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El origen remoto del Homo
sapiens: una teoría alternativa de la evolución humana
Congreso Internacional "Ciencia y Humanismo en el siglo XXI: perspectivas" Universidad Iberoamericana-IIEH México (31-3-2005 a 2-4-2005) Juan Luis Doménech Cada nuevo descubrimiento paleoantropológico añade más confusión
a las teorías sobre la evolución humana. Resulta ya obvio que ninguno de
los dos modelos actualmente existentes, el "origen
multiregional" y el "origen
africano reciente", ha
conseguido explicar los entresijos de nuestros, cada vez más inciertos,
orígenes. La primera de estas teorías sostiene que la especie humana se
vendría fraguando durante largo tiempo, unos 2 millones de años, en
diversas partes del mundo, a partir de las poblaciones de Homo
erectus, aunque vinculadas entre sí, por intercambio génico. El
segundo modelo sugiere que todas las poblaciones humanas modernas
descienden de una misma población que surgiría en África, hace unos
150.000 años. En este artículo ofrecemos una teoría alternativa capaz de dar
respuesta a la ingente cantidad de interrogantes abiertos en la última década:
el "origen remoto del Homo
sapiens", la cual se basa en la evolución regresiva que
siguieron todas las líneas de homínidos conocidos, y que les ha llevado,
invariablemente, a la extinción.
Introducción Anteriormente, realizamos una interpretación alternativa del árbol
evolutivo de los homínidos, basada en la evidencia de que las
formas que, hasta hace poco tiempo, figuraban como destacados y
cruciales antepasados del Homo sapiens, estaban siendo paulatinamente apartadas de nuestra línea
evolutiva: los casos más destacados eran el hombre de neandertal y
algunas formas de Homo erectus,
pero similares indicios se daban en todas las demás líneas de homínidos
y Homo conocidas (Doménech,
1999). Decíamos que el origen de los homínidos podría ser miocénico
(el período que va desde los 25 a los 5,5 millones de años -ma en
adelante-) y no pliocénico (desde los 5,5 ma hasta la actualidad); que
dicho origen podría ser euroasiático y no africano; que todas las líneas
homínidas conocidas presentan indicios de reversión a condiciones
ancestrales o simiescas; y que la antiguedad de Homo
y del hombre moderno podría ser mucho mayor de lo que se piensa,
derivando de ellos todos los demás. Ni la tesis de la antiguedad del H.
sapiens es nueva, ni, por supuesto, la idea de reversión evolutiva.
E. Mayr decía en 1979 que "cuando
se estudia la tendencia de un carácter resulta incoherente, ya que cambia
de dirección repetidamente, y, a veces, incluso se invierte".
J.L Arsuaga (2001) opina que "las
reversiones, o vuelta atrás, en el tamaño de los molares y en el grosor
del esmalte no son, ni mucho menos, impensables, ya que dependen del
cambio en las dietas". Son muchos los paleontólogos o
evolucionistas modernos que saben que la reversión evolutiva es un hecho,
aunque esta sea mucho más frecuente de lo que habitualmente se cree. No
merece la pena citar a los antiguos paleontólogos que vieron claro este
fenómeno, en el cual se fundamentaron teorías como la de la "senilidad
racial", según la cual, todos los linajes tienden al envejecimiento
y a la extinción tras un periodo de desarrollo y madurez (Bowler, 1985). Desconcertantemente, tal hecho, crucial en evolución, pasa
desapercibido en toda interpretación evolutiva y, especialmente en las
dos teorías predominantes sobre la evolución del hombre (figura 1): a)
el modelo del "origen
multirregional", por el que todas las poblaciones humanas
modernas remontan al Homo
erectus y evolucionan de forma independiente, aunque intercambiando
los suficientes genes entre sí como para mantenerse dentro de la misma
especie (Thorne et al., 1992); y
b) el modelo del "origen
africano reciente", por el que el hombre moderno derivaría de
una única población ancestral del "tipo erectus" (en el
momento actual Homo ergaster) que habitaría un único lugar, probablemente África,
hace unos 150.000 a 200.000 años (Wilson et
al., 1992).
Figura
1. Modelos que intentan explicar el origen del hombre moderno. A la
izquierda el "modelo multiregional" y en el centro el modelo del
"origen único africano
reciente" o de la "sustitución"
(tomado de Ian Tattersall, 1997).
A la derecha el
"origen remoto del hombre",
modelo alternativo a los anteriores, según el cual la población original
aparecería antes que las formas del "tipo erectus",
probablemente en Eurasia, y de la cual se irían segregando las diferentes
formas de homínidos conocidas. África y otras zonas cálidas serían
zonas poco propicias para la generalización, la cooperación y el
progreso y más idóneas para la especialización, la competencia y el
retorno a antiguas condiciones simiescas. Son muchos los científicos, como Lawrence G. Strauss, de la Universidad de Nuevo México, que admiten abiertamente que con cada nuevo hallazgo paleontológico se incrementan los enigmas, haciendo que nuestras teorías se tambaleen por todos los flancos. Ante esta perspectiva, parece evidente que debemos contar con nuevas interpretaciones y nuevas alternativas que nos permitan buscar una salida.Ofrecemos en este artículo la hipótesis del "origen remoto del H. sapiens", por la cual éste aparecería mucho antes que cualquier forma conocida del "tipo erectus", es decir hace al menos unos dos millones de años, y probablemente fuera de África. De esta línea progresiva derivarían todas las poblaciones de homínidos conocidas posteriores. Regresión de Homo floresiensis Si partimos de uno de los últimos homínidos que han vivido, el
recientemente descubierto Homo
floresiensis, con tan solo unos 18.000 años de antigüedad, podemos
ver con claridad la esencia de la evolución regresiva que vamos a tratar
en este artículo (figura 2). A
pesar de la existencia de variantes pigmeas en muchas especies animales
(caballos, gallinas, etc.), la mayor parte de los evolucionistas se niegan
a aceptar la existencia de evolución inversa, por ejemplo en el tamaño
del cuerpo o cualquier otra característica morfológica. Pero, ahora, ya no queda más remedio que aceptar que el pigmeo Homo
floresiensis -que, según leyendas indígenas, podría haber vivido
hasta hace unos 300 años- tuvo que derivar de una especie que se cree que
habitó en el sudeste asiático hasta hace unos 27.000 años: el robusto Homo
erectus (río Solo, en
Ngandong, Java). Sea por
aislamiento o por la razón que sea, los expertos no encuentran otra
explicación.
Figura
2. Evolución regresiva del Homo
sapiens. Se acumulan los indicios que apuntan a la existencia de una línea
homínida "progresiva" muy antigua, a partir de la cual radiarían
o segregarían todos los homínidos pliocénicos conocidos. (1) dentro de Homo erectus podríamos incluir otras formas, como
H. antecessor u H. georgicus, si bien este último (como H. modjokertensis y otros restos asiáticos similares) parece ser más
bien el punto final de la regresión de los Homo habilis; (2)
representamos en una única línea a todos los australopitecos "gráciles",
o "chimpancés bípedos", nombre que podemos atribuir también
al grupo Ardipithecus-Orrorin-Sahelanthropus,
del que también podría haber derivado el chimpancé actual. Pero, no debemos olvidar que el hombre moderno también habitó estas
tierras, y mucho más profusamente que el H.
erectus, durante al menos los últimos 60.000 años, fecha atribuida
al esqueleto de Lago Mungo 3, el más antiguo de Australia.
Noble et al (1997) fijan,
de hecho, el origen del pensamiento simbólico en la travesía marítima
que tuvo que efectuar el hombre moderno, hace más de 40.000 años, para
llegar a Australia. Parece pues evidente y mucho más probable que Homo
floresiensis pueda haber derivado de Homo
sapiens. En cualquier caso, este descubrimiento ha roto (una vez más,
pues existen varios ejemplos) con la idea de la encefalización o tamaño
creciente del cerebro. Así que, si la capacidad cerebral del H. erectus o del H. sapiens
supera los 1000 centímetros cúbicos (en adelante cc).; y si estos dan
lugar a un hombre de apenas un metro y medio, unos 30 kilos de peso, y
apenas 400 cc de capacidad craneal (menos que la del chimpancé), ¿de qué
otra forma se puede llama a ese tipo de evolución?. Algunos autores se
sienten incómodos con la idea de una evolución regresiva, pero habrá
que poner algún nombre a un tipo de evolución que, en este caso, ha
hecho retroceder a este linaje hacia las características simiescas de sus
antiguos parientes, los chimpancés. Debido a tan diminuto tamaño cerebral, Marta Mirazón, de la
Universidad de Cambridge, niega que las herramientas líticas encontradas
junto a los restos le pertenezcan, así como las que ya previamente se habían
encontrado, con una antigüedad de unos 800.000 años. Sugiere que tales
herramientas tienen que pertenecer a especies más avanzadas y capacitadas
para navegar. Vamos a ver que este ejemplo se ha repetido numerosas veces
en la evolución humana. Existen otros ejemplos de regresión reciente a partir del hombre
de Cro-Magnon, referidos a tamaño cerebral (Martín, 1994) o al tamaño
corporal (Kelso, 1978; Kates, 1994). J.L. Arsuaga (1999) cita, por
ejemplo, la gran robustez del húmero de los auriñacienses de Vogelherd
(Alemania), destacando que "el
esqueleto de los hombres posteriores de Cro-Magnon se hace más ligero a
lo largo del Paleolítico Superior, y aun más en el Mesolítico",
regresión que continuaría hasta nuestros días.
Evolución regresiva de neandertal Si vamos un poco más atrás en el tiempo nos encontramos con
otro ejemplo absolutamente claro de regresión: la del neandertal, nuestro directo antecesor hasta hace poco tiempo,
cuya idea ha tenido que ser abandonada ante la aplastante evidencia de las
pruebas acumuladas. Dicha involución queda patente, por ejemplo, en el próximo
oriente, donde han sido encontrados restos fosilizados de unos 100.000 años
de antigüedad (Skhul o Qafzeh) atribuidos a H.
sapiens, mientras que los restos neandertaloides encontrados en la
misma zona (de Amud, Kebara o Tabun) tienen unos 60.000 a 28.000 años, es
decir, exactamente lo contrario de lo esperado (Bar-Yosef et al., 1993). Los indicios aumentan: 1) antes de la aparición de
estos “sapiens” no había neandertales en esa región; 2) la industria
lítica de los hombres de Skhul y Qafzeh era musteriense, es decir, la típica
de los neandertales, lo que indicaría que ya se encontraban en regresión
hacia estos; 3) su desaparición fue repentina, sin dejar rastro; 4) una
de las mandíbulas de los últimos neandertales de la zona presentaba mentón,
reminiscencia clara de sus antecesores. La evidencia de que el hombre moderno ya no deriva del hombre de
neandertal, sostenida
hoy en día por muchos autores, entre ellos Ian Tattersall, Jeffrey H.
Schwartz o Christopher B.
Stringer, se apoya sobre todo en la división admitida de dos grupos de
neandertales: los "progresivos" que, curiosamente, resultan ser
los más antiguos; y los "regresivos", o neandertales "típicos",
que son las formas más recientes. Como señala J.S. Levinton, de la
Universidad de Nueva York, los ejemplos de reversión evolutiva son mucho
más frecuentes de lo que se cree y son provocados por la misma selección
natural cuando una especie se hace muy especializada, reocupan ecosistemas
abandonados antaño, sobre todo en climas cálidos, o las nuevas
condiciones ambientales llevan a la línea evolutiva a situaciones
pasadas. Como dice Ernst Mayr esa especialización suele llevar a la
especie, no pocas veces, a un callejón sin salida y a la extinción. El retroceso hacia condiciones ya pasadas vendría dado por una
adaptación y especialización creciente hacia determinadas condiciones
geográficas y ambientales, alejándose de las características
“generalistas” de la población original (como las que presenta el
hombre actual, principal motivo de su gran éxito evolutivo). Resulta
sugerente observar que el principal núcleo fosilífero procede de África,
un lugar muy propicio a la especialización hacia condiciones de vida selvática
y arborícola. Entre los primeros neandertales, más generalistas (también llamados
pre-neandertales), tenemos, por ejemplo, a los conocidos cráneos de
Steinheim (Alemania) y Swanscombe (Reino Unido), con una antigüedad de
entre 320.000 y 380.000 años, tradicionalmente considerados Homo
sapiens "arcaicos", y que, por determinadas características
avanzadas (cráneo posterior redondeado, sin prognatismo, fosas caninas
como el H. sapiens, etc.) se
suelen excluir de los neandertales clásicos.
También se aprecian algunos rasgos "modernos" en el cráneo
de Petralona (Grecia) con alta cara, sin prognatismo y unos 1230 cc de
capacidad craneal; o en los restos de Vértesszöllös (Hungría), con más
de 1200 cc de capacidad craneal. Luego vendría otro grupo, de entre 245.000 y 100.000 años, con
características que, según Cervera et
al. (2000), les entroncan
claramente con los neandertales clásicos, como el cráneo de Ehringsdorf
(Alemania), que presenta reborde orbitario y moño occipital
parecido a los neandertales, pero también rasgos avanzados: dolicocéfalos,
gran capacidad craneal (1450 cc), frente relativamente elevada y apófisis
mastoides bien desarrolladas. Otros restos incluidos en este grupo son
Fontechevade (Francia), quizás con 150.000 años; Saccopastore (Italia),
con unos 120.000 años, Krapina A (Yugoslavia), con unos 100.000 años,
etc., presentando, todos ellos, rasgos más modernos que sus sucesores. En
Fontechevade, por ejemplo, se encontraron cráneos sin la clásica arcada
supraorbitaria, entre otros que sí la presentaban. Aunque algo más
antiguos, los restos de la Sima de los Huesos de Atapuerca podrían
incluirse en este grupo ya que presentan algunos caracteres pre-neandertales
en el cráneo y mandíbula. Los rasgos neandertales se van acentuando hasta llegar a los
neandertales clásicos, mucho más especializados (es decir, menos
generalistas o adaptables) y casi todos con menos de 50.000 ó 60.000 años
de antigüedad, tales como el cráneo de Gibraltar (unos 50.000 años), el
cual presenta frente huidiza, grueso reborde supraorbitario, órbitas muy
grandes, moño occipital y cara en hocico; Monte Circeo (Italia), de unos
45.000 años; Neander (Alemania), con unos 50.000 años;
La Chapelle o La Quina (Francia), con unos 50.000 años, etc. La hipótesis regresiva explica perfectamente esta incongruencia:
la presencia de cráneos híbridos (con caracteres neandertales y sapiens)
no puede explicarse suponiendo que sapiens deriva de neandertal, ya que
las pruebas de ADN, entre otras, lo desmienten, pero sí suponiendo justo
lo contrario pues, si admitimos que todos los neandertales derivan de una
forma moderna que existiría hace quizás más de 400.000 años: a) los
primeros segregados presentarían más cantidad de rasgos modernos que los
últimos, que es justo lo que se observa; y b) los hipotéticos y
sucesivos cruces, entre neandertales y sapiens, habrían ido sucumbiendo
sistemáticamente ante las poblaciones sapiens ancestrales. Esto explicaría además, las clásicas manifestaciones
culturales atribuidas a Neandertal, como los famosos enterramientos
encontrados por toda Europa, las supuestas herramientas avanzadas, junto a
indicios de cabañas y hogares (Grotte du Renne o Saint-Césaire, en
Francia), las lanzas de Krapina (Croacia) o Binzingsleben (Alemania), la
caza organizada (Siria), etc.; solo serían las lógicas reminiscencias de
una cultura superior heredada, aunque en franco retroceso. Como decimos, la humanidad actual provendría de las poblaciones
"sapiens" originales que permanecieron sin cruzarse, motivo por
el cual los genetistas no han encontrado, por el momento, indicios
neandertales en nuestros genes (Sykes, 2001). Incluso en África existen
indicios de este retroceso: el "hombre de Rodesia", encontrado
en Broken Hill, Zambia, en 1921, con unos 200.000 años de antiguedad
(como su pariente el "hombre de Saldanha", Sudáfrica) poseía
un cráneo con frente inclinada, huidiza, como los neandertales europeos,
incluso con una fuerte arcada ciliar, más acusada y con el post-cráneo
anguloso. Sin embargo, los lados verticales del cráneo eran
"modernos", su capacidad encefálica era de 1300 cc, y los
huesos de las extremidades eran más esbeltos que los de neandertal. Tales
características "modernas" hacen que, aun hoy, muchos autores,
empeñados en el origen africano del hombre, consideren - a falta de
candidatos más apropiados- que es antecesor del Homo
sapiens actual, lo que vendría corroborado por los recientemente
descubiertos restos de hombres modernos de Idaltu (Etiopía), los cuales,
con una antigüedad de unos 160.000 años, acabarían dando lugar al
hombre actual. Pero, nuestra interpretación es justo la contraria, pues en
absoluto está aclarada la relación del hombre de Rodesia o de Idaltu con
sus antecesores, el H. ergaster
(extinguido 800.000 años antes) o el H.
antecessor (aun no descubierto en África), ni con sus sucesores, el
hombre artista europeo de hace 60.000 años, cuyo avanzado arte aun no se
ha encontrado en África. Más bien, el hombre de Idaltu apunta a lo
siguiente: a) que en alguna parte del mundo existió un hombre moderno con
una antigüedad de cerca de 200.000 años, edad muy próxima ya a los
mismos orígenes del neandertal; b) que, en consecuencia, éste último
debe ser descartado como antecesor del hombre moderno, como también
asegura la genética; c) que
existen muchas poblaciones, posteriores al hombre de Idaltu, más
primitivas, que, en consecuencia, pueden haber derivado de éste por
simplificación o regresión. Incluso los llamados "pre-modernos" africanos posteriores, de alrededor de 130.000 ó 120.000 años, parecen más primitivos que el hombre de Idaltu, como los restos del Klasies River Mouth (Suráfrica), Ngaloba 18 (Tanzania), Yébel Irhoud (Marruecos) u Omo-Kibish (Etiopía). Como era de esperar, varios neandertaloides africanos, aun posteriores, como los de Libia (de unos 45.000 años), sugieren que la pauta era exactamente la misma que la encontrada en Europa. Es también la misma regresión que ya observamos anteriormente con los hombres modernos de Skhul y Qafzeh, los cuales aparentemente desembocaron en las más primitivas poblaciones de Amud, Kebara o Tabun. Deriven o no, los hombres de Skhul y Qafzeh, del hombre africano
de Idaltu, su rastro se pierde de nuevo para reaparecer más tarde, ahora
en Europa, y ya como un auténtico hombre de Cro-Magnon. Durante todo ese
tiempo, la población original se encontraba en algún lugar, pero ...¿dónde?;
y sobre todo, ¿desde cuando?.
La regresión de Homo heidelbergensis Hoy en día todo el mundo admite que el corpulento hombre de Heidelberg,
de 600.000 a 400.000 años, es el antecesor de neandertal, lo que
directamente equivale a admitir la regresión de toda esta línea
evolutiva. Entre
los primeros representantes heidelbergenses tenemos la famosa y robusta
mandíbula de Mauer (Alemania) que daría nombre a la especie, con más de
500.000 años de antigüedad, la misma edad que el hombre de Boxgrove, al
sur de Inglaterra, del que se posee una tibia "completamente
humana" a decir de sus descubridores. Podríamos incluir entre estos,
a los restos de Tautavel (Francia) o, a los ya citados, de Vértesszöllös (Hungría), con
unos 400.000 años. Con las teorías surgidas a raíz de los restos de Atapuerca, predomina
la idea de que existiría un antecesor común (el Homo antecessor), de alrededor de 800.000 años de antigüedad, que
daría lugar a la línea "sapiens", por un lado, y a la línea
terminal Heidelberg-neandertal, por otro. Según los descubridores de H.
antecessor, este presenta algunas características más modernas que
las de sus sucesores (entremezcladas con otras de tipo heidelbergense o
ergaster), como, por ejemplo, reducción de los dientes,
gracilización de la mandíbula, incremento de la capacidad
craneal, etc. Por este motivo, principalmente, se les apartó de H.
heidelbergensis y se creó una nueva especie. Una prueba de que H.
antecessor derivaría de formas más avanzadas y de que él mismo se
encontraría ya en regresión hacia Heidelberg-neandertal, es que
fabricaba utensilios pre-achelenses (Modo I), más primitivos que los de
su supuesto antecesor africano Homo
ergaster. Podemos establecer pues, la antigüedad de esta línea
regresiva en alrededor de un millón de años. Un ejemplo de que el mismo proceso involutivo estaba sucediendo en África,
se encuentra con las robustas mandíbulas de Ternifine, en Argelia (Atlanthropus),
de unos 700.000 años. Así pues, cada vez parece más claro que la línea Heidelberg-neandertal
siguió un proceso degenerativo que culminó, como es obvio, con su
extinción. Nada de extinción a manos de cromañones, nada de extinción
por inadaptación al frío, como ahora se sugiere (una absurda
incongruencia cuando siempre se afirmó que neandertal surgió como una
adaptación al frío europeo). Su extinción se debió, seguramente,
a su creciente y excesiva especialización. La robustez y fuerte
constitución de los primeros neandertales les ponen en relación con
algunas alteraciones patológicas observables hoy en día, como la acromegalia,
por ejemplo, un desorden de tipo hormonal que provoca crecimiento anormal
de manos, pies y extremidades; grosor anormal de los huesos; degeneración
de la osamenta; descalcificaciones, artrosis, artritis, roturas óseas,
abultamiento de los huesos de la frente y mandíbula; alargamiento del
hueso nasal; diastemas dentales; piel gruesa, tosca y aceitosa, con
tendencia al oscurecimiento; deformaciones de la cavidad nasal, lengua y
cuerdas vocales, etc., como las que frecuentemente se observan o se
asocian a los restos de neandertal. No hay que descartar que alteraciones de este tipo, así como muchas
otras de carácter genético, entre las que destaca la inhibición o
inactivación de genes, con la correspondiente (y frecuente) regresión a
caracteres simiescos (Morín et
al., 1983; Ayala, 1994) hayan afectado a otras poblaciones de
homínidos anteriores, igualmente en trance de regresión y extinción.
Todos estos caracteres pueden favorecer adaptaciones y especializaciones
puntuales o parciales que acaban conduciendo a la línea evolutiva a un
callejón sin salida. No estaría de más recordar la famosa evolución
por atavismo o degeneración genética
de William Bateson, que tanto dio que
hablar en sus tiempos y cuyo recuerdo, por desgracia, se va perdiendo,
como tantos otros, en el campo de la evolución (Bowler, 1985). Son muchos los autores que han notado dicha
regresión. Así por ejemplo, para Ardrey (1990), neandertal no solo deja de avanzar física y culturalmente
sino que incluso retrocede. Para kurtén (1993), el esqueleto de algunos
neandertaloides de hace unos 200.000 años parece totalmente humano,
mientras que los huesos de los neandertales posteriores son más gruesos,
desproporcionados (paticorto), cara en cuña y con una cadera
extremadamente ancha que origina una postura patizamba poco ventajosa
desde el punto de vista mecánico. Su debilidad ante un vigoroso cromañón, su inadaptación a cambios
diversos del entorno, etc., serían consecuencias obvias, entre muchas
otras, del "envejecimiento racial" que la línea neandertal
vendría sufriendo desde hacía cientos de miles de años. Para más datos
sobre la antigua teoría de la "senilididad racial" de Alpheus
Hyatt ver Bowler (1985) y Doménech
(1999). La regresión de Homo erectus Hemos visto pues, que nuestra hipotética población moderna ancestral
podría ser anterior a Heidelberg y a H.
antecessor, contando así con una antigüedad de alrededor de un millón
de años. ¿Podemos indagar aun más atrás en el tiempo?. Un posible candidato a antecesor del hombre moderno parece ser el Homo
erectus africano u Homo ergaster
(para muchos, la misma especie), cuyo mejor representante es el "niño
de Turkana" (KNM-WT 15000), de 1,6 millones de años, del que se ha
encontrado un espléndido esqueleto que en edad adulta hubiera alcanzado
entre 1,80 y 1,90 metros de altura y una capacidad craneal cercana a los
1000 cc. Ian Tattersall (1997) dijo textualmente que este esqueleto
correspondía a una especie "claramente como nosotros". Junto
con la industria achelense de los bifaces (Modo II), que aparece un poco más
tarde en África, y a la cual
se le asocia, parecen motivos suficientes para asignarles nuestra
paternidad, tanto a la especie como al continente. Pero, existen varios problemas para ello. El primero es que muchos de
los restos posteriores a ergaster
son más primitivos, como por ejemplo OH12 de Olduvai, de unos 700.000 años
de antigüedad y capacidad craneal de unos 750 cc. Aunque los
investigadores de Atapuerca suponen que el ergaster
africano tuvo que dar lugar al antecessor
europeo, lo cierto es que el primero se extingue en África hace un millón
de años (restos de Eritrea) y que el segundo aun no se ha encontrado en
ese continente. No queda más remedio que admitir, por lo tanto -mientras
este último no se encuentre- que la rama ergaster-erectus africana fue
una rama tan muerta como la rama de neandertal o la de los Homo erectus asiáticos que vamos a ver más abajo. El segundo problema es que la industria Achelense Modo II podría no
ser propia de África, como se venía manteniendo, pues los restos arqueológicos
de Ubeidiya, en el Levante mediterráneo, de 1,4 millones de años, podrían
tener la misma antigüedad que los africanos (sedimentos de Konso Gardula,
Etiopía, de 1,3 a 1,9 ma). También, algunos autores atribuyen industria
del Modo Técnico II (aunque no achelense) a ciertos restos del sur de
China, de unos 800.000 años. El tercer problema es que el Homo
ergaster africano podría no ser el Homo
del "tipo erectus" más ancestral, pues se han encontrado restos
de homínidos relacionados tanto en Dmanisi, república caucásica de
Georgia, cerca de Europa, como en China y en el sudeste asiático. A los
primeros se les atribuye una antigüedad de 1,8 millones de años, y los
segundos podrían ser aun más antiguos (1,9 ma los de Longgupo, China;
1,8 ma algunos restos de Java y otros más antiguos aun), lo que deja en
entredicho el supuesto origen africano de la línea evolutiva humana. El
llamado Homo georgicus, presenta
algunos rasgos primitivos que le asemejan también al
H. habilis, como su pequeño cerebro (600 cc), su estrecha frente y
sus grandes caninos, pero la presencia de otros rasgos similares a ergaster
dejan entrever cierta relación y complica el origen africano. Por otro lado, ya nadie duda de que los clásicos Homo erectus asiáticos, de gruesas paredes craneales, occipital
saliente, crestas sagitales y gran toro supraorbital, apenas evolucionaron
un ápice, ni física ni culturalmente (aun no se ha encontrado industria
del Modo Técnico II en todo el sudeste asiático), en sus dos millones de
años de existencia (Díez, 1994; Arsuaga, 2001). Tampoco se duda de que
constituyeron una rama muerta que no dejó descendencia (a lo sumo, el
citado H. floresiensis).
Como representantes más conocidos tenemos a los H.
erectus de Java (el antiguo Pitecanthropus
erectus que dio nombre a la especie), de unos 500.000 años de antigüedad,
o al "hombre de Pekín" (el antiguo Sinanthropus
pekinensis) con unos 300.000 a 600.000 años. Entre los primeros, por
cierto, y como en muchos otros yacimientos, apareció un fémur moderno
que algunos atribuyeron al Homo
sapiens. Pero, como en el caso del neandertal y en el centro de la disputa sobre
el "origen multiregional" del hombre moderno, el Homo
erectus asiático también presenta múltiples casos de fósiles
"híbridos" con caracteres modernos y primitivos. Junto con las
múltiples migraciones que los partidarios del "origen africano"
tienen que esgrimir para explicar su teoría, son motivos suficientes para
los partidarios de la teoría multiregional (como Alan G. Thorne o
Mildford H. Wolpoff). Dennis Etler de la Universidad de California y Li
Tianyuan del Instituto chino de Hubei también son multirregionalistas y
tienen razones para ello: los cráneos que hallaron en el yacimiento chino
de Yunxian, de unos 350.000 años de antigüedad, pertenecían a
individuos que parecían tener "una cara moderna incrustada en un cráneo
de H. erectus". Nuevamente, la explicación es sencilla desde la
óptica regresiva: como en el caso de neandertal, la segregación
de diferentes poblaciones a partir de una población original más
moderna, daría lugar a diferentes mezclas de caracteres modernos y
primitivos, tanto más acusadas cuanto más alejada estuviera esa población
del momento de la separación. De este modo, y si la tendencia regresiva
es universal, no resulta extraño que entre la amalgama de caracteres
encontrados en estas poblaciones asiáticas, se encuentren también (y
para desconcierto de los descubridores) rasgos neandertaloides. El mismo esquema regresivo se encontrará seguramente (cuando se posean
más datos) con los "erectus"
europeos que siguieron a las poblaciones de Ubeidiya, de 1,4 ma, población
lo suficientemente avanzada como para fabricar industria achelense. Por lo
pronto, las poblaciones de Atapuerca de unos 800.000 años ya habían
perdido dicha habilidad. Queda por averiguar dónde colocar a los exiguos
restos de Orce (Granada), de 1,4 a 1,6 ma de antigüedad (Agustí et al., 1987); igual que a los restos de Checoslovaquia, de 1 ma o
los restos de Ceprano y Monte Puggiolo (Italia), con unos 800.000 años
(asimilados a H. antecessor según
Arsuaga, 2001). Cualquier arqueólogo sabe de las numerosas pruebas de regresión
social de este tipo de homínidos ya que se han encontrado multitud de
yacimientos y pruebas que atestiguan carroñeo, canibalismo y
antropofagia, más que las heroicas y mitológicas costumbres de caza,
dominio del fuego, organización, etc., que se le suelen atribuir (Díez,
1994). Ningún representante del "tipo erectus" ha dado muestras
de evolución. Tan solo perdura alguna de estas formas como eslabón
porque, una vez descartado el hombre de neandertal, no hay muchos más
candidatos. El H. erectus asiático
ya ha sido sentenciado y poco a poco asistiremos al desahucio de todas las
demás variantes del tipo erectus. La regresión de Homo habilis Mientras tanto, debemos indagar en épocas aun más antiguas, encontrándonos
así con la regresión más clara y, a la vez, más controvertida de la
historia paleoantropológica: la que concierne al Homo habilis africano, el bautizado como primer Homo,
supuesto inventor de las primeras herramientas (choppers y chopping tools
del olduvaiense o Modo I) y supuesto antecesor del Homo
ergaster, es decir, abuelo del hombre moderno. Pero, esta sencilla
explicación de la evolución humana estaba muy bien para los museos y
folletos didácticos, pero, de nuevo, ha hecho agua por todas partes. En primer lugar, las primeras herramientas tienen una antiguedad de
unos 2,5 ma, mientras que los primeros H.
habilis "clásicos" descubiertos por Louis Leakey y otros,
como OH7, OH16, OH24, etc., apenas superan los 2 millones de años, lo que
les hace casi contemporáneos de Homo
ergaster. No hay huesos asociados a las primeras herramientas citadas.
En segundo lugar, uno de los ejemplares descubiertos en Kenia por Richard
Leakey, el famoso cráneo KNM-ER 1470, fechado en 1,9 ma., era totalmente
diferente al Homo habilis clásico;
tanto, que finalmente hubo que darle otro nombre, Homo
rudolfensis. El nuevo problema es que, además de ser mucho más
avanzado que H. habilis, es tan
antiguo como aquel o, como veremos, incluso más. Basta con observar la
forma del cráneo, su borde posterior redondeado, su mínima protuberancia
supraorbital, o su capacidad craneal de 750 cc para darse cuenta de que
posee características mucho más avanzadas que cualquier H.
habilis posterior. Si excluimos la menor capacidad craneal, su
configuración general es incluso más avanzada que la de cualquier
especie del "tipo erectus". Como era de esperar a tenor de lo observado con otros congéneres en
fase terminal, la nula capacidad cazadora mostrada por H. habilis ha permitido establecer que también era una especie
carroñera (Alcazar et al.,
1986b; Blumenschine et al.,
1992). Su regresión es un hecho perfectamente demostrado y así, ya casi
ninguna filogenia actual le sitúa en nuestra línea evolutiva. Eso, por lo que respecta al Homo
habilis africano. Pero, llegados a este punto, debemos regresar a las
puertas de Europa, a Georgia, pues, como ya dijimos, varias características
"simiescas" del Homo
georgicus le aproximan más al Homo
habilis africano que al H.
ergaster o al H. erectus.
Sobre todo su pequeño cerebro, con unos 600 cc. (el cráneo más pequeño)
a 760 cc (el mayor), un volumen inferior al del H.
ergaster (su tecnología era muy simple, Modo I). Teniendo en cuenta
que algunos autores (Gore, 2002) no creen que, con tan diminuto cerebro,
este homínido haya sido capaz de emigrar de África en fecha tan
temprana, no cabe más remedio que deducir que proviene de Eurasia.
Algunas mandíbulas de gran tamaño, encontradas junto a los demás
restos, estarían indicando que H. georgicus es más bien el punto final de alguna línea homínida
europea o euroasiática desconocida. Quizás la misma o derivada de la que, una vez pasada
a África (y convertida allí en el H.
rudolfensis), habría dado lugar al H.
habilis clásico. Lo mismo podríamos decir de los restos asiáticos más antiguos,
inicialmente incluidos en el "tipo erectus", a los que muchos
autores han atribuido relaciones con los H.
habilis africanos. En los niveles Djetis de la formación Putjangan de
Java, se han encontrado algunos fósiles (Pithecanthropus IV o Sangiran
II, Meganthropus, etc.), de
alrededor de 2 millones de años de antigüedad, asociados a H.
habilis (Alcazar et al.,
1986b; Simons, 1977). Von
Koenigswald, que ya apreció sus largos caninos y el típico diastema (o
espacio que separa el canino superior del incisivo) propio de los
antropoides, también lo separó del Homo
erectus clásico, denominándolo Homo
modjokertensis, también situado antaño en la línea evolutiva
humana. También los dientes chinos de Longgupo, de 1,8 ma de antigüedad,
presentan cierto parecido con los restos de Djetis. Finalmente, un reciente descubrimiento ha arrojado nueva luz sobre el siempre enigmático KNM-ER 1470. Este cráneo había sido datado originalmente en ¡3 millones de años!, dando lugar a una década de discusiones que desembocó en una nueva datación más ajustada a los cánones establecidos (los actuales 1,9 millones de años). Es obvio: el 1470 no encajaba en las teorías vigentes. Pero un nuevo y reciente hallazgo puede dar un giro sorprendente a la historia, pues el Kenyanthropus platyops, encontrado en 2001, en Kenia, por Meave Leakey, se parece a un australopiteco aunque con ciertos rasgos modernos, tales como pómulos altos, un rostro total y sorprendentemente plano y unos molares con pequeñas coronas, que le relacionan con Homo rudolfensis. ¿Su antiguedad?: ¡3.5 millones de años!. Y la pregunta obvia: ¿habría que volver a revisar la datación original de KNM-ER 1470?. Por lo pronto, Meave Leakey ya ha propuesto que ambas especies sean fusionadas y que sean denominadas Kenyanthropus ("su" especie, por supuesto). En mi opinión, tales sugerencias ya casi equivalen a proponer retroceder la antigüedad de Homo a los 3,5 millones de años, ya que las representaciones que circulan de KNM-ER 1470 en ningún modo permiten retirarle el título de Homo. Recordemos que tenemos una enigmática prueba de la presencia humana en
tiempos tan antiguos como los 3,6 millones de años: las huellas
"humanas" de Laetoli, en Tanzania, impresas en cenizas volcánicas
fosilizadas. Son muchos los autores que nunca relacionaron tales pisadas
con el único homínido conocido a la sazón, el Australopithecus
afarensis, por considerarlas demasiado modernas (Alcazar et
al., 1986a). Tenemos pues, varios indicios que apuntan a la existencia
de una posible población avanzada, muy próxima a los 4 millones de años. En cualquier caso, tenemos un nuevo "eslabón" que hay que
enviar al cajón de ramas muertas: el Homo
habilis, el antiguo candidato que, pasado su momento de gloria, debe
seguir los pasos de neandertal y erectus. Y así, todos los eslabones que
habíamos encontrado, se están perdiendo de nuevo. Regresión de los gorilas bípedos También hemos asistido al desahucio evolutivo de casi todos los
australopitecinos, destacando la
pasmosa regresión de los Australopithecus
denominados "robustos" (hoy llamados Paranthropus), desde el P.
aethiopicus, al P. robustus,
pasando por el P boisei. El
hallazgo del P. aethiopicus
(ejemplar KNM-WT 17000), en 1986, rompía,
con sus 2,5 ma y su gran robustez, "la continuidad de la progresión"
de estos homínidos, propuesta por Johanson y White, de la Universidad de
California (Alcázar et al., 1986a). Nada
nuevo. Pero, la novedad, en este caso, es que la nueva regresión
descubierta "in fraganti", bien podría haber desembocado en el
actual gorila. Basta con observar la cresta ósea, común en todos
los parantropos, para apreciar tal relación. Gribbin
et al. (1992), opinan que "existe
la posibilidad de que esas dos líneas de australopitecinos - refiriéndose
a A. robustus y A. africanus-
sobrevivieran y evolucionaran para convertirse en los gorilas y chimpancés
modernos". El mismo descubridor
de P. robustus, Robert Broom,
quedó sorprendido cuando observó que, aun siendo casi un millón de años
más reciente que A. africanus
(su supuesto antecesor, en aquella época), sus rasgos eran más
primitivos, sus mandíbulas y
molares eran menos parecidos a los del hombre moderno que las del A. africanus y presentaba además una gran cresta en la cabeza, "similar
a la de los gorilas, cuya misión es afirmar los músculos necesarios para
la masticación". Las investigaciones más recientes son claras y concluyentes, pues
siguen sin encontrarse fósiles antiguos de gorilas o chimpancés, lo que
apunta a su origen reciente. Según David R. Begun, "hay
numerosos yacimientos paleontológicos en África de entre 14 y 7 millones
de años de antigüedad que han proporcionado abundantes restos de
animales con hábitat forestal: ninguno contenía fósiles de grandes
antropomorfos" (Begun, 2003). Regresión de los chimpancés bípedos Del mismo modo, el chimpancé parece la regresión, cada vez más lógica
y evidente, de cualquiera de los "chimpancés bípedos", como el
grupo de los Ardipithecus o el
grupo de los Australopithecus
denominados "graciles". El primero, representado por Ardipithecus ramidus, está datado en 4,4 a 5,8 ma, mientras que los
australopitecos tienen una antigüedad de 2,5 a 4,25 ma. Y no son los únicos:
podemos incluir en el primer grupo, otro reciente hallazgo de El Chad, Sahelanthropus
tchadensis ("Toumaï"), cuya antiguedad podría llegar hasta
los 7 millones de años. Presenta igualmente algunas características
humanas (caninos pequeños y foramen
magnun centrado) y de chimpancé (cerebro pequeño, cara proyectada
hacia delante, parte posterior del cráneo orientada hacia atrás, músculos
occipitales muy desarrollados) (Wong, 2003). Al tener que retrasar cada vez más la separación humanos-chimpancé
(hasta los 8 millones de años, por lo menos), el problema no hace más
que agravarse: si cada vez tenemos más tiempo para que se hayan acumulado
fósiles de chimpancés o gorilas, ¿por qué no se encuentran de una
vez?. La respuesta parece clara: porque su origen es mucho más reciente
de lo que se cree. No resulta, por lo tanto, extraño que casi todos los australopitecos
hayan sido colocados en la línea evolutiva que conduce al hombre ... para
luego, más tarde, y de forma invariable, ser apartados de nuevo. Los últimos hallazgos son aun más contundentes, pues los restos de la
formación geológica Lukeino (Tugen Hills, Kenia), de 6 millones de años
de antigüedad, sugieren que debemos apartar a todos los australopitecos
de nuestra línea evolutiva. Martin Pickford y Brigitte Senut creen que
esos restos pertenecen a un homínido al que han bautizado Orrorin tugenensis (al que, por su antigüedad, podemos incluir en
el "grupo Ardipithecus"), al que sitúan en la ascendencia humana,
pues, aunque presentan caninos primitivos, poseen otras características
similares a las nuestras: bipedismo, molares pequeños y esmalte grueso,
al contrario que Ardipithecus
ramidus que presenta un esmalte fino como gorilas y chimpancés (con
los que estarían relacionados). Los australopitecos tienen el esmalte
grueso pero presentan grandes molares por lo que tampoco serían nuestros
antepasados, sino una rama separada hace más de 6 millones de años (Arsuaga,
2001). Es curioso que algunos autores (la mayoría), críticos con la versión
de Pickford y Senut, recurran
a ciertas reversiones
evolutivas (el tamaño de los molares o el grosor del esmalte, por
ejemplo) para poder asignar nuestra ascendencia a los australopitecos, aun
cuando la reversión parece un hecho tabú
entre los evolucionistas. A pesar de que a algunos autores, como Arsuaga
(2001), les parezca "impensable que no haya algún antepasado australopiteco en nuestra
línea evolutiva", lo cierto es que las ideas de Pickford y Senut
coinciden con las que en 1946 expresara ya Franz Weidenreich sugeriendo
que los australopitecos derivaban de grupos "humanos" más
avanzados, muy antiguos y de gran tamaño, idea con la que coincidimos a
tenor de ciertos indicios (Gigantopithecus,
Meganthropus, heidelbergensis, o el mismo Cro-Magnon). Y, como averiguamos en el último libro de Arsuaga, Weidenreich no
estaba solo, pues Carleton S. Coon defendía, en los años 60, las ideas
de Weidenreich, así como John T. Robinson, en 1972. Este último proponía
al Gigantopithecus asiático
como antecesor del hombre, el cual habría dado lugar al gigantopiteco del
Pleistoceno de China, por un lado, y a los homínidos africanos, por otro.
Opinaba que su gigantismo intimidaría a los depredadores, propiciando la
reducción de sus caninos. Parece pues que los australopitecinos, en cualquiera de sus versiones
(anamensis, afarensis, africanus, garhi, etc.) tienen también los días
contados en la línea evolutiva humana. Entre el grupo de los
australopitecos y el grupo de los ardipitecos, nos inclinamos a pensar que
el chimpancé deriva más bien del primero, ya que los últimos estudios
indican una mínima distancia molecular entre el hombre y el chimpancé
(un 99 % de los genes son idénticos), sugiriendo una separación muy
reciente. Los homínidos miocénicos Sabemos pues, que el origen de los homínidos hay que buscarlo en el
Mioceno. Ahora bien, teniendo en cuenta que en África hay un vacío fósil
de unos 7 millones de años, entre los primeros antropomorfos conocidos de
este continente (Proconsul,
Afropithecus, Kenyapithecus, Morotopithecus, etc.), con una antigüedad
mínima de unos 14 ma, y los primeros homínidos, por ahora conocidos, de
alrededor de 6-7 millones de años (Ardipithecus,
Orrorín, Sahelanthropus), parece
que hay que buscar al antecesor de estos últimos en Eurasia, donde
ya existían multitud de antropoides. Varios de éstos fueron, en ocasiones, situados en nuestra línea
evolutiva, como Gigantopithecus
o Sivapithecus. Elwyn L. Simons,
por ejemplo, observó, en 1977, relaciones entre Ramapithecus
(hoy en día incluido en el género Sivapithecus
y considerado antecesor de los orangutanes) y algunos Homo habilis, entre los cuales podemos incluir a Sangiran II de Java
(para algunos, un H. erectus
primitivo). Basaba el parecido, en el tamaño de los caninos, mayor que en
Australopithecus, y concluía en
su artículo que lo más razonable era considerar alguna especie miocénica,
parecida a Ramapithecus, como
antecesora de Australopithecus
por un lado y de Homo por otro.
Siguiendo en parte a Simons, creemos prematuro rechazar estas especies
"indicadoras", cuando, aunque no estén situadas en la misma línea
evolutiva humana, bien pueden ser ramas regresivas derivadas de aquella. Cada vez aparecen más datos que apuntan al origen euroasiático de los
homínidos. No solo aumenta su antigüedad, sino que cada vez aparecen más
géneros y especies (Griphopithecus,
Oreopithecus, Ankarapithecus, Ouranopithecus, Lufengpithecus, Sivapithecus,
Pierolapithecus, etc.), demostrando que la auténtica radiación de
este tipo de primates tuvo lugar en estas regiones y que es aquí donde
hay que buscar al antecesor de homínidos y grandes antropomorfos
africanos actuales. Así lo piensa, por ejemplo, David R. Begun (2003),
especialista en primates miocénicos, de la Universidad de Toronto. Nuestra opinión al respecto ya puede ser intuida: es muy probable que
algún homínido bípedo euroasiático ya existiese desde épocas quizás
muy tempranas del Mioceno, del cual derivarían todos estos géneros por
regresión. Indicios de esto serían las características bípedas o semi-bípedas
atribuidas a varios de estos géneros, a lo largo de la historia
paleoantropológica, como es el caso de Ramapithecus,
Gigantopithecus, Oreopithecus, Kenyapithecus o
Pierolapithecus. Al fin y al cabo, también en 1931 Ernest A. Hooton indicó que los orígenes
del hombre habría que buscarlos entre los hominoideos fósiles del
Mioceno, al igual que pensaba Robert Broom a mediados del siglo pasado,
uno de los primeros descubridores de los australopitecos africanos. Este
último, siguiendo las ideas de Weidenreich, se decantó más tarde por la
idea de una mayor antigüedad y de que la línea de los humanos era
anterior a la formación de todas las líneas de antropomorfos, esto es
anterior a los 20 millones de años. En nuestros trabajos anteriores damos
cuenta del resto de posibles regresiones acaecidas en estas épocas
profundas de nuestra historia evolutiva (Doménech, 1999). Conclusión Ya el paleontólogo Henry F. Osborn decía en 1920 que el hombre no
descendía de formas similares a los actuales antropomorfos. Frederic Wood
Jones sugería en 1931 que el hombre procedía de los primeros primates,
al igual que Arthur Keith, que sugería, también en 1931, un origen
oligocénico de la línea humana, emparentando a australopitecos con
gorilas y chimpancés. También el prestigioso Willian L. Straus, en 1949,
como G. W. H. Schepers (que, como Broom, conocía bien a los
australopitecos) se adherían a la teoría de la antigüedad de la línea
humana, concluyendo el último que son los simios los que proceden del
hombre y no al revés. Ya hemos visto ideas similares
con autores como Broom, Weidenreich o Simons. Mucho más recientemente, en
1993, el paleontólogo y conocido evolucionista Bjorn Kurtén sugirió una
gran antigüedad de la línea homínida, basándose en
la dentición de Propliopithecus,
un mono del Oligoceno de unos 30 millones de años, considerada "básicamente
humana". Este autor considera muy caprichosa la idea de una evolución
que vaya de los grandes caninos de los antecesores de Propliopithecus
a los pequeños caninos de éste, para luego volver a los grandes caninos
de los ancestros de gorilas y chimpancés y, finalmente, de nuevo a los
pequeños caninos de los homínidos. En consecuencia, opina que la línea
homínida viene de muy antiguo y que los antropomorfos son derivaciones
(regresivas, por tanto) de aquella (Kurtén, 1993). Importantes autores, como M. A. Edey (1993) dan bastante crédito a la
teoría de Kurtén y cita a su vez a F. C. Howell quien duda del origen
reciente de los homínidos, opinando que el asunto "en absoluto está
zanjado". También David Pilbean (1984) piensa que algunos
antropomorfos miocénicos son homínidos y que la separación de los
antropoides fue anterior a los 15 millones de años. Más recientemente
aun, Máximo Sandín también opina que
"muy posiblemente, la evolución humana acabó, al menos por el
momento, con la aparición de los primeros hombres, hace más de tres
millones de años" (Sandín et al., 2003). Nuestra teoría evolutiva de corte ortogénica (Doménech, 2005)
describe la evolución como una sucesión de hitos a lo largo de una única
línea filogenética (la de mayor incremento de complejidad), en cada uno
de los cuales surge toda la complejidad que va a desplegar el nuevo grupo,
hasta la siguiente emergencia. Dicha teoría induce a pensar que la línea homínida surgiría muy
pronto, quizás con las primeras radiaciones miocénicas de los primates
superiores, hace unos 22-25 millones de años, sino antes, en el
Oligoceno, donde algunos autores sitúan el origen de los antropomorfos.
Hemos visto también que existen indicios de que podría existir algún Homo avanzado hace, al menos, unos 3,5 millones de años y quizás
antes, hace unos 5,5 ma, en los mismos comienzos del Plioceno. Figura
3. ¿Evolución gradual?. Izda.: instrumentos fabricados por algunos de
los últimos pobladores de la costa franco-cantábrica, antes de la
aparición del hombre de Cro-Magnon (bifaz achelense superior del último
interglaciar; 64.000 a 128.000 años; Cabo Busto, Asturias, Norte de España).
Dcha.: estatuilla Gravetiense de los primeros hombres de Cro-Magnon (Venus
de Brassempouy del suroeste de Francia, "la primera cara
humana"; podría tener una antigüedad de unos 28.000 años) El "origen remoto" del hombre,
junto con la preponderancia de la evolución inversa, se presenta como una
alternativa cabal y coherente cuyas implicaciones podrían dominar gran
parte del pensamiento antropológico y humanista del siglo XXI. Pero, por
lo pronto, mientras aparecen nuevos datos, solo podemos seguir resignándonos
a contemplar la súbita y enigmática aparición del hombre de Cro-Magnon
y sus asombrosas manifestaciones artísticas (figura 3). Bibliografía Agustí, J. y Moyá-Solá,
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