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Genómica y evolución no darwiniana
La Nueva España (26-3-2001) Juan Luis Doménech Biólogo Ya
quedan pocos años para el 150 aniversario del famoso "Origen de las
especies" de Charles Darwin, obra que prosigue incólume y de fama
comparable quizás a La Biblia. Y, como ésta, puede tacharse también de
libro religioso, pues mientras que la una alienta, aun hoy, a los
creacionistas -tan prolijos hoy en día en USA- la otra alienta a los
(ultra) darwinistas, casi sinónimo -según sus oponentes- del
materialismo exacerbado que predomina. Y
en medio de la batalla entre ambos bandos religiosos -ininterrumpida desde
el principio de los tiempos- pocos se han percatado de que las cosas han
cambiado un poquito desde los tiempos del ilustre científico. Ya no es que el famoso gradualismo -según el cual las
especies cambian, poco a poco, por pequeñas alteraciones de los genes-
esté casi extinto en aras de la teoría de moda: el saltacionismo, hoy
llamado puntuacionismo. Tampoco es que el azar, esté cediendo ante
ciertos determinismos moleculares de extraño origen, o ante ciertas
"direcciones" de difícil explicación darwiniana. Ya no es que
la "selección natural" ya no parezca tan natural (tan
inevitablemente "adaptativa") ante la "selección" de
ciertos genes neutros. Y tampoco es que "el progreso", tabú en
biología (que solo adora al dios azar), sea uno de los resortes
evolucionistas más de moda entre los "elitosos" sabios del
Instituto de Santa Fe y sus teorías de la "autoorganización" y
de los sistemas complejos. No.
Lo que sucede es que hasta el mismo concepto de darwinismo está en
peligro -nada más y nada menos- en aras del lamarckismo, otra teoría
expulsada de la ciencia, allá por los años 40, por los lumbreras de
"la Síntesis" (la actual "Teoría Sintética de la Evolución",
mezcla de darwinismo, de herencia mendeliana, de genética de poblaciones
y otras artes menores), hecho éste que nos ha condenado a todos los biólogos,
paleontólogos, filósofos y demás, a andar a uvas en ésto de la Evolución.
Vamos, que durante los últimos 60 años no nos hemos enterado de la
fiesta. Los sucesores de Darwin, con todas sus entretenidas polémicas, lo
tenían más claro. Jean
Baptiste de Lamarck fue un naturalista francés que desarrolló la primera
teoría evolutiva coherente basada, entre otros, en la "herencia de
los caracteres adquiridos", aquello de que si la jirafa se estiraba
para ramonear las hojas altas de los árboles acabaría estirando su
cuello, adquiriendo así un nuevo carácter que heredarían sus
descendientes, dando lugar a la evolución de la especie. Esto, así
explicado, fue, y aun sigue siendo, objeto casi de burla en los círculos
académicos (pues un carácter "adquirido" por causas
ambientales, no queda "grabado" en los genes y no puede
transmitirse a la descendencia), pero resulta que la cosa tenía su miga. Pues
he aquí que, en la nueva era de la genómica y la proteómica, vuelve el
lamarckismo (que nunca fue erradicado del todo), y ya en 1993, científicos
como John Rennie o E. Landman, hablaban en las revistas de mayor prestigio
("Investigación y Ciencia"
números 200 y 202) de ejemplos de cambios heredables inducidos por el
ambiente; de elementos genéticos móviles (como los, ahora populares,
transposones o plásmidos) o de "mutaciones dirigidas"
producidas por el estrés del entorno. Éste último declaraba que
"pese a la abundante documentación de pruebas a favor de la herencia
de los caracteres adquiridos, no he encontrado una sola alusión a su
existencia en la revisión de una treintena de manuales de genética
contemporáneos". Es decir, que los biólogos moleculares miraban, y
siguen mirando, para otro lado. Pero resulta que en 1995, Máximo Sandín,
de la Universidad Autónoma, publicaba un libro íntegramente lamarckista,
basado en la función de los transposones, los virus, los profagos y demás
"genes adquiridos", así como en la llamada "integración
de sistemas genéticos complejos" (incluyendo la endosimbiosis), que
pueden dar lugar, no solo a herencia lamarckiana, sino también a
macromutación y saltacionismo. Nosotros mismos apoyamos el lamarckismo en
un libro publicado en 1999 y ahora para más inri aparecen cada vez más
artículos en Science, Nature, Cell, etc., que muestran mecanismos moleculares
desconocidos, cada vez más complejos, muy próximos al lamarckismo puro y
duro, tales como determinados eventos del "mundo RNA" o las
"proteinas chaperonas". Los primeros, por ejemplo, dan vía
libre, entre otros, al proceso ya insinuado por el equipo de
John Cairns (que ya empezó a hablar de las mutaciones dirigidas
por ciertos estímulos, en 1988): 1) producción de varias copias
diferentes de mRNA por un mismo gen bajo estrés; 2) producción de
proteinas diferentes; 3) copia inversa al genoma (por la transcriptasa
inversa) del mRNA que produzca la proteina más adecuada (ver Nature
Genetics, vol 21, mar/99). Lo
grave de todo ésto es que el conocido flujo: cambio genético>adaptación
al ambiente, puede invertirse por: cambio
ambiental>cambio genético, "reintroduciendo el lamarckismo en
biología" como dice José-Leonel
Torres en su obra "En el nombre
de Darwin", lo que equivale a destronar al darwinismo. Y para
rematar, lo del famoso genoma
-que traerá cola en evolucionismo- nos declara que gran parte de nuestros
genes son genes móviles o saltarines y codifican la transcriptasa inversa
(como el el retrovirus del SIDA) pudiendo insertarse donde les da la gana.
En una palabra, estamos hechos de aglomerados de bacterias, virus y otros
elementos de ADN que se han ido "adquiriendo" poco a poco. ¿Qué
queda del darwinismo -y casi, casi de la herencia mendeliana- en todo ésto?.
Mucho, por supuesto, dirán algunos. Pero es que se está imponiendo el
que la evolución tiene lugar, principalmente, no en épocas de calma
chicha, como la actual, sino en epocas de grandes cambios ambientales y
climáticos en nada parecidas a las épocas de "estasis", con el
resultado de que la evolución puede tener mucho de darwinismo, por
supuesto, pero también bastante (o más) de lamarckismo, de saltacionismo,
de direccionalismo o de neutralismo, entre otros mecanismos no darwinianos. Y
que culpa tiene Darwin en todo ésto. Pues ninguna, pues, entre otras
cosas, era lamarckista. Fueron los sabiondos de la "Síntesis"
-que ya está más trasnochada que Tejero-, los que, con su prepotencia,
desterraron muchas de las teorías de prestigiosísimos científicos. Es
hora de que los biólogos -sobre todo- se despabilen y comiencen a afilar
sus sables en todo este asunto y contribuyan -como intenta un servidor- a
recuperar el buen nombre del sabio Lamarck, que se anticipó unos años al
mismo Darwin en ésto del evolucionismo. Pero
claro, que sepan los espadachines que se aventuren en la Nueva Biología, que con ésto no solo volvemos al principio, sino
que el sopapo que va a recibir la biología, la paleontología, la
.....que digo... todas las ciencias... o mejor........ todas las
humanidades, va a ser tan grande que se les van a quedar los ojos como a
los físicos que ya no saben si su universo es redondo, cuadrado o
triangular. Que la genómica nos coja confesados
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