Es Albires el antiquísimo Albares (cerca de Mayorga) del árabe “los pozos”, villa de antiguedad, y de más importancia que hoy día.
Es nombrado el pueblo de Albires por el Señorío del mismo nombre, que tiene su entronque en los Reyes de León. Procede en su primitivo origen del Conde Don Nuño, Infante e hijo del Rey Don Bermudo de León , el cual Infante fué el primer Señor de Albires por ser hijo de una doncella del pueblo de este nombre.
No vuelve a tenerse noticias de este Señorío hasta el Siglo XII, en que Don Alfonso VII, Rey de Castilla y León (el Emperador), se le dió a su criado Martín Díaz de Prado para él y para toda su generación con derecho hereditario. Dice así literalmente la carta de privilegio, dada en Toledo por el citado Don Alfonso en 18 de septiembre de 1180: “Por el servicio que me hicísteis y hacéis con grato ánimo y voluntad espontánea, os endono y doy aquella villa, que se llama Albires, que está en el reino de León, junto a Maiorca, hereditaria, y por herencia, os doy asimismo a vosotros la dicha villa con su monte y términos, como va por el término de Maiorca de una parte y dejará ir por los límites de Villa-Mudarra y por los límites de Valverde y de Valle de Morica dentro de sus términos y límites, todo lo concedido enteramente para que lo rompáis y habréis en cualquier manera que pudiésedes vosotros y vuestros hijos y toda vuestra generación y lo poseáis perpetuamente libre y quietamente con derecho hereditario y sin contradicción hagáis de ellos lo que quisiéredes.”
El Señor de Albires ejercía sobre los vecinos de la villa jurisdicción civil y criminal y en cierto modo hasta eclesiástica. El nombraba los Alcaldes, Regidores y Justicias de la villa; él juzgaba a sus vasallos, pudiendo imponerles hasta la pena de muerte , y él nombraba el clero de su localidad.
Hasta el año 1735, 31 de octubre, los vecinos de Alvires pagaban al Señor de la villa, como prestaciones forales, cinco celeminas de cebada, dos gallinas, veinte maravedís y un obrero cada vecino, un carro de paja entre cuatro labradores y una yunta para el cultivo de sus heredades u otro ministerio cada labrador y un yantar por el nombramiento de Justicias y demás Oficiales y Ministros de Justicia, cada año, por San Martín (desde el 1851 por San Miguel de septiembre). Desde el año 1735 en adelante, y previa concordia con el Señor, pagaban a éste: una gallina y cinco heminas de cebada por cada vecino.
Fué Albires muy rico en propiedades propias del pueblo. En 1873, por escritura pública judicial, el Juez de Primera Instancia de León vendió en nombre de la Nación a Don Joaquín Bernardo de Albires más de trescientas fanegas de tierra en el término de Albires por el precio de diez mil pesetas, pagaderas en diez plazos, cuyas fincas eran pertenecientes a los propios de dicho pueblo.
Sus tradiciones, usos y costumbres.
Algunas tradiciones quedan ya consignadas en el párrafo II. Los usos y costumbres en
vigor aún son los propios de los hombres del campo, laboriosos, sobrios y de fondo marcadamente religioso.
Acostumbra a celebrarse en esta Tierra de Campos con extraordinario regocijo, la terminación de las duras tareas del verano y a obsequiar a los amigos, principalmente a los niños, en la Pascua de Navidad y Resurrección. Cuando enferma en la localidad algún menesteroso, todos los vecinos, cada uno según sus posibilidades, se apresuran a socorrerle con toda caridad. Si fallece alguno de los ricos del pueblo, como dicen, los de la casa del finado acostumbran a dar caridad, que se llama, esto es, una comida abundante a los pobres de la localidad y pueblos comarcanos, los cuales rezan en alta voz por el difunto, asisitiendo también al entierro.
Ya se habló en el párrafo II de aprovechamiento, que por antiquísimima tradición vienen haciendo de ciertos bienes comunales en los Municipios de Castilfalé y Valdemora de los vecinos, entre los cuales se sortean los lotes de leña de los montes y parcelas de tierra de labrantía, tradición que se remonta a época anterior a la civilización romana, a la civilización ibérica probablemente.
En el Ayuntamiento de Izagre tienen la costumbre de tocar las campanas a tente nube, que llaman, haciéndolo los jóvenes durante la noche de la víspera de la fiesta de Santa Brígida. Al día siguiente, los mozos del reemplazo de aquel año, los quintos, dicen ellos, se visten de Brígidos con ropas grotescas, embadurnada la cara (especie de disfraz de carnaval), y tocando los más raros y dispares instrumentos: almirezes, hierros, husos y ruecas, etc., recorren las calles, dando serenata a los vecinos en sus respectivas casas, quienes les obsequian con embutido, huevos y vino, que reunen y consumen después en una gran comida. A ésta contribuye también con alguna cantidad en dinero el Alcalde pedáneo del pueblo.
Los mozos ponen el mayo en la plaza pública el día primero de dicho mes y las niñas ofrecen de modo indefectible ramos de flores a la Virgen Santísima.
