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Leyendas
sobre el origen y destino de la Santa Cruz de Cristo
En
los cuatro evangelios canónicos se narra la condena a muerte,
la crucifixión y el entierro de Jesús en Jerusalén.
Tres siglos más tarde, el emperador romano Constantino I
“el Grande” organizó una expedición destinada
a identificar los escenarios del episodio de la Pasión. Bajo
un templo pagano, en un paraje señalado por las autoridades
cristianas locales como el '”ardín del Gólgota”,
se hallaron los restos de un cementerio que fue reconocido como
” el venerable y santificado monumento de la resurrección
de nuestro Salvador”. Sobre dicho solar, el emperador hizo
erigir la iglesia del Santo Sepulcro, un gran complejo integrado
por cuatro espacios: una rotonda que alojaba la tumba de Jesús,
un atrio en torno a la roca del Calvario, una basílica y
un gran patio.
Los orígenes
de esta iglesia se superponen con la tradición relativa a
la localización de la cruz a la que fue clavado Jesús,
labor que la tradición atribuye a Elena, la madre de Constantino.
Elevada a la categoría de “augusta'” por el emperador,
esta enérgica mujer promovió la fundación de
hospitales, iglesias y monasterios por todo el imperio.
La
tradición medieval
En la colección
de narraciones recopilada en la Edad Media bajo el nombre de Leyenda
Áurea se cuenta que la madera de la cruz procedía
de un árbol plantado por Seth sobre la tumba de su padre:
Adán. Siglos después, el árbol fue talado por
Salomón, que intentó emplearlo como viga en su palacio.
Durante su mítica visita a Israel, la reina de Saba reconoció
el origen sobrenatural de la madera y ésta fue enterrada
en un lugar que más tarde ocuparía un estanque. Llegado
el momento de la crucifixión de Jesús, la viga apareció
flotando y fue empleada en su sacrificio.
La Leyenda Áurea
también hace referencia al papel jugado por Elena en la recuperación
de la cruz. Así, conforme a la tradición medieval,
después de que su hijo hubiera vencido a los bárbaros
portando un estandarte en forma de cruz, Elena, ya anciana, viajó
hasta Jerusalén y localizó bajo las ruinas de un templo
las cruces de Cristo y los ladrones junto a los que había
sido ajusticiado. Una vez hubo comprobado los poderes milagrosos
del madero, Elena lo hizo dividir en fragmentos: uno fue enviado
a Roma, otro a Constantinopla y un tercero permaneció en
Palestina guardado en un estuche de plata.
De cómo un
buen fragmento de la cruz terminó en un monasterio enclavado
en los Picos de Europa se ocupa otra tradición, conforme
a la cual, en el siglo V, un astorgano de nombre Toribio, futuro
obispo y santo, se dirigió en peregrinación a Jerusalén
y allí fue ordenado sacerdote. Al regresar a la península,
portaba un trozo del lignum crucis que fue conservado en Astorga
hasta su traslado a Liébana, en tiempos de la entrada de
los musulmanes en la Península Ibérica.
PABLO CABEZÓN
(Diario Montañés, 19-08-06)
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