con ellos en sus expediciones
de trabajo no les entendiesen y sobre manera cuando se referían al capataz
en tono irónico o despectivo. Un mecanismo de defensa ininteligible para
los no iniciados.
Las enfermedades corrían
por cuenta del trabajador. Cuando el trabajador enfermaba, no cobraba. Se retiraba
a su casa por sus propios medios y, si se recuperaba, volvía al trabajo;
y, por supuesto, las medicinas y el médico, si acudía, eran por
su cuenta.
Aunque no era un profesión que implicase excesivos riesgos laborales,
sí se producían en ocasiones accidentes mortales. El lugar más
peligroso era la barrera, allí donde se extraía el barro, pues
se producían desprendimientos imprevistos (argayos); más frecuentemente
eran las quemaduras, cortes y lesiones semejantes, pero solía ser de
poca gravedad.
Los contratistas y propietarios de las tejeras llegaban a acuerdos con las cuadrillas en sus propias casa, si eran conocidos de otras campañas, o en la plaza pública de Posada el día 2 de febrero, festividad de la Candelaria, y el día 6 del mismo mes, Santa Dorotea, en Balmori. El acuerdo era verbal entre la cuadrilla o el tejero y el contratante.
Las cuadrillas tenían que desplazarse por cuenta propia. Los desplazamientos llegaban, dentro de Asturias, hasta el límite occidental; fuera de ella a León, Palencia, Burgos, Santander, La Rioja, Segovia, Valladolid, Soria, Zamora y el País Vasco.
Estos
interminables recorridos se hacían en un principio íntegramente
a pie, tanto para ir como para volver, y en la mayoría de los casos estas
caminatas las realizaban descalzos. Posteriormente estos viajes se realizaban
en tren, combinándolo con grandes caminatas, durmiendo en cuadras y pajares
(si los dejaban) y en el peor de los casos, al aire libre. Hay algunos datos
en los que se dice que los tejeros llegaron a dormir en los atrios de las catedrales,
siempre acompañados por una sola manta y pertrechados con ropa de abrigo.
Durante estas expediciones, la alimentación de los tejeros era tremendamente
sobria: pan, agua, algo de embutido y de vez en cuando queso. También
hay que resaltar que en algunos casos exabitiaban alguna vianda por el camino.
Los tejeros eran temporeros. Emigraban en el mes de marzo y volvía en septiembre. Así, durante la primavera y el verano se dedican a la profesión y el resto del año, al campo. Se iniciaban en ella a partir de los 13-14 años –en algunos casos a los 7- y se mantenían activos hasta los 45 ó 50, en que ya el trabajo resultaba excesivamente duro para la edad. A partir de estos años quedaban atendiendo la casa, recogiendo los jóvenes el testigo. Éstos comenzaban de pinches, aunque el trabajo que realizaban era desde el principio como el de los mayores; las diferencias entre los aprendices y los oficiales: menos dinero y más labor. Cuando finalizaban la jornada de trabajo en la tejera, el pinche hacía de recadero; cuando finalizaba la cena el pinche debía recoger todos los utensilios de comida y lavarlos.
En
los años sesenta, con el inicio de la emigración a Europa, comienza
el declive de la profesión en Asturias. A algunos tejeros que trabajaron
por esos años en países como Alemania, también en la misma
profesión, pasaron de ganar en España 9.02€ (1.500 Ptas.)
sin seguridad social, trabajando 12 ó 14 horas diarias, y los siete días
de la semana, a ganar 27.05€ (4.500 Ptas.), al cambio de entonces, trabajando
8 horas, asegurados y descansando los sábados y los domingos. Sin contar
con que allí las tejeras estaban ya mecanizadas y aquí seguían
haciéndose los ladrillos y las tejas como en la época romana,
poco más o menos.
El proceso de producción
de las distintas piezas fabricadas por los tejeros empezaba por cortar el barro
—extraído de taludes, pozos o túneles— en finas lajas;
luego se llevaba hasta la era y allí se dejaba al sol hasta el atardecer,
en que, caliente, se echaba al lagar para ser amasado. A continuación
se manipulaba con distintos instrumentos: el rasero, el cocín, el marco,
el punzón, etc. Las piezas elaboradas por los tejeros (tejas y ladrillos,
básicamente, aunque se animasen también a realizar tiestos, lápidas
mortuorias, etc.) eran colocadas en la era por los tendedores; después
de secar, iban a parar al horno. Era una tarea muy dura en la que participaban
distintos artesanos: el cavador, el maserista, el tendedor, el pinche, el cocedor,
etc. «Los hornos eran ciegos, de grandes dimensiones. Éstos se
entortaban previamente para evitar huecos por donde escapara el calor. Se colocaba
primero una capa de ladrillos y luego la teja dejando huecos para el fuego.
Se templaba con serrín y follaje diverso. Se cerraba con "tapinos"
y se echaba carbón o leña dándole fuego durante tres o
cuatro días. Finalmente se dejaba enfriar» (Fe Santoveña).
En ausencia del tejero, la mujer solía quedar a cargo de todo: hogar,
ganado, campo...., aunque alguna había ocasiones en que lo acompañaba.
«Por San Miguel, tengáis o no tengáis, aquí vengáis,
que lo que aquí tenéis sabéis dónde lo dejáis»,
les decían antes de partir (A. P. Paredes).
Era proverbial el buen nombre que dejaban estos artesanos en sus puestos de trabajo y nunca dieron lugar a represalias ni juicios en razón de su comportamiento humano. Una escuela a la intemperie, una enseñanza para la argucia de sobrevivir, una convivencia pactada y un juramento recíproco de fidelidad fueron la pluma y el libro de su sabiduría.
Amasaron adobes, ladrillos y teja,
los tendieron al caliente sol y sacaron de los hornos y caleros el sustento
para sus padres y sus hijos, y así hicieron sus familias y conservaron
sus pueblos.
Vivieron y trabajaron como hombres y ofrecieron el fruto de su trabajo como
lo ofrecen los hombres de hierro, al mejor vivir de los suyos y del pueblo que
los vio nacer.
En la actualidad se conserva parte de la colección recogida por Emilio Muñoz Valle en una aula dedicada a sus tejas y ladrillos en el Centro Cívico de Posada. En concreto 19 tejas de diferentes épocas, 2 tridentes u horquillas para revolver el carbón, 4 moldes para ladrillos, 1 molde o mercha en hierro y 2 moldes para tejas. A todo ello corresponden las fotografías de esta página.