Del hombre al mono

 

 

El Comercio (17-8-2003; p. 52)

Juan Luis Doménech

 

Está claro que el hombre debe buscar explicaciones sobre su origen y la muestra del Náutico de Gijón (“Del mono al hombre”) nos da una idea de las teorías más predominantes. Sin embargo, debemos ser críticos con nosotros mismos y dejar claro que gran parte de la teoría está construida sobre mitos y que aún existe buena dosis de confusión.

 Para empezar, aún no tenemos ni idea del origen de nuestra especie actual, el Homo sapiens (racional), pues aunque se hayan encontrado huesos fósiles en África en torno a los 150.000 años, aun no se han encontrado indicios de su inteligencia (arte rupestre etcétera) en ese continente. Existe pues un vacío de más de 100.000 años entre aquellos y los artistas de nuestras cuevas, que tan solo cuentan con unos 35.000 años.

 Para nuestra desgracia, ahora tampoco descendemos de Neardental, hecho ya probado, que, entre otras cosas, acaba con el mito de que a mayor volumen cerebral mayor inteligencia: el de Neandertal fue bastante mayor que el nuestro y apenas pasó de parvulitos. De hecho, hasta ya se cuestiona la “inteligencia”  de los supuestos enterramientos funerarios que se le atribuyen.

 Si vamos más atrás, nos encontramos con el Homo erectus, un  homínido que ahora, con la profusión de más y más fósiles, y el consiguiente lío, ha habido que desglosar en un sin fin de especies nuevas (Homo heidelbergensis, H ergaster, H antecessor, etc). Pero, es un hecho probado que apenas evoluciona un ápice en 2 millones de años. Basta para ello observar el repertorio de “herramientas” que ha fabricado en ese tiempo. Es más, ha retrocedido en muchos casos,  llegando a “adaptaciones”  no muy evolucionadas ni socializantes que digamos, como son el carroñeo, la antropofagia y el canibalismo. Ahí tenemos a nuestro famoso hombre de Atapuerca, por ejemplo sin ir más lejos. Por cierto, después de que el fuego descubriese al hombre (y no al revés, como manda el mito, o hito, o lo que sea), no ha quedado ninguna constancia irrefutable de que los homínidos a la sazón hubiesen sido capaces de consolidar aplicación alguna.

 Nada de extrañar si tenemos en cuenta que lo mismo sucedió con sus antecesores, un grupo de homínidos, supuestamente inventores de las primeras “herramientas”, pues también involucionaron desde el “hombre de Kenia” ( el Kenyanthropus de 3,5 millones de años con rostro plano “muy similar al humano” según sus descubridores) al Homo habilis, de unos 2,5 millones de años (que recientemente ha perdido el título de  Homo). Basta comprobar en El Náutico la forma del cráneo de Homo rudolfensis (un pariente de Kenyanthropus) con los posteriores Homo (habilis, ergaster, erectus, etc) para darse cuenta de la involución  de la que hablamos.

 Y sobre el mito-hito de que al ponernos en pie nos quedamos con las manos libres para ir pensando en otras cosas... ya hay científicos  que piensan que eso sólo supuso una gran indefensión contra los depredadores. La prueba sería que todos los homínidos (menos uno, y de milagro) se han extinguido en tiempo récord. Además , hace 20 millones de años ya había monos bípedos, y mucho antes dinosaurios. Que le pregunten a Tiranosaurus rex para qué le sirvió tener las manos libres.

 Pero, lo más grave es que ahora ya ni podemos derivar del chimpancé (o mejor, de un pariente común), pues resulta que los homínidos más antiguos encontrados recientemente, tienen casi 7 millones de años, y los biólogos moleculares solo permiten que esa edad sea de 4 ó, como mucho, 5 millones de años  (cosas del ADN). A pesar de los intentos para encajar  eso sea como sea, ya que hay quien vuelve a opinar que gorilas y chimpancés derivan (por involución) de los homínidos, cosa lógica por otro lado, si tenemos en cuenta que no existen fósiles antiguos de estas dos especies. Casi nada. Pero, no nos preocupemos: científicos americanos de la Universidad de Wayne han averiguado que somos tan parecidos, genéticamente, al chimpancé que proponen incluirlo (a este sí) en el género Homo. Así que, hacemos a los chimpancés semi-humanos y todo arreglado.

 Y por si fuera poco, también tenemos que retomar lo que teníamos mas claro: el mismísimo origen de los primates, pues los últimos hallazgos indican que ya no surgimos hace unos 65 millones de años, tras la extinción de los dinosaurios y junto al resto de los mamíferos actuales, sino mucho antes, hace 90 millones de años. Y todos creyendo que los primates eran un grupo muy evolucionado que tenía que ser posterior a los demás...  ¡Ah! y por cierto, para desgracia de los africanistas, ya se empieza a situar su origen en Indo-Madagascar, es decir fuera de África continental.

 Total, un caos muy alejado de la verdadera historia definitiva, por mas que nos empeñemos en creer que conocemos “los pasos generales de la evolución”. Es obvio que en algún momento tuvieron que ocurrir todos esos hitos, pero también es obvio que con los datos disponibles aun no es posible reconstruir nuestra historia, que bien puede haber sido totalmente diferente. Por ejemplo: a) todos los homínidos extinguidos conocidos pueden ser líneas terminales, derivadas de homínidos más avanzados; y b) la verdadera evolución progresiva puede haber tenido lugar en el Mioceno, muchos millones de años antes (y no necesariamente en África). Así lo publiqué hace tres años cuando el último homínido conocido tenía 4 millones de años (ya se han encontrado homínidos de unos 7 millones de años)

 Con todo esto, y pese a nuestras críticas a la teoría, nuestra felicitación a la Exposición, pues aunque creo que las cosas de nuestros orígenes apenas interesan a nadie, es así como se puede suscitar el interés no solo por estos, sino también por nuestros destinos, aunque parezca que interesan aun menos. El problema es que, mal podremos intuir nuestro porvenir si ni siquiera conocemos nuestra historia.

 A propósito de este último (nuestro futuro), el mismo Eudal Carbonell decía al inagurar la Muestra: “Nos hallamos ante una crisis de la especie, en una época de fractura y desajustes en el planeta”. Efectivamente, una fractura es una discontinuidad, un salto. Y es en esos saltos donde se produce evolución y progreso (por aumento de complejidad) o involución y extinción (por aumento de complicación). Eventos, como la parafernalia de Irak (por citar un nimio ejemplo, al tiempo que aprovecho la ocasión para desahogarme), podrían estar indicándonos que la actual fractura nos está llevando directamente de regreso al mono.

 Efectivamente, si no aprovechamos tal fractura o salto para mejorar nuestras neuronas, nuestro futuro evolutivo a corto plazo, no parece muy halagüeño. Y eso, queridos organizadores, también hay que decirlo... y, a ser posible, muy alto. 

 

Links de interés Legislación Noticias Foros Sugerencias Contacto  APG