
Higino
del Río Pérez*
La Nueva España (25-2-2006)
La xíriga se resiste a morir. El argot inventado por los tejeros de Llanes -«hombres que, año tras año, agonizaron bajo un sistema de trabajo tan mortífero como pudo serlo el de la esclavitud antigua», en palabras del estudioso Emilio Muñoz Valle-, sigue conservando una capacidad de autodefensa que resulta muy práctica en este globalizado y encabronado planeta. Su vocabulario, que no necesita regirse por normas gramaticales, es un código indescifrable para los no iniciados. Un instrumento de comunicación, secreto, diferenciado y fraternal, que preserva la identidad de grupo y viene al pelo cuando uno está metido en ambientes hostiles o cuando, simplemente, no quiere ser entendido por los demás.
Una encuesta entre antiguos tejeros nos revelaría que esos heroicos supervivientes del lodo y del destajo de sol a sol siguen utilizando la xíriga casi a diario. Y no sólo ellos, sino también sus descendientes, que desde críos mamaron en casa las expresiones tamargas. Es fácil percibir esta pervivencia en la torre de Babel.
Cuando dos indianos llaniscos aterrizan
en Barajas y son engullidos por una marea políglota en la que nadie habla
en cristiano, por ejemplo, no tiene nada de extraño que recurran a la
xíriga como puerto de refugio. «¿Visonteas cómo verbean
los gorres de llarpiza gacha?» («¿Viste cómo hablan
esos tíos de mala lengua?»), dirá uno. «Nuestros-aires
vamos a verbiar pa que los pallides no balseen lo que nuestros-aires verbiamos»
(«Vamos a hablar nosotros de manera que esos pendejos no nos entiendan»),
dirá el otro.
Igualmente, si un chigrero de la villa de Ángel de la Moría se
siente abrumado de oír hablar a su alrededor en vasco o en catalán
desde la mañana hasta la noche, es normal que se arranque por la jerga
tamarga en cuanto encuentre la complicidad de algún parroquiano (cosa,
por cierto, que suele producir en los turistas un efecto enmudecedor, de desconcierto).
Tampoco será raro, en fin, comprobar cómo se utiliza la xíriga
en los negocios. «Zancañeru: apáralu un galozu xidu, que'l
gorre zaspia ascode» («Compañero: prepárale una buena
cama, que este paisano paga bien»), dijo hace poco un taxista a un hotelero
-llaniscos ambos, afincados en México D. F.-, al llevarle un cliente
al hotel.
Todas esas situaciones se dan en la realidad. Por eso, si alguien piensa que la xíriga ya no se habla está equivocado. Esta jerga, patrimonio de la cultura llanisca, sigue dando guerra en el mercado, en los bares, en los vuelos transcontinentales y dondequiera que sea. Se emplea más de lo que la gente cree. Tanto, que su uso indiscriminado y fuera de lugar puede acarrear, en ocasiones, sorpresas embarazosas. «¿Le llastimos al ñurriu con un morondu en la cebeca?» («¿Le atizamos al cura un ladrillazu en la cabeza?»), bromeó una vez el peón de una obra, al ver pasar cerca de su andamio a un sacerdote. Al oír aquella irreverencia, supuestamente ininteligible e incomprensible para un profano, el clérigo levantó la vista, miró a los obreros y soltó una frase que los desarmó: «Zancañeru: no verbees gacheces, que mis-aires también machurió'n la tamarga» («Compañero: no digas tonterías, que yo también trabajé en la tejera»).
¿Quién ha dicho que la xíriga es un lenguaje muerto?
* (Llanes, 1954). Es el
director de la Casa Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Llanes desde febrero
de 1990. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid,
durante la década de los ochenta ejerció su profesión de
periodista en la capital de España. Colaborador de varias publicaciones
asturianas y madrileñas, fue el responsable del Gabinete de Prensa del
Centro Asturiano de Madrid y de la Federación Nacional de Casas Regionales.
Es autor de tres libros: Asturianos en Madrid, Avilés, 1990; Crónica
cultural. Una aproximación a la Casa de Cultura de Llanes, Gijón,
1992, y Dimes y Diretes. Entrevistas a famosos e ilustres, Gijón, 1995
Otro Artículo sobre la Xiriga y los Tamargos de Ramón Baralla; La Nueva España 25 de febrero de 2009
La xíriga se resiste a desaparecer. El argot de los tejeros de Llanes protagonizó un taller municipal que se desarrolló en la Casa de Cultura de la villa y que se clausuró el pasado lunes. Una lección de anatomía había inaugurado el III Taller de xíriga, organizado por el Ayuntamiento en colaboración con Cajastur. Los 34 alumnos inscritos aprendieron el primer día de clase cómo llamaban los tejeros a las distintas partes del cuerpo humano: cebeca (cabeza), cuadrumeñu o contrameños (pelo, cabellera), visantes (ojos), filosa (cara), belardas (orejas), cacea (mano), pinreles (pies), y escucharon explicaciones históricas y sociológicas sobre el oficio de los tejeros, a partir de textos de Emilio Muñoz Valle y el escritor Pablo Ardisana, y sobre los aspectos lingüísticos del argot que los tamargos inventaron para comunicarse entre sí desde el siglo XVIII.
«Xíriga ascode» (mucha xíriga), a pesar de que ya han pasado más de cuarenta años desde que los llaniscos dejaran de ir a trabajar a las tejeras de Castilla, Cantabria, País Vasco y de otras zonas de Asturias.
Por tercer año consecutivo, se ofertó en la Casa de Cultura este atípico taller que ha despertado un gran interés. Higinio del Río, director del centro cultural y colaborador habitual de LA NUEVA ESPAÑA, es el padre de la idea y el coordinador de la actividad. «A diferencia de otras materias o asignaturas, en ésta no hay profesores; por eso dividimos el curso en tres partes: una teórica; otra de testimonios, en la que varios tejeros del concejo, que son los verdaderos protagonistas, cuentan con pelos y señales su dura experiencia; y una parte final dedicada a ejercicios prácticos en el encerado, con dictados, comentarios de textos y construcción de frases», explicó Del Río.
Desde 2007, el taller se desarrolla los cuatro lunes de febrero, mes fundamental para los tejeros pues en él se ajustaban (contrataban) las cuadrillas, especialmente en las fiestas de La Candelera de Posada y de Santa Dorotea en Balmori. En esta edición participan Evaristo Concha Ojeda, Tito Celorio, Ángel Amieva, Juan Ríos, Juan Remis y José Díaz Díaz. También toman parte el peluquero jubilado Ramón Melijosa Cuevas, autor de un diccionario de xíriga que entrega a los alumnos, y el hostelero de El Mazucu Tomás Amieva Gómez.
Evaristo Concha (Vibañu, 1938) empezó a trabajar en la tejera a los 13 años. Durante nueve temporadas, estuvo en tejeras de Mansillas de las Mulas (León), Pino de Bureba y Cubillo del Campo (Burgos) y Orejo (Cantabria). «Muchu trabaju y mucha jambre. Comprábamos un bollu de pan y, prácticamente, lo únicu que mayábamos (comíamos) era pan y agua», afirma.
Juanito Remis, de Debodes, Caldueñu, donde nació en 1929, marchó a los 10 años a trabajar en una tejera de la zona de Avilés. Cumplió 24 años como tejero, en Cervera de Pisuerga (Palencia), León y Asturias (en Lada y Ciaño, entre otros lugares). «Muchas jambres y muchas moyaduras», recuerda.
Juan Ríos, vecino de Villahormes, de 70 años, acumuló en el oficio una experiencia de siete años. «Empecé a los 14 años en Piedramuelle (Oviedo). Lo que viví lo puedo resumir diciendo que fue una esclavitud. Pocu dineru. Una vida de perros... Claru que de jóvenes se aguanta tóu», asegura.
Camino de cumplir 80 años, Ángel Amieva, natural de Lledíes, empezó a los 13 años de pinche (encargado de hacer la comida) y estuvo en Pino de Bureba (Burgos), Villamañán-Villacé (León) y Villallana. Once largos años en total. Luego, en 1960, marchó a Lille (Francia), a una fábrica de ladrillos. «La vida en la tejera era miserable. Trabajábamos 17 y 18 horas diarias, ganábamos muy pocu y había que aguantar muchu. Estábamos como la Guardia Civil: siempre en serviciu. Si había tormenta, salíamos corriendo a tapar las tejas, a cualquier hora. El camastru era de tablas, con paja arriba, y allí nunca se barría. Era muy esclavu. No sé de qué se queja hoy la gente».
Tito Celorio nació en Vibañu en 1940 y estuvo 12 temporadas en la tejera, desde que cumplió los 10 años. Su periplo fue muy variado: Cangas del Narcea (Asturias), Matallana de Torío, Chozas de Arriba, Cea y La Robla (León), Saldaña (Palencia), Orejo (Cantabria) y Pino de Bureba (Burgos). Trabajaba, según cuenta, desde que amanecía hasta que oscurecía y empezó, como muchos, de cocinero: «Alubias o garbanzos, o patatas con arroz, todos los días. Y en Castilla, pulgas y chinches había muchísimos».
Los tamargos (tejeros) marchaban a la tejera en marzo o abril y no regresaban a sus casas hasta el mes de septiembre. El recuerdo de su vida, de su trabajo y de su peculiar forma de comunicarse constituye el contenido del taller municipal de xíriga que se clausuró el pasado lunes en Llanes.
Otro más, en esta ocasión refiriéndose al III Taller de Xiriga que se desarrolla en la casa de cultura de Llanes, aparecido el 27 de febrero de 2009 en el Oriente de Asturias.
Si un buen día uno va paseando por la calle y de repente le abordan con un «zancañeru, ¿cómo se apara tuaire?», no hay que pensar que se trata de algún turista extranjero que se ha perdido y nos solicita información. En todo caso, contestarle que «nuestroaire se apara xidu», si nos encontramos bien, o que «se apara gachu», si no tenemos demasiada buena salud o algún problema nos afecta, ya que aquella persona tan sólo se ha interesado por nuestro estado. Lo ha hecho «verbeando la xíriga » o, lo que es lo mismo, empleando el argot que los tejeros llaniscos crearon en el siglo pasado como señal de identidad y método de defensa ante sus patrones.
Afortunadamente, y gracias a los cursos municipales puestos en marcha a través de la Casa de Cultura de Llanes, cada vez nos resultan más familiares este tipo de expresiones. Ya no es tan extraño que alguien nos suelte un«llasto pa machuriar», indicando que se va para el trabajo, o un«se me aparan azainas de zaramoas asuadas con gumarros eszarrapiaos», si es que le apetece saborear una tortilla de patata.
Todos estos vocablos representan una mínima parte del aprendizaje adquirido por la treintena de alumnos que durante el mes de febrero asistieron a la tercera edición del taller de Xíriga, que cada año cuenta con un mayor número de adeptos. Este programa formativo no solamente tiene como objetivo el de divulgar esta jerga utilizada por los tejeros en sus desplazamientos para trabajar en las provincias de Castilla, Cantabria o el País Vasco, sino también conocer de primera mano cómo era su forma de vida y las penosas condiciones en las que desarrollaban su labor.
Para ello, el curso contó con los excepcionales testimonios de Evaristo Concha, Juan Ríos, Juan Remis, Tito Celorio, Ángel Amieva, Pepe Díaz o Ramón Melijosa, que compartieron con los alumnos las experiencias vividas en estas «tamargas», a las que muchos de ellos se vieron obligados a emigrar con tan sólo diez u once años de edad para poder ganarse su pan o el de sus familias. Pero, además de todo esto, el taller presentó una novedosa actividad en esta última edición, que consistió en la visita a la tejera de San Miguel, en la zona de Ardisana. Se trata de una factoría que echó a andar hace más de 200 años y que, hace tres, encendió sus hornos por última vez.
Ricardo Pesquera, su propietario
desde hace cuarenta años,
mostró el funcionamiento de
esta tamarga de tipo mixto, en la
que se compaginaba trabajo manual
y mecánico. Desde la recogida
del barro en la «gurriera» y
su depósito en el alimentador, al
proceso del molido, el amase y
su introducción en la máquina
que, en función de la boquilla
utilizada, produce la teja, la baldosa
o el ladrillo. Un par de túneles
de 31 metros de longitud,
con capacidad para 90.000 unidades,
forman los dos hornos en
los que se cocía el material.
Durante la visita, Evaristo
Concha también detalló las funciones
que cada trabajador desempeñaba
en las tejeras de
mano. El pinche era el último en
el escalafón, su labor consistía
en ir a por agua, hacer la comida
o el polvo para fabricar, y
mantener limpia la era. El pileru
ponía el barro a secar, más tarde
lo llevaba a mojar al llagar y, al
día siguiente, lo sacaba para
amasarlo. El tendedor tenía encomendado
llevar las piezas a la
era a secar. En todo este proceso,
el artista era el maserista, que
se encargaba de hacer la teja en
la masera y de su horneado.
Precisamente de improvisados
maseristas, tuvieron oportunidad
de ejercer muchos de los alumnos
participantes en el taller, a
los que Tito Celorio instruyó en
este arte. Con ayuda de la marca,
el cadováu y la cuchilla, más de
uno acertó a elaborar un preciado
recuerdo de este programa
sobre la Xíriga, uno de los mayores
tesoros lingüísticos que conforman
nuestro patrimonio y
nuestra historia, y que jamás deberíamos
dejar en el olvido.