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La evolución de la consciencia
a la luz de la "hipótesis
regresiva"
Instituto de Investigación sobre la Evolución Humana (IIEH), 2004 Juan Luis Doménech Indagar en la evolución de las diferentes facetas de la mente supone introducirse en terrenos (como el de la neurología, la psicología de la cognición o la filosofía de la consciencia), que no suelen ser habituales en estos trabajos de antropología. Sin embargo, con el reciente auge del estudio científico de la consciencia y la imperiosa necesidad de explicar éste carácter en el marco evolutivo, cada vez resulta más frecuente la unión de todas estas disciplinas. Los científicos coinciden en la búsqueda de una teoría unificada que comprenda tanto la neurología como la psicología cognitiva (Horgan, 1994) y, aun, Chalmers (1996) sugiere que la ansiada teoría de todo -capaz de explicar todo el universo- solo puede provenir de la unión de las leyes físicas con las aun embrionarias leyes psíquicas. En nuestro caso resulta además inevitable tratar estas cuestiones pues veremos que la hipótesis de la regresión de la consciencia o del psiquismo será una de las principales conclusiones de este trabajo. Esta idea exige todo un desarrollo que intentaremos resumir en 5 pasos: 1. LOS NIVELES DE LA CONSCIENCIA
Comenzaremos por establecer la
existencia de diferentes niveles de capacidad cognitiva y su relación con
la capacidad de percibir conscientemente. Siempre que un autor trate el
delicado tema de la consciencia debería definir cual es su idea no solo
de la misma, sino también de los diferentes términos relacionados, tales
como, mente, percepción, subjetividad, percatación, etc., aspectos no
siempre aclarados que suelen llevar a confusión. Para algunos neurólogos,
consciencia es el acto de percatarse de las cosas (Crick et
al., 1992); para David J. Chalmers (1996) Matemático y Filósofo de
la Universidad de California en Santa Cruz, la consciencia constituye el
conjunto de experiencias subjetivas de la mente y
"guarda una buena correlación con lo que podríamos llamar
percatarse: el proceso gracias al cual la información del cerebro viene a
estar globalmente disponible para los procesos motores del estilo del
habla o de la acción corporal"; y para John Horgan (1994) sería
“el conocimiento subjetivo e inmediato que tenemos del mundo y de
nosotros mismos”. Los neurólogos y fisiólogos acostumbran a
distinguir entre los procesos físicos u objetivos del cerebro (tales como
el mecanismo por el que la retina capta los fotones, etc.) y los hechos
subsiguientes propios de la mente subjetiva. La forma por la que los
primeros dan lugar a los segundos (el problema
duro de la consciencia) es hoy objeto de intenso debate (Chalmers,
1996).
En nuestro caso, aunque la aclaración de los términos citados es
precisamente el objeto principal de todo este capítulo, partiremos del
significado etimológico de consciencia (conscientia)
que la define como “ciencia o
conocimiento con nosotros” o “conocimiento
que acompaña nuestras acciones e impresiones” (Delay et
al., 1991), equivalencia más o menos admitida por todo el mundo (Horgan,
1994). Convengamos pues, que la consciencia se relaciona con un
determinado tipo de conocimiento, entendido éste como la percepción y
reconstrucción interna más fiable del mundo real (Ursua, 1993), el cual
puede adquirirse por grados mediante determinadas técnicas de
aprendizaje.
Ya la teoría del conocimiento de Platón (2) estipulaba que no se puede hablar simplemente de consciente e inconsciente
-como suele hacerse erróneamente- sino que existen varios niveles de
consciencia equivalentes a otros tantos tipos de capacidad de cognición (eikasia,
pistis, dianoia, nous) y por lo tanto a otros tantos tipos de
aprendizaje. El primero de estos grados, el inferior, corresponde al
conocimiento superficial y aparente, instintivo y pasional. El segundo,
pertenece al conocimiento teórico o intelectual;
es el mundo del razonamiento, las creencias, teorías, ideologías,
etc.; es, como el anterior, sensible y condicionado. El hombre de
consciencia dianoética, tiende a adquirir autonomía de
criterios; es consciente de sus condicionantes culturales; aspira a
mayores cotas de conocimiento y presta gran atención al mundo exterior e
interior; supervisa percepciones e impresiones; sintetiza y enjuicia críticamente
conceptos e ideas; intenta discernir lo útil de lo inútil. El cuarto
conocimiento corresponde al conocimiento intuitivo; es el hombre no
condicionado, objetivo y equilibrado (filósofo, o auténtico sabio
en palabras de Platón) (Tovar, 1997). Conforme subimos en la escala del
conocimiento (como en la escala social de los animales) aumenta la
percepción del conjunto de información que llega a los sentidos y de la
realidad del mundo exterior e interior. El hombre instintivo, con pobre
capacidad de consciencia, apenas sabe más que mantener sus gustos y
beneficios (conducta egóica), mientras que el hombre intuitivo contempla
el mundo como un todo interrelacionado y, consciente de esa realidad,
participa del beneficio grupal (conducta cooperativa).
Estos tipos de conocimiento han sido admitidos por prestigiosos
psicólogos y filósofos. El psicólogo Ken Wilber (1991) clasifica el
conocimiento en sensible (eikasia, pistis), racional
(dianoia) e intuitivo (nous).
En su teoría filosófica de los tres géneros de conocimiento, Espinosa
divide éste en imaginativo, racional e intuitivo, afirmando que sólo el
último constituye el verdadero conocimiento (Bueno, 1985). Los místicos
llaman al conocimiento más elemental lumen
exterius, el cual permite conocer los objetos sensoriales;
al segundo tipo de conocimiento,
lumen interius, con el cual se está en condiciones de alcanzar las verdades filosóficas; y al tercero, lumen superius, que permite alcanzar las verdades absolutas. Sería igualmente la cogitatio, meditatio y comtemplatio
de Hugo de San Victor, etc.
Aunque, según estas escalas, la consciencia pueda llegar a ser teóricamente
objetiva, muchos neurólogos y psicólogos suelen tratarla solo como
subjetiva y muchas veces como la única responsable de los procesos
cerebrales de salida o efectores (García, 1992). Sin embargo, aunque hay
que ser extremadamente prudentes con esta cuestión, negar la variedad de
estados extraordinarios de consciencia, incluidos los estados místicos o
paranormales registrados en la literatura (algunos de los cuales
supuestamente llegan a cierto conocimiento de tipo objetivo), no solo
resultaría propio de mentes cerradas o en exceso intolerantes (anticientíficas,
en cierto modo) sino de personas irresponsables e indocumentadas. Brian D.
Josephson, de la Universidad de Cambridge, premio Nobel de Física en
1973, reclama, en cambio, una
“teoría de campo unificada capaz de explicar incluso las experiencias místicas
y el ocultismo” (Horgan, 1994). Para muchos pensadores, este tipo de
conocimiento superior, de tipo objetivo, puede ser alcanzado por medio de
la intuición y otras facultades poco conocidas de la mente: Kant (igual
que para Plotino, Descartes y muchos otros destacados pensadores) “la
intuición pura de espacio y tiempo es una fuente de conocimiento
infalible de la que surge la certeza absoluta. Psicólogos, como Köhler,
en definitiva, han demostrado que la intuición existe incluso en animales
a condición de que todos los elementos de la tarea a realizar puedan ser
percibidos en un solo golpe de vista; esta intuición no es posible en un
laberinto, por ejemplo, donde solo se tiene una idea fragmentaria de la
situación (Delay et al., 1991). Los resultados de estas experiencias nos recuerdan a
la mayor capacidad de percepción de conjunto (y, por tanto, mayor
capacidad de supervivencia del grupo o de la población) de las especies
cooperativas o altruistas, que mencionamos en el capítulo anterior.
No obstante, para los modernos psicólogos cognitivos, el aspecto
sensible del conocimiento difícilmente puede penetrar en los misterios de
la razón, del mismo modo que ésta es incapaz de comprender (ni siquiera
de aceptar) los objetos del conocimiento transcendente. Cualquier incursión
de uno en otro incurre en un error categorial (Wilber, 1991) por lo que, en la presente
lectura, los más escépticos no tienen por que aceptar que la mente
humana es capaz de llegar al conocimiento intuitivo o de alcanzar el
conocimiento objetivo o noético
de Platón (las verdades eternas
del mundo de las ideas); bastará,
para todos los efectos, con aceptar los 3 primeros tipos de conocimiento
visibles en la vida cotidiana. En cualquier caso, debemos admitir que
existe una gran diferencia entre una consciencia exageradamente subjetiva
y una consciencia mínimamente subjetiva, próxima por lo tanto a la
objetividad, graduación que, aun sin caer en la cuenta de su importancia,
es generalmente admitida. La psicología distingue 7 niveles de
consciencia correspondiendo los dos primeros al estado habitual de
vigilia, el tercero a una especie de atención
no concentrada y los 4 últimos al sueño (Delay et al., 1991). El ahora neurólogo del Instituto Salk de Estudios
Biológicos de San Diego, Francis Crick (codescubridor con James Watson,
de la estructura en doble hélice del ADN) y el experto en redes
neuronales del Instituto de Tecnología de California, Christof Coch, también admiten dicha graduación -aunque
sea indirectamente- al
decir que "la consciencia puede
adoptar multitud de formas, desde la simple experiencia del dolor hasta la
de autoconsciencia o consciencia de uno mismo" (Crick
et al., 1992). La experiencia sensible del dolor pertenece a eikasia,
mientras que la consciencia de uno mismo (millones de personas ni siquiera
saben que existen) pertenece a dianoia
o nous. 2. EL CEREBRO COMO UN COMPUTADOR
Admitida la enorme flexibilidad de la consciencia, el segundo paso
consiste en establecer el lugar que ésta ocupa en la mente y la relación
que tiene con el resto de funciones mentales. Provenga la mente del
cerebro físico (reduccionistas) o del espíritu inmaterial (dualistas),
convendremos junto con el neurólogo Fischbach (1992)- sin entrar en otras
disquisiciones filosóficas- que
“la mente es simplemente una
sucesión de procesos mentales”. Para los efectos que nos atañen
hablaremos pues indistintamente -dentro de lo posible- de funciones
cerebrales o mentales sin establecer distinción entre ambas entidades. Es
el momento pues de establecer algún tipo de clasificación que nos
permita trabajar con las diferentes funciones cerebro-mentales en nuestra
búsqueda de las causas de la regresión psíquica que sugerimos. Pues
bien, nuestro cerebro funciona como un ordenador (Hinton, 1992) en el que
todas sus funciones se pueden agrupar en dos: las funciones efectoras o emisoras
y procesadoras de información (como el lenguaje, la lógica, la memoria,
cualquier tipo de pensamiento, razonamiento o actividad intelectual, la
voluntad, las emociones, la imaginación, etc.) y las funciones receptoras o adquisitorias de información (como la atención, la
observación, la percepción, la comprensión, la inspiración, la intuición,
etc.).
Una de las tesis principales en el desarrollo de esta teoría
consiste en la proposición de que todas las funciones efectoras o
emisoras son subjetivas y poco conscientes, mientras que las funciones
receptoras -por cuanto se acercan más, tanto en espacio como en tiempo,
al hecho real- tienden a la objetividad y a la plena consciencia. Una
función emisora es subjetiva porque siempre se aleja del hecho real
objetivo (siempre se interpone entre ambos una función receptora que, en
consecuencia, está más cerca de la objetividad) y es inconsciente o poco
consciente porque se aleja del presente o única realidad -distancia a la
que llamamos tiempo- (también entre ambos se interpone una función
receptora, mucho más próxima al momento actual). Las funciones emisoras
son propias de la consciencia en eikasia
o pistis, mientras que las funciones receptoras pertenecen a la
consciencia en dianoia o nous.
La consciencia propiamente dicha (como función individual), por lo tanto,
puede ser tanto emisora (si
se encuentra en los estados bajos de consciencia: eikasia
o pistis) como receptora (si se
encuentra en los estados altos de consciencia: dianoia
o nous). Ese es el principal
motivo de confusión, por el que conviene tener sumo cuidado a la hora de
referirse al término consciencia.
Esta relatividad del término consciencia, en el uso habitual,
puede apreciarse en la mayoría de las funciones mentales, pues todas son
susceptibles de graduación. La atención, por ejemplo, puede ser de
varios tipos: a) la atención habitual, de tipo mecánico, la cual está
abierta a cualquier clase de pensamiento o impresión errática,
alternando momentos de atención no concentrada con momentos de total
distracción (correspondiéndose con la consciencia en eikasia o en pistis); b)
la atención concentrada en una sola cosa (la cual pertenece a pistis);
y c) la atención de conjunto o atención
holística, la verdadera y auténtica atención, que se corresponde
con el estado dianoia. Para los
psicólogos J. Delay y P. Pichot (1991) “la concentración exige un esfuerzo que moviliza y gasta mucha
energía y conduce a la fatiga”. La atención de conjunto,
por el contrario, moviliza energía pero no la derrocha sino que, siempre
y cuando se eviten los procesos emisores, se retiene al nivel de la
recepción de información. Es obviamente ésta, la que proporciona un
mayor control sobre la situación y sobre el resto de funciones mentales
(las cuales se pueden procesar simultáneamente, sean estas intelectuales
o no), mientras que la atención concentrada se absorbe en una única
cosa, constituyendo en realidad otra forma de distracción. Ray Jackendoff
dice que "la consciencia se
enriquece con la atención" y los mismos Crick y Koch suscriben
la importancia de la misma al añadir "...
lo que supone que, mientras esta última -la atención-
puede no ser esencial para ciertos tipos de consciencia limitados, sí
resulta necesaria para la consciencia plena" (Crick et
al., 1992)
Lo mismo podemos decir en el caso de la percepción. La percepción
habitual, acostumbrada a la mayor parte de objetos visibles, es mecánica
e inconsciente y pone en juego procesos subjetivos diferentes a la mera
recepción de información; se corresponde obviamente con los estados de
consciencia inferiores (eikasia
y pistis). La percepción comprende, según la Psicología, tres
procesos íntimamente relacionados: el proceso receptor (el que capta el
hecho real por medio de los sentidos y lo hace llegar a los órganos
receptores); el proceso simbólico (el que asocia la sensación a un
concepto que ya poseemos); y el proceso afectivo (el que traduce el
concepto en aspectos afectivos como agradable, desagradable, indiferente,
etc.) (Delay et al., 1991). Obviamente, los dos últimos son emisores y
subjetivos, mientras que solo el primero constituye la verdadera recepción
de información, objetiva o próxima a la objetividad. Este tipo de
percepción al mismo nivel de la recepción solo puede procesarse con la
consciencia en estado de dianoia
de modo que impida los procesos subjetivos inmediatos. Equivale en cierto
modo al percatarse de algo o al awareness
(el darse cuenta) de la Gestalt
que algunos neurobiólogos empiezan a tratar. Chalmers (1996) al intentar
buscar un puente psicofísico que una los procesos físicos del cerebro
con la experiencia subjetiva, separa el
percatarse
-lo que considera objetivo-, de la consciencia
-a la que considera subjetiva-. Chalmers aproxima su concepto sobre el percatarse al tipo de consciencia dianoia, como una función receptora totalmente alejada de la
consciencia emisora y subjetiva propia del estado pistis.
Igualmente, la imaginación, habitualmente efectora, también puede
considerarse receptora en el caso de la imaginación
creadora, la cual consiste en un acto de percepción instantáneo, de
perspicacia, discernimiento o penetración psicológica (insight),
y lo mismo podríamos decir en el caso de otras funciones típicamente
emisoras, como la voluntad o la capacidad de raciocinio. Los antiguos
griegos hablaban de un tipo de voluntad (que nada tiene que ver con la
voluntad emisora resultante de los procesos razonativos y efectores
habituales) consistente en actuar en función del lugar que ocupamos en el
sistema y en las relaciones con el entorno. Es un actuar en función del
conjunto de elementos percibidos que exige una atenta claridad receptiva.
En ese punto se confunde la voluntad con la intuición y con un tipo de
razón también atenta que equivale al verdadero nous
(la razón superior). Lo importante, por lo tanto, en esta clasificación
es distinguir cuando una función está adquiriendo o recibiendo información,
pudiendo llegar a decir que, en los extremos de la escala, el mecanismo básico
de funcionamiento podría ser el mismo para la mayor parte de las
funciones de un conjunto: por ejemplo, el término insight
al que hemos hecho referencia bien podría aplicarse a la imaginación
creadora, a la percepción instantánea, a la inspiración, a la intuición,
a la comprensión repentina, al atento raciocinio holístico o a los sueños
creativos.
Podemos pues, establecer una graduación decreciente en objetividad
del siguiente modo: a) los objetos y hechos reales del mundo físico (lo
que Popper llama el Primer Mundo)
y las verdades absolutas (propias del Tercer Mundo, a las que Platón llama ideas, formas
o verdades eternas, Hegel, espíritus
objetivos, y Popper proposiciones
objetivas, o contenidos de
pensamiento objetivo); b) la atención y la observación, c) la
percepción, d) percatación, y e) los procesos emisores habituales. Las
cuatro últimas forman parte de lo que Popper llama el Segundo
Mundo o mundo subjetivo y son tanto más subjetivas cuanto más se
alejan del hecho real. Poco importa si la observación va delante o detrás
de las hipótesis o de las inclinaciones individuales, como sugiere Popper
(1992); esa sería obviamente una observación emisora y claramente
subjetiva, sentido que ya creemos haber expresado con claridad. Nuestra
hipótesis se aproxima a la teoría
del sentido común o de la tabula
rasa de los empiristas, que sostiene que nuestra mente al nacer está
vacía (o semivacía), adquiere conocimientos por medio de los sentidos y
todo lo que se añade a ese conocimiento elemental (directo
o inmediato, como ellos dicen),
le añade subjetividad. Popper (que la llama teoría
del cubo) opina que incluso ese primer conocimiento está ya
contaminado pues poseemos disposiciones innatas que nos infunden
expectativas previas incluso a la observación y a la percepción (Popper,
1992). Un ejemplo de que la expectativa puede ir por delante de la
observación (lo que Popper denuncia frecuentemente en el caso de los experimentos
científicos) es el caso ya citado del cráneo KNM-ER 1470
y la redatación de los estratos donde se encontró por no
responder a las expectativas evolucionistas (y muchos casos similares de
lo que Lubenow llama the dating
game)
(3). Resulta obvio pues, que sólo si somos capaces de mantenernos en los
primeros niveles de la recepción (en los cuales los puntos b, c y d
pueden llegar a ser lo mismo), con la consciencia o atención en estado dianoético, sin traducción o movimiento mental alguno, la
subjetividad puede llegar a reducirse substancialmente (aun cuando
tengamos la expectativa de ‘no
tener expectativas’ o de
‘vigilar nuestras posibles expectativas’); seremos por tanto más
objetivos y habremos dado un paso de gigantes en nuestro desarrollo
evolutivo. Tampoco se trata de eliminar la individualidad resultante de
nuestros procesos subjetivos, sino de eliminar la mecanización de tales
procesos, pues este estado de percepción atenta o consciente puede
aplicarse también sobre las funciones mentales subjetivas, tales como el
pensamiento o el razonamiento: sería una especie de objetivización
de lo subjetivo, donde nuestras emociones, juicios, proyectos o ideas
son supervisadas por una función mental de orden superior.
Según Horgan (1994), la simple intención de mover un dedo ya
produce actividad electroencefalográfica (EEG) por lo que no es de extrañar
que las funciones mentales emisoras y de proceso, que producen mucho movimiento
cerebral (intención, elección, decisión o proyección), se procesen
generalmente con mucha actividad EEG, mientras que las funciones
receptoras, todo lo contrario, se procesan con escaso movimiento neuronal
y poca actividad EEG. El estado de vigilia habitual, que se corresponde
con los estados 1 y 2 de la psicología y los estados 1 y 2 de Platón (eikasia
y pistis) (funciones mentales
generalmente en estado de emisión) produce las denominadas ondas beta
de más de 14 ciclos por segundo. La atención
flotante no concentrada o estado de consciencia tipo 3 de la psicología,
que “corresponde a una eficacia excelente del comportamiento.....en el
que se sitúan algunas formas del pensamiento creador” (Delay et
al., 1991), se corresponde con el estado 3 de Platón (dianoia)
y produce ondas alfa con
vibraciones de 7 a 14 ciclos por segundo.
Los estados del sueño (estados 4 a 7 de la psicología) producen
vibraciones de 4 a 7 hertzios, en el caso del sueño ligero (ondas theta) y de 0 a 4 hertzios, en el caso del sueño profundo (ondas delta),
pudiendo relacionarse con ciertos estados alterados de consciencia próximos
a nous. El sueño o el inconsciente son casos especiales de funciones
efectoras (pues utilizan información ya almacenada) que producen poca
actividad EEG y que, en determinados casos, se comportan como funciones
receptoras de información. 3. FUNCIONAMIENTO INCORRECTO DE LA MENTE
La regresión del psiquismo del hombre actual consistiría en el
sobredesarrollo y dominancia de las funciones emisoras sobre las
receptoras, dominancia adquirida en algún momento de nuestro desarrollo
filogenético y ontogenético. Mientras que en el siguiente apartado
hablaremos del aspecto filogenético, veremos ahora que tal defecto se
adquiere en el curso de nuestro desarrollo individual debido a la
consolidación histórica de sistemas de aprendizaje no solo incorrectos
sino también extremadamente perjudiciales para la supervivencia de la
especie.
Daniel C. Dennett, filósofo de la consciencia, opina que “en
realidad no somos conscientes de nada.... la consciencia es en gran medida
ilusión”, ya que “en la
vida cotidiana asumimos inconscientemente la actitud intencional” (Beardsley,
1996). Lo mismo opina el antropólogo Ramón Valdés al afirmar que el
proceso de enculturación “empieza
tan pronto y es tan sutil que nadie, ni en retrospecto, llega a tener idea
clara de hasta qué punto lo ha sufrido” (Valdés, 1981). Toda
intención o movimiento de la
mente distrae la atención lo que nos sitúa en un estado inferior de
consciencia. La realidad será tanto mejor percibida (y el aprendizaje será
tanto más eficaz) cuanto mayor sea la atención consciente puesta en
juego y mayor número de elementos puedan ser captados. Todos parecen dar
la razón a Freud, cuando decía que los impulsos
del inconsciente gobiernan la mayor parte de la vida de las personas, o a
Leibnitz que decía que ”en
cada instante hay en nosotros un número infinito de percepciones que no
se acompañan de conciencia ni de reflexión” (Delay et
al., 1991). Y así, en la actualidad la moderna psicología reconoce: “hoy
en día sabemos que una parte considerable, quizás la más importante, de
nuestra vida mental se desarrolla de forma inconsciente” (Delay et
al., 1991).
La neurobiología también parece dar la razón a Freud y a Dennett:
recientes experimentos de formación de imágenes del cerebro parecen
demostrar que los diferentes niveles de consciencia activan vías
neuronales diferentes. Usando tomografía por emisión de
positrones (TEP) Marcus E. Raichle de la Universidad de Washington en
Saint Louis observó que algunas actividades cerebrales que muchos
consideran automáticas, como el habla habitual -o la mera repetición de
palabras- (consciencia en eikasia)
solo activa áreas motoras del cerebro “confirmando
algo que se venía sospechando: que a veces hablamos sin ser conscientes
de lo que decimos” (Raichle,
1994). Cuando entran en juego dos tareas nuevas, la evaluación consciente del significado de una
palabra y la elección de una respuesta apropiada (generación de un verbo
en respuesta a un nombre) (consciencia en pistis),
se activan dos nuevas áreas cerebrales, desactivándose, en cambio, las
áreas motoras implicadas en la simple repetición rutinaria de palabras.
Otro interesante hallazgo fue
que cuando el sujeto se ejercita en la generación de verbos, se cambian
por completo los circuitos
neuronales puestos en juego, activándose
los circuitos responsables de la repetición de nombres y demostrando así
que la rutina, la práctica o la habilidad producen una relajación de la
atención o, en definitiva, de la consciencia: “la
práctica modifica la manera en que se
organiza nuestro cerebro y esto tal vez no haya sabido apreciarse enteramente” (Raichle, 1994), ya que nuestros métodos
de educación podrían estar facilitando la pérdida de atención o de
consciencia y, todo lo contrario, una vida plagada de hábitos
inconscientes. Así pues, tanto la neurología como la psicología, como
la filosofía parecen coincidir en un aspecto crucial para entender la hipótesis
de la regresión de la consciencia: las funciones emisoras o intelectuales
(las cuales rigen el comportamiento de los diferentes sectores sociales
como la economía o la política) se procesan con poca consciencia o,
dicho de otro modo, de forma variablemente inconsciente.
Este proceso podría tener lugar del siguiente modo: a) la relajación
de la atención provoca el disparo automático de determinadas vías
neuronales de la zona de la memoria, sobre todo de la memoria a corto
plazo o funcional (Goldman-Rakic, 1992) (durante los sueños se activan
también las áreas de memoria a largo plazo); b) la información liberada
activa, también de forma mecánica, las funciones de procesamiento y
emisión de información (pensamientos, razonamientos, lenguaje, etc.; el
familiar parloteo mental); tal y
como propone la psicología científica, estas funciones también se
activan durante el sueño, aunque de un modo diferente (con baja actividad
EEG y una adecuada recuperación energética) ; c) finalmente por asociación
de ideas llegamos a las conclusiones, conceptos o teorías más complejas y dispares, propias del
comportamiento subjetivo. Esta especie de razonamiento
inconsciente pertenece al estado más bajo de consciencia (eikasia)
y permite explicar las ideas fanáticas o desordenadas y los, cada vez más
frecuentes, comportamientos extremos. Cuando este razonamiento es más o
menos dirigido y voluntario (propio de las conductas intelectuales),
pertenece al estado pistis pues aun no hay un verdadero control por parte de la
consciencia propiamente dicha o dianoia.
En definitiva, si bien es cierto que existen estados pistis muy próximos a dianoia,
donde el razonamiento empieza a ser controlado por el consciente (las
llamadas personas razonables y tolerantes),
creemos totalmente acertado aseverar que la mayor parte del
comportamiento humano es en cierto modo y en diferente grado,
inconsciente. Podemos incluso establecer paralelos con la psicología
tradicional de Freud: los actos propiamente inconscientes (por debajo de
los niveles de eikasia) equivaldrían al ello
de Freud y suelen expresarse durante los sueños; los niveles menos
inconscientes, lo que podríamos llamar el subconsciente (eikasia
y pistis), equivaldrían al yo
de Freud y suelen expresarse durante el estado habitual de vigilia (que
pasa a ser otra forma de sueño); finalmente,
el consciente (dianoia, nous) sería propio del superyo
de Freud (la auténtica vigilia en el sentido de vigilancia o atención).
Además de la mayor parte de lo aprendido (a través de la percepción
habitual de tipo inconsciente o subliminal, o bien a través de
percepciones conscientes pero que, por rutinización, han pasado al
inconsciente) también pertenece al inconsciente todo lo innato que aun no
ha aflorado a la consciencia (el inconsciente
colectivo de Carl Gustav Jung, o las expectativas
innatas de Popper)
Cuando la información del subconsciente y del inconsciente aflora
al consciente existe en realidad una verdadera adquisición de información
pues hay emisión en una zona del cerebro-mente y recepción en otra, tal
y como si los datos provinieran del exterior.
Los grandes inventos y genialidades suelen ser ideas, percepciones,
comprensiones, aprehensiones o intuiciones repentinas (insight)
que no pocas veces tienen lugar durante los sueños. Como ya vimos para
otras funciones, este tipo de sueños (son famosos los descubrimientos de
los axiomas de geometría de Descartes o el hexágono bencénico de Kekulé,
entre otros) pueden incluirse entre las funciones receptivas. En estos
casos, los datos afloran al consciente de forma holística de modo que
hace posible la inspiración o la solución intuitiva de un problema.
Cobran así sentido determinadas experiencias de meditación, relajación
o control mental, técnicas orientales ancestrales, tan de moda hoy en día
en occidente.
David Bohm es el único físico que ha desarrollado una teoría
determinista seria -cada vez más reconsiderada (Albert, 1994)-,
alternativa a la actual mecánica cuántica. En su libro La
totalidad y el orden implicado declaraba que
“tanto la relatividad como la teoría cuántica están de acuerdo en que
ambas implican una necesidad de mirar el mundo como un todo indiviso, en
el que todas las partes del universo, incluidos el observador y sus
instrumentos se funden y se unen en una totalidad”. Para Bohm la
realidad es la totalidad y “por
tanto hace falta que el hombre preste atención a su hábito de
pensamiento fragmentario, tenga conciencia de él, y así le ponga fin”.
Para Bohm terminar con la ilusión de un mundo fragmentario requiere “un acto de percepción original y creativo de todos los aspectos de
la vida” y “cuanto más
sutiles sean nuestras percepciones mayor será el contenido del orden
implicado” (Holroyd, 1993). Este holismo no es exclusivo de la Física,
destacando también entre las
ideas de biólogos, filósofos o psiquiatras, como Bateson,
Jan Christian Smuts, Alfred Adler, John Dewey, etc. La moderna
psicología reconoce que “el principio fundamental que gobierna todas las leyes de la percepción
es el de que un conjunto es más que la suma de las partes que lo
componen; posee propiedades autónomas que no derivan de las partes”
(Delay et al., 1991). Aunque la
atención holística implica cierto esfuerzo de atención solo este estado
garantiza la mejor relación aprendizaje/gasto de energía. Solo la mente
atenta al conjunto de inputs proporciona mínimo movimiento
cerebral, orden y eficacia
(conducta cooperativa, por ejemplo), y una imagen lo más fielmente
posible de la realidad (óptimo aprendizaje). 4. EVOLUCIÓN DE LAS FUNCIONES MENTALES
Hemos visto pues, que nuestra mente-cerebro funciona
incorrectamente. Ahora bien ¿en qué momento de la historia o de la
prehistoria invirtió nuestra mente su progreso evolutivo?. En el mundo
natural dependiente del entorno, propio de nuestros antecesores, podemos
suponer que la capacidad de percibir (y de pasar la mayor parte del tiempo
viviendo en tiempo real)
fue anterior con respecto al conocimiento racional y al resto de funciones
intelectivas. Es el paso obvio entre un comportamiento meramente
instintivo, propio del reino animal, y las facetas complejas de la mente
tales como la capacidad de articular palabras,
elaborar conceptos o la capacidad de razonar. El hecho de que los
animales dotados de percepción instintiva sean capaces de aprender por
intuición, viene a demostrar que éste es quizás nuestro modo de
aprendizaje original y natural. Analizando la capacidad de observación de
los bebés y los niños de corta edad y tal como sucede con los caracteres
morfológicos, también podemos decir que la ontogenia de nuestras
facultades mentales recapitula la filogenia. El desarrollo de la razón
(al incorporar paulatinamente toda suerte de tradiciones, culturas,
experiencias, conceptos, teorías e ideologías) avanzaría en el sentido
de un aumento constante y acumulado de complejidad cultural con menoscabo
de la capacidad de observación y de percepción y, por lo tanto, de la
propia capacidad de razonar en función del presente real.
Esta capacidad de raciocinio, capaz de distinguir al animal
irracional del hombre, lejos de conferir una mayor ventaja a las
capacidades ya existentes de tipo perceptivo (lo que se conseguiría con
un especial tipo de raciocinio, bien de tipo receptor o bien dependiente
de las funciones receptoras), fue la causante -por un mal uso- de la práctica
anulación de éstas.
Julian Jaynes sostenía en su libro
The Origin of Conciousness in the breakdown of the Bicameral Mind que
la psiquis del hombre tomó un camino
equivocado hace unos 5000-7000 años (lo que también aprueba el físico
David Bohm) con el surgimiento de ciertas facetas mentales favorecedoras
de la conducta egoísta (que, como ya vimos serían todas las funciones emisoras).
Arthur Koestler sostenía que algo había ido mal en la evolución del Homo
sapiens sugiriendo que “éste
podría ser una especie biológica aberrante afectada por una imperfección
que afectó a los circuitos de nuestro sistema nervioso”;
ésta anomalía podría radicar en la desincronización entre el
neurocórtex y el hipotálamo, sugiriendo la búsqueda de
“algún correctivo que reparase ese evidente error evolutivo” (Holroyd,
1993). También el conocido psicólogo C.G. Jung opinaba que la mente del
hombre occidental está enferma porque el modo de proceder de la moderna
civilización reprime la capacidad de percibir las formas
universales de conducta, los
patrones de comportamiento o instintos
psicológicos básicos comunes a todas las culturas (los arquetipos del inconsciente
colectivo).
El filósofo Rafael Gambra cita a algunos autores que sostienen que
tanto los caldeos como los egipcios, los hindúes o los chinos poseían
profundos conocimientos éticos y psicológicos y que la antigua Grecia
-donde solemos situar el origen de la historia de la filosofía- no
supuso más que una reducción de horizontes con respecto a la antigua
filosofía oriental. Muchos filósofos como Schopenhauer, Pablo Deussen,
Jiddu Krishnamurti y otros han basado su sistema filosófico en los Vedas
y el pensamiento oriental (Gambra, 1977; Holroyd, 1993) (filosofía que
mucho antes de Platón ya clasificaba los estados de consciencia en tamas,
rajas y sattwas). Suele
considerarse a Grecia como la cuna de la razón lo que parece patente a
tenor de los grandes filósofos que nos ha dejado la historia. No hay que
descartar, por tanto, que en la época helenista haya culminado el proceso
de desarrollo de las facultades intelectuales del hombre en detrimento de
las perceptivas, ya en declive desde miles de años antes, quizás desde
el comienzo del Neolítico, como intuía Julian Jaynes. Y quizás podamos
decir también -como aprobaría Popper, Shaw y muchos otros filósofos,
incluso contemporáneos- que con Platón empieza y acaba la filosofía y
que desde entonces no solo han continuado retrocediendo nuestras
facultades perceptivas sino también las intelectuales.
Y ya, por último, si hemos perdido la oportunidad de alcanzar un
óptimo grado de desarrollo psíquico ¿es posible recuperar el tiempo
perdido?, ¿está el ser humano en condiciones de aspirar aun a un grado más
alto de evolución?. Teilhard de Chardin, de acuerdo con la imperiosa ley
de la complejidad-conciencia, y de modo similar a como ha sucedido en el
pasado, opinaba que la evolución permitirá alcanzar grados más altos de
psiquismo (el “Punto Omega”) sobrepasando así la reflexión meramente
individualista que inevitablemente conduce a la conducta egóica. Quizás
tenga razón, pero no hay que confiar en que esa mejora en la calidad de
la conciencia provenga ya, cruzándose de brazos, de la mera evolución.
El hombre ha conseguido influir en el medio y en la naturaleza y está
claro que solo por su propia iniciativa y haciendo uso de su propia
voluntad podrá aspirar, mediante un adecuado aprendizaje, a lo que
probablemente sería el último y el mejor de sus progresos. 5. HACIA UN CORRECTO APRENDIZAJE
Si el uso excesivo de nuestras funciones emisoras enmascara, en
fin, el correcto
funcionamiento de las funciones receptoras cabe pensar ¿serán entonces
estas últimas las únicas responsables de un correcto desarrollo de
nuestras capacidades mentales?. Obviamente no. Si un bebé no recibe
adecuada educación de tipo cultural o intelectual (funciones emisoras
como el lenguaje o la capacidad de razonar, planificar o emitir juicios)
el niño pasará el resto de su vida observando muy atentamente como
cualquier otro animal de la naturaleza. Posiblemente sepa cuidarse muy
bien en un medio salvaje, pero ni siquiera tendrá consciencia de sí
mismo ni de su propia existencia. El
caso de los niños
salvajes (como el caso de Victor, un niño perdido en los bosques
franceses hasta los 12 años) o de los
niños aislados desde su nacimiento (como Genie, una niña
encontrada en 1970 que permaneció incomunicada hasta los 13 años de
edad), dejan claro este asunto y demuestran
que las funciones cerebrales que no se
usan, se atrofian de modo irreversible (García, 1992). Estos célebres
casos, ampliamente estudiados y documentados, no solo han demostrado que
el habla y el resto de funciones intelectuales -y posiblemente cualquier
tipo de función cerebro-mental- son difíciles de
recuperar a partir de cierta edad, sino que confirman que las
primeras funciones en desarrollarse son las funciones
de percepción y observación -funciones animales
imprescindibles para sobrevivir
en la selva o en
situaciones extremas-, las cuales se encuentran sumamente agudizadas en
todos estos casos.
Es precisamente la aparición de la razón la que permite la
graduación de la consciencia humana, hasta llegar a dionoia
o nous, la verdadera autoconsciencia, ausente en animales
irracionales. La graduación de la consciencia en animales -privados de
razón- puede entenderse como una graduación de la percepción, que también
varía desde el sueño hasta un estado de máxima vigilancia de tipo
irracional instintivo. El raciocinio es, por tanto, vital para el
desarrollo de la consciencia (o autoconsciencia) y, aun cuando
inicialmente se incluyó entre las funciones típicamente emisoras, al
nivel de la recepción de información pasa a ser una función receptora
equivalente a lo que los antiguos griegos entendían por nous
o razón superior.
Recientes hallazgos de neurobiólogos de
las Universidades de
Columbia y de California indican que
el cerebro se desarrolla de un modo u otro en función de las
vivencias de la infancia y que algunas de sus áreas, como las que afectan
a la percepción táctil, crecen más cuanto más se ejercitan. Las zonas
que más trabajan, sobre todo en la infancia, se desarrollan más que las
que se usan menos. Este hecho se pone de manifiesto en los experimentos de
Michael Merzenich de la Universidad de California en San Francisco por los
que consiguió que un mono tocase un disco giratorio con sólo los tres
dedos centrales de su mano; tras haber dado el disco varios miles de
vueltas, el área cortical del simio dedicada a los tres dedos centrales
se había expandido a expensas de la dedicada a los otros dedos. De este
modo ”la arquitectura de nuestros
cerebros se irá modificando de manera personal... constituyendo
la base biológica -junto con la estructura genética- de
la expresión de la individualidad” (Kandel et
al., 1992). Si, como también parece deducirse de los experimentos de
Marcus E. Raichle, las funciones emisoras provienen de zonas del cerebro
diferentes a las perceptivas, estaría claro que nuestros
sistemas educativos -que solo se ocupan de las primeras- serían
totalmente erróneos, manteniendo y perpetuando así ese error evolutivo
en el que estamos inmersos.
El aprendizaje será inferior en los niveles bajos de consciencia (eikasia,
pistis), pues obviamente no habrá adquisición de nueva
información sino mero movimiento o traslado de la ya poseída, con
emisión de nuevas formas subjetivas (tal como sugiere Popper), mientras
que será muy eficaz en los niveles altos de consciencia, pues solo ahí
es posible la adquisición de nueva información. Y esto sería así aun
cuando Popper suponga que “todo
aprendizaje o conocimiento adquirido consta de modificaciones de cierto
tipo de conocimiento o disposiciones que ya se poseían previamente y, en
última instancia, consta de disposiciones innatas” (Popper, 1992).
En este caso, el nuevo conocimiento sería el descubrimiento de esas
disposiciones innatas, hasta entonces desconocidas, y de su hipotética subjetividad. Insistimos
en que este nuevo conocimiento incluye las intuiciones (insight o captura de los inquilinos
propios del Tercer Mundo) aunque
provengan de un conjunto de elementos más simples ya almacenados en la
memoria; aunque esta parezca un mero traslado de información, es, en
realidad, un nuevo conocimiento para funciones receptoras, como la
consciencia, que bien podría ser una propiedad
emergente del resto de
funciones mentales, sin localización cerebral propia. La emergencia es
una de las propiedades de los sistemas complejos que surge como
consecuencia de la integración de las partes, y que no se da en ninguno
de los elementos por separado (Solé et
al., 1996). En función de todo lo dicho resulta obvio que la mejor
edad para aprender es claramente durante la infancia cuando, por un lado,
las funciones perceptivas están en pleno desarrollo y comienzan a
activarse las facultades emisoras tales como el habla, el lenguaje o la
razón, y, por otro lado, las pautas de conducta aun no están
establecidas definitivamente. Aun cuando tengamos inclinaciones
conductuales innatas, todo el comportamiento posterior del individuo
depende del equilibrio entre el desarrollo de las funciones emisoras y
receptoras durante la fase inicial del aprendizaje infantil.
Así pues, nuestro aprendizaje debe incidir en el desarrollo de las
funciones receptoras de modo que se equilibren con las emisoras, a través, sobre
todo, del desarrollo de la atención holística, en una especie de búsqueda
de la objetividad. Si, como ya hemos dicho, las funciones emisoras son las
principales causantes de subjetividad y las funciones receptoras de
objetividad, el principal objetivo de este aprendizaje infantil será, no
el pretender ser plenamente objetivos (lo que se supone prácticamente
imposible), sino de hacerse consciente de la subjetividad. Lo subjetivo es
irreal con respecto al hecho objetivo, pero cobra realidad cuando es
observado por el consciente, pues en ese momento hasta lo subjetivo pasa a
ser un hecho objetivo real. Es
ese estado de percepción consciente, objetiva, atenta, holística (el awarenes,
el darse cuenta o tomar conciencia de la Gestalt),
el que constituye el mejor sistema de aprendizaje para la adquisición
de conocimientos. Un estado tal de la mente, en cierto modo natural,
permite tener presentes todos los elementos del conjunto y probablemente
conduzca al aprendizaje intuitivo que la psicología conoce y que ya hemos
definido como la capacidad
para formar insight o actos de
penetración psicológica.
Con este conocimiento desarrollado o en desarrollo mejorarían
infinitamente los tipos de aprendizaje habituales basados en el
condicionamiento y la asociación (Delay et al., 1991), lo que la neurología ahora relaciona con los tipos
de aprendizaje implícito y explícito (Kandel et al., 1992) y que obviamente pertenecen a las funciones inferiores
del tipo eikasia y pistis.
Es cierto que los animales, que usan mejor que nosotros sus facultades de
percepción, son capaces de aprender y memorizar por asociación y
condicionamiento en los experimentos forzados a los que son sometidos,
pero también es cierto que suelen aprender mejor que nosotros
determinadas habilidades al alcance de su capacidad y sobre todo de
aprender por intuición, tal y como demostró Köhler (Delay et
al., 1991). Mientras que esto podría demostrar que nuestro
aprendizaje natural o innato es de tipo intuitivo, es obvio que la mayor
parte de nuestro conocimiento actual es condicionado y que solo un tipo de
aprendizaje dianoético podría formar a personas incondicionadas (o conscientes
de sus condicionantes), responsables y con auténtico criterio propio. A
la hora de aprender una habilidad es harto sabido que una buena práctica
es mucho más eficaz que el doble de teoría, sobre todo si en aquella se
pone la máxima atención, al igual que también es harto sabido que “las personas muy observadoras tienen fama de tener más intuición
que las personas más cerebrales” (Vallejo-Nágera, 1996). El
aprendizaje habitual basado en la adquisición de nuevas formas de
comportamiento (Delay et al.,
1991) es un simple aprendizaje de nuevas formas subjetivas, un lastre
continuo para nuestra capacidad de objetivización o captación de la
realidad. La simple repetición y memorización del inmenso caudal de
información con la que hoy saturamos a nuestros estudiantes podría ser
una de las principales causas del deterioro psíquico y social posterior.
Las modernas tendencias de aprendizaje apuntan totalmente en este
sentido: el estadounidense David Goleman propone a los directivos de
empresa un nuevo tipo de formación no basada en estimular la parte
racional del cerebro (el neocortex), sino la emocional (la amígdala),
crucial para desarrollar el estudio de uno mismo, la evaluación
individual, la motivación en el trabajo, la creatividad, la participación
en los objetivos globales, etc. Los beneficios del desarrollo de la
“inteligencia emocional” -como Goleman la denomina- son tanto humanos,
como laborales, como económicos y sus métodos se están implantando por
numerosas empresas de todo el mundo con notable éxito.
Ya hemos hablado del cómo hay que aprender y del cuando hay que
aprender, pero ¿qué es lo que realmente tenemos que aprender?. Hemos
hablado también en términos generales de la necesidad de hacerse
conscientes de lo subjetivo y de tender a lo objetivo, el hecho presente y
real, y esa es realmente la primera lección de ésta asignatura
pendiente. Pero si además nos atenemos a la definición que sobre la
consciencia hace el psiquiatra, Vallejo-Nágera (1996) como “el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y del mundo exterior”
la cosa se concreta más. En efecto, repite este autor que “muchas veces es necesario acudir a un experto, un psiquiatra o
psicólogo, o a otras personas, para que nos ayuden a interpretar lo que
nos sucede o a conocernos mejor.... otras personas tienen gran dificultad
para analizar e interpretar sus sentimientos”. En definitiva, hemos
aprendido a volar, a navegar, a hacer islas artificiales, a manejar el átomo...
pero no hemos aprendido a controlar e interpretar nuestros propios
pensamientos y sentimientos. Más aun, si hay o hubo un método
indiscutiblemente eficaz en psicología para autoexplorarnos, como es la
introspección, la tendencia entre los psicólogos es a arrinconarlo. Dice
el mismo autor: “de hecho, el método introspectivo, muy utilizado por los psicólogos
clásicos, ha sido progresivamente sustituido por la moderna psicología
de la conducta y del comportamiento y por la psicología experimental”.
Dicen también Delay y Pichot (1991)
“la ligazón entre la llamada a la introspección y una posición filosófica,
ética o metafísica ha contribuido a despertar las sospechas de los psicólogos
que desean mantenerse ‘científicos’ “. Con las declaraciones de
los expertos la tendencia involutiva hacia lo subjetivo parece demostrada.
Por lo tanto, solo si somos capaces de observar nuestros propios procesos
mentales (el famoso “conócete a
ti mismo” de los antiguos filósofos griegos) podremos ser capaces
de observar atentamente el mundo exterior y aspirar así a la altruización
social, recuperando así esa avanzada forma
de comportamiento -seguramente heredada de nuestros hipotéticos
ancestros progresivos- que hemos ido perdiendo en el curso de nuestra
deficiente evolución cultural.
Nuestra teoría sobre la regresión del psiquismo quedaría
plenamente confirmada, en fin, con los trabajos de algunos psicólogos a
los que no se les ha dado la importancia que merecen. Resulta curioso ver
que, a pesar de que todos los manuales de psicología hablan de la
superioridad de la capacidad de atención holística sobre las funciones
intelectuales -y de su capital importancia en el desarrollo del
individuo-, el aprendizaje
basado en las funciones receptoras apenas haya transcendido en nuestros
sistemas educativos. El psicólogo Pierre Janet, por ejemplo, se refiere a
esa superioridad del siguiente modo:
“el presente que estudia la psicometría, esa pulsión de una décima de
segundo, no es lo que nosotros apreciamos como presente. Para nosotros, el
presente real es un acto, pero un acto de cierta complejidad que abarcamos
en un solo estado de consciencia a pesar de su complejidad y de su mayor o
menor duración real... Hay una facultad mental que, forzando el término,
podría llamarse ‘presentificación’ y que consiste en hacer presente
un estado del espíritu y un grupo de ‘fenómenos’ ” (Delay et.
al, 1991). Esta presentificación
-que algunos llaman momentaneidad
y otros tomar conciencia (awareness, por contraposición a la consciousness o consciencia propia del estado de vigilia habitual)-
presupone que el tiempo es un obstáculo para el funcionamiento natural de
la mente. Janet colocó esta presentificación
o aprehensión de la realidad
(en todas sus formas) en la cima de la jerarquía de las funciones
mentales y vemos una correlación con los estados de consciencia
superiores del tipo nous o dianoia. El individuo dotado de presentificación
permanente vive en el máximo grado de atención y de percepción de la
realidad, pudiendo afirmar que pertenece a un tipo de hombre de
conocimiento superior (el verdadero
sabio de Platón o Espinosa); dice Janet: “... captar la realidad, es decir, coordinar alrededor de esta
percepción todas nuestras tendencias y actividades es la obra capital de
la atención”.
En su jerarquía, Janet coloca a continuación, en un segundo nivel
“las mismas percepciones del
primer nivel, pero despojadas de la agudeza del sentimiento de la
realidad; son acciones sin adaptación exacta a los hechos nuevos, sin
coordinación de todas las tendencias del individuo, percepciones vagas
sin certidumbre y sin disfrute del presente; es lo que yo a menudo
he designado con el nombre de ‘acciones y percepciones desinteresadas’
”. Vemos en este caso un acercamiento al estado pistis,
aunque aun próximo a dianoia.
En tercer lugar “es preciso colocar en un rango muy inferior, a pesar de la opinión
popular, las operaciones mentales que tratan con ideas o imágenes, el
razonamiento, la imaginación, la representación inútil del pasado, el
ensueño”. La correspondencia con la consciencia de tipo
pistis en este caso es
total.
Y finalmente, Janet sitúa en el nivel inferior “las
agitaciones motoras, mal adaptadas, inútiles, las reacciones viscerales o
vasomotoras que se consideran como elemento esencial de la emoción”,
lo que hemos venido definiendo como eikasia
o tipo de consciencia próxima ya al inconsciente. Hallamos pues, una
correlación casi total de la moderna psicología con los estados de
consciencia que Platón nos describió hace más de 2000 años y con los
que comenzamos este capítulo. Aunque citadas en los manuales comunes de
Psicología, las observaciones de Janet suelen pasar desapercibidas, pues
resulta difícil admitir que el razonamiento y la lógica intelectual
-basadas en hechos temporales y nunca en el presente (o única realidad)-
se encuentran entre las más bajas de nuestras facultades mentales (Delay et
al., 1991).
Los defectos de nuestras técnicas de aprendizaje repercuten
obviamente en nuestras relaciones sociales, con el consiguiente deterioro
observado. Profundizar en esta hipótesis podría ser crucial para marcar
las pautas de nuestros futuros sistemas educativos y, por lo tanto, de
nuestra futura evolución cultural (Doménech, 1996).
(1) Cap. 15 del libro "Evolución regresiva del Homo sapiens" (1999) (2)
Uno de los más importantes filósofos de la Historia,
autor además de una de las primeras concepciones sobre la naturaleza
del hombre, que llegó hasta la misma época de Darwin, a la que más
tarde Karl Popper llamaría esencialismo
y según la cual, los objetos materiales no son más que meros
reflejos de esencias invariables (o ideas)
(Mayr, 1979). Estas ideas,
con más o menos modificaciones, han sido resucitadas por algunos
autores de este siglo, entre los que destacan el biólogo Rupert
Sheldrake, con su teoría de los campos
mórficos (Sheldrake, 1994) o el neurólogo Jacobo Grinberg-Zilberbaum
con sus campos neuronales
(Grinberg, 1990). Bernard Shaw abjuró de su idea de progreso cuando
leyó a Platón: “si la
humanidad ha producido tal hombre, hace 25 siglos, obligado es
confesar que la cultura no ha progresado en todos sus aspectos”
(Gambra, 1977). Y Whitehead ha dicho de Platón que “toda
la filosofía occidental no es más que un conjunto de notas al margen
de los apuntes de Platón” (Popper, 1992). (3) Un caso de
redatación,
citado en un capítulo anterior del libro, que motivó 10 años de
discusión porque la fecha inicial de datación no se correspondía
con las expectativas de las teorías paleoantropológicas
predominantes. En la actualidad, algunos fósiles recientes podrían
sugerir que la primera fecha era la correcta.
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