|
Del punto omega de Teilhard a la neo-ortogénesis
de la nueva biología
Congreso Internacional "Ciencia y Humanismo en el siglo XXI: perspectivas" Universidad Iberoamericana-IIEH México (31-3-2005 a 2-4-2005) Juan Luis Doménech Resumen A pesar de su indiscutible éxito, cerca
de 150 años de darwinismo no han bastado para consolidar una teoría que,
como ya saben los nuevos biólogos,
es incompleta. La selección natural es un hecho, pero constituye una
parte muy pequeña de la historia evolutiva y no es el mecanismo que
produce progreso, sino que tan
solo produce diversidad o estabilidad evolutiva, y, en no pocos casos ,
involución. El tiempo ha dado la razón a los antiguos saltacionistas,
pues la auténtica evolución progresiva se produce de forma brusca, bien
sea por saltos o macromutaciones, bien sea por una sucesión rápida de
grandes mutaciones. A ello apunta la teoría del
equilibrio puntuado, lo corrobora la biología del desarrollo y lo
demuestra drásticamente la teoría endosimbionte.
Como también demostraron grandes científicos
de antaño, con teorías como la senilidad
racial, de Alpheus Hyatt, o el punto
omega de Teilhard de Chardin, la Evolución es claramente ortogénica
pues el progreso absoluto,
medido en número de cambios de nivel
de complejidad, tan solo se ha dado en una única rama, entre todas
las que han formado el frondoso árbol de la vida. Ninguna teoría ha
conseguido explicar todavía el por qué de esa gran dirección. La selección natural y sus
efectos, la adaptación, la diversificación, la especialización y la
reversión, tan solo forman parte de uno de los cuatro principios de los
que consta la nueva síntesis que se ha venido forjando durante los últimos
años: el principio de regresión,
al que hay que añadir el principio
de progreso, el principio de
mutación y el principio de
dirección. Proponemos el nombre de neo-ortogénesis
para esta nueva síntesis.
Introducción Cada vez son más los autores que piensan
que urge una nueva síntesis evolutiva. Realmente, esta comenzó a
gestarse hace unos 20 años cuando, intuyendo las consecuencias que traerían
algunos campos que por entonces surgían (los nuevos descubrimientos de la
biología molecular, la alternancia
de épocas de "evolución" y de estabilidad, el neutralismo o el
papel del azar, entre otros), algunos autores, como L. Stebbins y F. J.
Ayala, afamados darwinistas, declaraban: "la
teoría sintética del siglo XXI se apartará considerablemente de la que
se elaboró hace unos pocos decenios, pero su proceso de aparición tendrá
más de evolución que de cataclismo" (Stebbins y Ayala, 1985). Somos ya muchos los que en absoluto
estamos de acuerdo con lo que, en el fondo, pensaban los autores citados y
siguen pensando los aun numerosos partidarios de la vieja síntesis: "no
es probable que la nueva síntesis exija el rechazo del programa básico
del darwinismo y de la teoría elaborada a mediados de este siglo".
Creemos que, no solo va a cambiar el programa básico del darwinismo, sino
que va a tener que incorporar aspectos totalmente antidarwinistas, o mejor
diríamos anti-neodarwinistas, relacionados con el lamarckismo, el
saltacionismo o la evolución dirigida. Y ello, porque resulta ya imposible
obviar la evidencia: 1) la evidencia de que el progreso por emergencias
sucesivas (donde el todo es más que la suma de las partes) es un hecho
biológico irrefutable; 2) la evidencia de que la selección natural solo
apoya la adaptación local, la segregación de las especies y la
microevolución; 3) la evidencia de las macromutaciones, reflejadas, entre
otros, por las abundantes poliploidías o la emergencia de la célula
eucariota por endosimbiosis; 4) la evidencia de una única línea recta
que ha pasado por todos los niveles de complejidad desde la célula
procariota hasta los mamíferos. Ello da pie a los cuatro principios que,
muy resumidamente, vamos a ver en este artículo: el principio de
progreso, el principio de regresión, el principio de mutación y el
principio de dirección. Principio
de progreso Jordi Agustí resume perfectamente más
de 100 años de discusión sobre la existencia del progreso en biología:
"Aunque negado por todos , son
muchos los biólogos que admiten la existencia de cierto progreso biológico,
definido de forma más o menos difusa en términos de aumento de
complejidad" (Wagensberg, 1998). Resulta absurdo seguir negando el
progreso, tal y como se han visto obligados muchos evolucionistas en su afán
de obviar cualquier cosa que huela a dirección, a antropocentrismo, o a
anti-azar. En contra del árbol progresivo "en abanico" de
Darwin en el que las especies se diversifican incesantemente (figura 1), Stephen Jay Gould propone un árbol piramidal, gobernado más
por la cantidad (número de especies de bacterias o número de anatomías
básicas en el Cámbrico) que por la calidad (incremento de complejidad),
la cual pasa a ser -para él- un elemento secundario y marginal (Gould,
1994). Figura
1. Árbol en abanico de Darwin (izquierda) y en pirámide de Gould
(derecha). En el árbol de Darwin (1859) "todos
los atributos corpóreos y mentales tienden a progresar hacia la perfección",
mientras que en el árbol de Gould (1999), la mayor diversidad de formas
anatómicas aparecen al comienzo de la vida pluricelular, reduciéndose
posteriormente, con frecuentes extinciones. Hasta los menos ortodoxos, como Gould o
Margulis y Sagan, se oponen a la idea de progreso, pero, ¿de qué otra
forma se podría llamar a la serie formada por los grandes hitos
evolutivos?. Repasemos los más importantes: procariotas,
eucariotas unicelulares, plantas, invertebrados, peces, anfibios,
reptiles, mamíferos, homínidos, Homo
y Homo sapiens.
Ignoramos también por qué hay tantos autores que aun ven difusa
la definición de progreso cuando resulta obvio que este no es más que el
incremento de complejidad del sistema nervioso. Incremento que, como bien
ha dicho Jorge Wagensberg (1998), da lugar a una cada vez mayor
independencia del medio y, por tanto, a imponerse cada vez más sobre el
entorno. Minimizar la importancia de estos hitos macroevolutivos, por su
escasa frecuencia entre el mar infinito de la especiación microevolutiva, es
tan absurdo como restar importancia al Big-Bang
por haber ocurrido una sola vez en la evolución cósmica. Figura
2. La representación del árbol de la vida, también va evolucionando con
el tiempo. El de Haeckel, de 1910, acertó al reflejar la evidencia del
progreso, pero falló en la frecuencia del mismo. El eje central no es un
grueso tronco sino una fina caña. El árbol de la vida hay que verlo como
se muestra en la figura 3, en el que cada uno de los grandes hitos,
sumamente infrecuentes e improbables, da lugar a la pirámide observada
por Gould, pero incrustados todos ellos dentro de la gran estructura en
abanico descrita por Darwin. Figura
3. Árbol propuesto por la teoría neo-ortogénica. El árbol de Darwin
es, en realidad, una sucesión de "árboles de Gould", unidos
por una simple línea evolutiva. Con el paso del tiempo, estas uniones han
formado un eje en el que han quedado reflejados los saltos y el progreso (macroevolución),
mientras que las ramas laterales (la mera “estela del progreso”)
reflejan la diversificación de las especies (microevolución) y las
frecuentes y constantes extinciones. Cada una de esas pirámides, o "big-bang",
evolutivo es un nuevo nivel de complejidad que supera al anterior en
capacidad para independizarse del entorno: una bacteria, o colonia de
bacterias, está a merced absoluta del ambiente, mientras que muchos mamíferos
o aves son capaces de aprender y de efectuar grandes modificaciones en el
mismo (nidos, madrigueras, etc.) (figura 4). Figura
4. Nuevo árbol de la vida. No es cierto que los peces den lugar a los
anfibios. Los peces solo dan lugar a más peces y tan solo una de sus líneas
evolutivas da lugar a los anfibios; tan solo un anfibio da lugar a los
reptiles; tan solo un reptil da lugar a los mamíferos. Y eso nunca más
vuelve a repetirse. Todo el árbol evolutivo ha estado en manos de unas
pocas especies localizadas a lo largo de un delgadísimo "eje
central". Es una estructura sumamente extraña (imposible desde el
punto de vista darwinista) que aun no ha sido explicada por ninguna teoría
evolutiva. Lo grave del asunto es que admitir el
progreso equivale a admitir la ortogénesis
retrospectiva, ya que ese progreso, el de los grandes hitos, ha tenido
lugar solo en una única línea evolutiva de entre todos los miles o
cientos de miles que han existido. En todas las restantes ramas, la
evolución ha sido muy limitada pues ninguna de ellas ha progresado tanto
como esa línea principal. Es cierto que todas ellas recorren una primera
etapa de desarrollo y progreso, pero sin lograr sobrepasar más de un
nivel de complejidad. Quizás la que más progreso haya experimentado ha
sido la "línea progresiva" de los artrópodos, que ha pasado de
los organismos acuáticos a los terrestres y a los voladores. Pero, a
pesar de los aparentes logros ("vida social" de los himenópteros,
como las hormigas), no han dejado de ser artrópodos, no han dejado de ser
invertebrados y su sistema nervioso no ha conseguido sobrepasar cierto
umbral. Tras una inicial etapa de progreso reina la estabilidad (simple diversificación o "barajamiento de genes") y la degeneración por adaptación excesiva. Recordemos que el culmen de la adaptación es el parasitismo, que no es sino el estado previo a uno de los diferentes tipos de extinción. La sucesión de "pirámides" que observamos en el árbol de la vida, parece necesaria para que la evolución no se detenga por envejecimiento de todas las líneas evolutivas. El tiempo transcurrido entre "pirámides" o "big-bangs" evolutivos puede ser amplio al comienzo, cuando los organismos aun son simples y los caminos evolutivos son numerosos, pero se acorta cuando aumenta el grado de complejidad y los caminos posibles se restringen. Figura
5. El árbol evolutivo de los peces de Valentine (1979) nos muestra que
toda la complejidad y diversidad de grupos aparece al principio, y que la
rama evolutiva principal, la realmente progresiva, pasa desapercibida
mientras se resaltan las líneas secundarias. Se observa claramente la "precocidad
de la complejidad" (perfectamente reflejada en el anterior árbol
de Gould), pues los anfibios aparecen casi tras la misma aparición de los
peces, tras un cortísimo período de desarrollo. Vemos también como tras
el Carbonífero o Pérmico apenas aparecen nuevas anatomías, sino más
bien diversificación y extinción. Esa precocidad de los peces lobulados
y crosopterigios queda manifiesta con sus complejas escamas cosmoideas,
sus incipientes órganos pulmonares, su encéfalo anfibioide, o sus
miembros de tipo arquipterigio, provistos de soportes óseos en su
interior, de las que derivan las extremidades de todos los vertebrados
tetrápodos. Todos los demás grupos de peces han dado lugar a peces y solo a peces. Figura
6. En el árbol de los reptiles de Valentine observamos el mismo fenómeno,
aun más marcado si cabe: un "big-bang" evolutivo al comienzo de
la radiación de los reptiles, seguido de la rápida y prematura aparición
del siguiente hito evolutivo: los mamíferos (sucesores de los terápsidos,
a la derecha). Como vemos,
nada de "lenta evolución gradual". El árbol de los reptiles
refleja con claridad la evolución regresiva, pues las actuales, y
escasas, especies supervivientes están tan especializadas que casi todas
se encuentran en peligro de extinción. Estas y los actuales anfibios serán,
sin duda, las primeras afectadas por el actual cambio climático. De nuevo observamos que ninguna otra línea
de reptiles da lugar a mamíferos o cualquier otro nuevo nivel de
complejidad, y de nuevo observamos (con asombrosa claridad) la estructura
en pirámide de Gould: cuanta más antigüedad mayor complejidad y mayor número
de anatomías, todas las cuales aparecen
antes del Jurásico. Se observan algunos progresos secundarios, como en el
caso de los pterosaurios voladores, pero en ningún caso dejan de ser
reptiles. Incluso entre las aves -consideradas como los modernos
dinosaurios- hemos encontrado numerosas regresiones (Doménech, 1999)
constatando que cada anatomía, dentro de un mismo nivel de complejidad,
sigue una estructura fractal. Figura
7. El "big-bang" de
los mamíferos es incluso más espectacular que la de los invertebrados
del Cámbrico: todos los órdenes de mamíferos actuales aparecen a la vez
y de repente, hace unos 65 millones de años. Se observa también en dicho árbol que
no se le concede a los homínidos o al hombre ningún puesto especial,
figurando los primates entre todos los demás mamíferos cenozoicos. Este
árbol es tan explícito que no obliga a cambio alguno: en una correcta
representación tan solo habría que sustituir el gorila que figura en la
cima de la evolución de los primates, por un Homo
sapiens (asunto este que siempre se rehuye), y dejar claro que este último
constituye un nuevo nivel de complejidad, totalmente diferente a los
anteriores. Las fechas son muy controvertidas en el
momento actual de la ciencia, pero, por lo pronto, podemos decir que los
orígenes de los homínidos ya se hunden en el Mioceno, tal y como
pronosticamos en anteriores trabajos (Doménech, 1999), cuando los Ardipithecus, con sus cerca de 6 millones de años (en adelante, ma)
de antigüedad, aun no se habían descrito. También podemos decir que
existen autores, de la talla del paleontólogo Bjorn Kurtén, que sugieren
que el linaje humano podría remontarse hasta Propliopithecus, un pequeño primate de hasta
30 ma de antigüedad, con cortos caninos y un arco mandibular muy parecido
al humano (Edey, 1993). Recordemos que los anfibios aparecen 100
ma después de la aparición de los peces; los reptiles, 50 ma más tarde
y los mamíferos mesozoicos (parecidos a ratones) unos 120 ma después.
Por lo tanto, un momento propicio para la emergencia de
la "conciencia incipiente" podría haber sido el
Paleoceno, hace 65 ma, unos 160 ma después de la aparición de los mamíferos,
época de grandes convulsiones geoclimáticas y genéticas (aparición
"repentina" de casi todas las actuales formas de mamíferos).
Esto permitiría retrasar la aparición de Homo
al Mioceno, con una capacidad cognoscitiva aun más desarrollada, y la del
hombre moderno a principios del Plioceno, hace unos 5,5 ma, tal y como
propone la teoría del "origen
remoto" del Homo sapiens
(Doménech, 2005). Principio
de regresión
Figura
8. Las fuerzas de la
naturaleza están presentes en todo lo observado.... y resulta inútil
ignorarlas. O así funcionaba hasta ahora. Otra línea
de argumentación (que siempre ha existido) interpreta esta modalidad
evolutiva (cladogénesis) de forma totalmente contraria: la diversidad es
un sorprendente fenómeno de la vida, absolutamente necesario para la
perpetuación de la misma, pero lo cierto es que la especie más
"evolucionada" es precisamente la especie original fundadora,
mientras que las especies derivadas siempre salen perdiendo. El motivo es
que las primeras siempre son más generalistas con respecto a las
segundas, cuya constante adaptación y especialización restringe la
original capacidad adaptativa o adaptabilidad ante futuros cambios
ambientales. Otro ejemplo más reciente es la
"evolución en un vaso de agua", de Rainey y Travisano (1998):
una bacteria, Pseudomonas
fluorescens, colocada en un tubo de ensayo donde se provocan tres
ambientes diferentes, origina a los pocos días tres formas diferentes,
distinguibles por el aspecto que presentan las colonias. Mientras que para
la mayor parte de los evolucionistas, es un ejemplo más de evolución por
selección, se observa con claridad que la forma generalista original,
adaptada a un todo ambiental, se separa en varias formas más
especializadas, adaptadas a una porción del todo original. Todas ellas
pierden capacidad de adaptación, con respecto a la forma original. Todas las líneas evolutivas surgidas
después de una gran emergencia tienen aun el suficiente potencial para
progresar, y, de hecho, muchas de ellas, aunque no pertenezcan a la
"línea progresiva absoluta", también han conquistado el medio
terrestre, e incluso, algunas, el aéreo, pero su progreso se ha detenido
tarde o temprano. Evidentemente, solo podemos catalogar dichos progresos
como de secundarios con
respecto al progreso absoluto. En la figura 10, vemos que los procariotas
de hace 3500 ma siguen dando procariotas en la actualidad, lo mismo que
los artrópodos del Cámbrico siguen dando artrópodos en la
actualidad.... eso sí, con multitud de líneas extinguidas durante el
camino. Principio
de mutación
La teoría de la mutación que antaño
defendieran Hugo de Vries, o la importancia que le diera William Bateson
(con su teoría de la “mutación negativa” o inhibición de genes),
J.P. Lotsy (y su teoría de la “hibridación creativa”) o
Goldschmidt (autor de la teoría del “monstruo prometedor” ), entre
muchos otros, fue recuperada recientemente por Stephen Jay Gould, el
brillante paleontólogo de Harvard que redescubrió, junto con Niles
Eldredge, que los antiguos científicos tenían razón (Gould, 1994). Su
teoría del equilibrio puntuado, según la cual la evolución consiste en
cambios bruscos seguidos de grandes períodos de estabilidad, redescubre
el saltacionismo de antaño, cuyo nombre reivindicamos, en honor de tan
ilustres científicos. Tanto la teoría de la “integración de
sistemas complejos”, de Máximo Sandín, como la teoría endosimbionte y
la simbiogénesis, de Margulis y Sagan, dan una vuelta de tuerca al
proceso iniciado por Gould: ¿qué está ocurriendo durante esos saltos
evolutivos?; ¿qué fenómenos podrían dar lugar a esa “evolución rápida”
claramente observable por los paleontólogos?. Dejando a un lado los grandes cambios
provocados por mutaciones ocurridas en las primeras fases de la ontogenia
en formas dotadas de plasticidad fenotípica (finalmente reconocidas por
los modernos biólogos del desarrollo), la base de la teoría de Sandín (lamarckista,
por cierto) y su equipo de la Universidad Autónoma de Madrid, parte de la
capacidad de los virus para insertarse en el genoma, en una especie de
“módulos compactos”, con funciones perfectamente definidas y
operativas. Sus observaciones le llevan a concluir que “los
genomas animales y vegetales están constituidos por una suma de genomas
bacterianos y virales” (Sandín, 2003). Si observamos algunos de los
árboles evolutivos más recientes (figura 9),
podemos darnos cuenta de cómo nos estamos alejando de los dogmas
que hasta ahora han imperado en las ciencias de la vida. Figura
9. Versión "en
red" del árbol de la vida, de W. Ford Doolittle (1999), donde se
muestra que los eucariotas adquirieron los cloroplastos y mitocondrias de
las bacterias, así como la universal transferencia horizontal de ADN.
Aunque rompe moldes, sigue integrando los árboles en pirámide de
Gould con los clásicos en abanico. Es decir, la evolución por saltos podría
estar basada, por ejemplo, en “infecciones” masivas de módulos de ADN
(vía virus) acaecidas ante especiales eventos ambientales movilizadores
de energía (grandes cambios geoclimáticos). Cada uno de estos módulos
contendría uno o más algoritmos genéticos perfectamente funcionales,
que permitiría acotar bastante más los cálculos cronológicos que nos
ofrece una evolución meramente azarosa y micromutacional, al tiempo que
permitiría obviar, de una vez por todas, la persistente carencia de
formas intermedias en el registro fósil. Como ya hemos dicho, un muy
sugerente mecanismo de evolución cuántica es la duplicación genética y
posterior integración de genes en una de las copias (libre para
"experimentos" naturales de todo tipo), mientras que la otra
copia mantendría intactas las funciones originales. Principio
de dirección
Pues bien, solo diremos que este mecanismo ya se ha encontrado (Herbert
et al., 1999), sin que
aparentemente la comunidad científica haya reaccionado en absoluto. Todo
lo contrario, y esto es lo más alarmante, algunos especialistas ignoran
aspectos, como que "los rasgos
adquiridos pueden serlo no como tales, sino como genomas" (Margulis
et al., 2003), e insisten en que
"no existe ningún fenómeno
biológico concebible capaz de apoyar la evolución lamarckiana"
(Landman, 1993). Un reciente y curioso artículo sobre la evolución de los lagartos del
Caribe, parecen indicar que la evolución no tiene tantos caminos para
elegir, sino que las direcciones están más marcadas de lo que parece.
Resulta que estudiando la evolución de los lagartos en varias islas
diferentes del Caribe, los autores llegaron a la conclusión de que a partir de un fundador generalista, se
forman diferentes formas especializadas de lagartos, unos adaptados a
vivir en las ramas, otros en
el tronco, otros en la cúpula arbórea, etc., es decir, lo que siempre
sucede, como acabamos de ver con los pinzones de Darwin. Pero, lo original
de este caso es que ocurre lo mismo en 4 islas diferentes y afecta a
comunidades enteras y no solo
a una especie como en los clásicos ejemplos de convergencia evolutiva (Losos
et al., 1998). Este ejemplo ha reabierto entre los zoólogos el viejo debate acerca de
si existe un cierto determinismo evolutivo, es decir, ¿discurre la
evolución al azar o existen en realidad unos pocos caminos donde elegir?.
Pero, lo cierto es que el debate nunca se había cerrado entre los biólogos
del desarrollo, los cuales descubrieron ya hace tiempo que existen
"canalizaciones" que restringen el camino a seguir, es decir, en
cierto modo descubrieron el famoso "programa interno" de los
antiguos ortogenistas que muchos expertos despistados aun se niegan a
admitir. Las llamadas "tendencias progresivas" de Haeckel tienen su
continuidad en autores modernos como Brian Goodwin (1998), que sugiere
tendencias en el incremento de complejidad debidas a la morfogénesis
autoorganizada de los sistemas; o Michael
McKinney (1998), que no solo defiende las ideas de progreso e incremento
de complejidad, sino que propone un "progreso evolutivo esencial
absoluto", basado precisamente en ese incremento histórico de
complejidad. Es también el "progreso global" de Daniel Dennett, o la
"gran dirección" de David Hull. Como dice McKinney: "la
evidencia paleontológica indica que los patrones de desarrollo de todas
las formas de vida se han ido haciendo más restrictivos..... se ha
reunido una considerable evidencia ontogenética y paleontológica a favor
de que el diseño corporal de los diversos grupos de organismos se han ido
congelando gradualmente tras un período inicial de relativa plasticidad".
Podemos especular lo indecible con este
tema, pero no es necesario. Basta con analizar los hechos ya acontecidos.
Si volvemos a nuestro árbol de la vida, aunque ahora representado en
forma de flecha (figura 10), vemos que el fenómeno evolutivo más
espectacular y, a la vez, el más ignorado por la inmensa mayoría de los
evolucionistas, es lo que hemos llamado "exclusividad del progreso
absoluto": ¿por qué no hay más de una rama que presente varios
saltos de complejidad?. Es más, ¿por qué no existen numerosas ramas que
presenten dicho comportamiento, como cabría esperar de una evolución al
azar?. ¿Por qué no se han formado eucariotas u otros tipos de células
complejas, múltiples veces?. ¿Por qué no se han formado vertebrados -u
otra cosa- a partir de varios tipos de invertebrados?. Hace poco más de
dos décadas, aun se pensaba que la mayoría de los grupos eran polifiléticos
y que los organismos pluricelulares se habrían
desarrollado independientemente
en unas 17 ocasiones, por lo menos, a partir de antecesores unicelulares (Valentine,
1979). Era lo lógico. Pero, hoy en día, la cosa se ha reducido a tres:
las plantas, los animales y los hongos, e incluso a dos (animales y hongos
por un lado, y plantas, por otro), tal y como piensa L. Margulis. Incluso,
en virtud del principio de exclusión,
no hay que descartar un único origen de los seres multicelulares, separándose
posteriormente los animales y plantas (bien por adición de cloroplastos,
o bien por pérdida de los mismos en una de las líneas filogenéticas). Figura
10. La "flecha de la vida" muestra con claridad los cuatro
principios (C: niveles de complejidad): a) de progreso (C1 a C11), b) de
involución o selección (C1 a C1; C2 a C2, etc.), c) de salto (C1 a C2;
C2 a C3, etc.) y d) de dirección (exclusividad de la línea C1 a C11).
Las bacterias sólo han dado lugar a un nuevo nivel de complejidad en una
única ocasión y desde hace 3.500 millones de años, no han creado nada
nuevo. ¿Por qué?. Quizás por casualidad, pero es que exactamente lo
mismo ha ocurrido con los siguientes niveles de complejidad. Demasiada
casualidad. Concluyendo: las posibilidades evolutivas
no son tan elevadas como se pensaba; la historia de la vida deja entrever
un importante componente determinista; y la "gran dirección" es
una clara ortogénesis retrospectiva y excluyente que solo puede tener dos
explicaciones naturales: una muy improbable casualidad, o la existencia de
algún tipo de autoorganización que, además de incrementar la complejidad de forma constante, introduzca algún tipo
de exclusión que impida nuevos saltos de complejidad en el resto de las
ramas evolutivas. Aunque la mayor parte de los evolucionistas han optado por esconder la
cabeza debajo del ala, el primer paso para encontrar la explicación
adecuada es ver con claridad el árbol de la vida. En este artículo nos
hemos ceñido a los hechos revelados por el registro fósil y desvelados,
poco a poco, por los científicos más sagaces. Quizás el que más ha
destacado, y hay que decirlo como pertinente y merecido homenaje, ha sido
Teilhard de Chardin, con su teoría, ortogénica y finalista, del punto
omega, el cual, aunque con interpretaciones más discutibles, vio con
lucidez unos hechos que para muchos se nos antojan inapelables. Figura
11. Si queremos, podemos sustituir nuestros viejos prejuicios
"antropocéntricos" por nuevas concepciones, "bacteriocéntricas"
por ejemplo , donde nos parezca que el Homo
sapiens no es más que una bacteria "un poco evolucionada".
Sin embargo, el árbol aquí representado es exactamente el mismo que el
de la figura anterior ("la flecha de la vida") y que el de la
figura 4. Necesitamos nuevas mentes para nuevas visiones (C1, C2, C3, etc.
: niveles de complejidad). El reto de la nueva comunidad científica que está surgiendo es
precisamente recuperar y discutir las ideas de Teilhard y averiguar qué
pasó realmente con nuestra historia evolutiva. Solo nuevas mentes más
abiertas, deseosas de saber y libres de prejuicios (figura 11) podrán
avanzar en tal cometido, ya que, además, con negar la evidencia solo se
conseguirá prolongar la agonía de la vieja síntesis. Sólo nuestra
capacidad para formular correcta y convincentemente esta neo-ortogénesis
de la que hablamos, podrá sustituir la cada vez más vigente (por
irrebatida) visión de Teilhard de Chardin. |
| Links de interés | Legislación | Noticias | Foros | Sugerencias | Contacto APG |