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PREGÓN DE SEMANA SANTA EN OVIEDO 2010

por

Dª. MARIA TERESA ALVAREZ

 

          Señor Obispo Auxiliar de Oviedo.

          Señor Presidente de la Junta de Hermandades y Cofradías

          Hermanos Mayores

          Señoras y señores

          Querida Ángeles, muchas gracias por tu presentación. Constituye para mí un honor y me alegra profundamente que la primera mujer directora del diario “La Nueva España” me acompañe en este acto.
          Muchas gracias por haber pensado en mí para pronunciar el Pregón de la Semana Santa de Oviedo. Se la gran responsabilidad que he asumido y la verdad es que temo defraudaros, por ello os ruego benevolencia.
          Pude haber declinado la invitación, pero lo cierto es que, como católica que soy, no debía rechazarla, a pesar de que la categoría y buen hacer de los pregoneros anteriores me hagan enfrentarme a la tarea con miedo aunque con ilusión y cariño.
          He elaborado el pregón que a continuación les leeré a la luz de mis creencias. He tratado de reflejar, con sinceridad, lo que para mí significa la Semana Santa. Recurro a uno de los himnos, propios de este tiempo, que siempre ha iluminado mi alma, y a otros fragmentos de distintas reflexiones que marcaron mi vida espiritual.
          Dentro de cinco días la Luna iniciará una nueva fase y aparecerá hermosa, en plenitud.
          Os confieso que desde niña siempre me gustó mirar al cielo y observar la luna. Jamás la vi tan clara, cercana y entrañable como en el viernes santo, cuando en Candás, en la procesión del Vía Crucis, nos acompañaba a lo largo del recorrido posándose casi en el mar. Esa era la sensación que me ofrecía al mirarla, desde la que conocemos como la Plaza del Cueto, que coincidía con una de las estaciones. Desde entonces siempre que contemplo la imagen de la luna llena, me hace recordar la Semana Santa candasina y lo cierto es que nunca me plantee el porqué casi siempre había luna llena en esos días.
          Pensaba que coincidía algunos años, ya que a veces no la veía, aunque ahora se que la luna llena estaba allí, mirándonos detrás de las negras nubes que nos impedían verla.
          Lo sé, porque años después preparando un trabajo sentí curiosidad y quise conocer el motivo por el cual la Semana Santa se celebraba unos años en marzo y otros en abril. Imagínense mi sorpresa cuando supe que la única explicación estaba en la luna. Ella es quien decide las fechas, siendo el domingo de Resurrección el primero después de la primera luna llena de primavera.
          La primera luna llena de primavera, la conocida como luna de parasceve, la luna del viernes santo. La luna que pudo haber mirado Jesús, la misma que vio como le prendían en el Huerto de los Olivos y que siguió sus pasos camino del Calvario.
           Porque independientemente del significado que para los católicos encierran estos días, que nos preparamos a celebrar, nadie puede dudar de que Jesús existió. Que fue condenado a morir como un vil ladrón y que cargó con la cruz hasta el lugar en que habían de crucificarlo. Nadie debe dudar de la existencia humana de Jesús porque se puede demostrar documentalmente. Los que no creen en su divinidad deberían convenir en que su proceder fue admirable, pero es que si analizamos el comportamiento posterior de quienes le conocieron y escucharon, estarán de acuerdo en que algo trasciende en aquel hombre para que después de muerto sigan amándole y muriendo por él.
          No les había dejado el poder de un gran reino, ni un tesoro escondido, ni tratados de alquimia, solo les había pedido que fueran sus testigos, que el amor a Dios era lo más importante de la vida y que ese amor debería trascender a sus semejantes; “Como el Padre me amó, yo también os he amado; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea perfecto. Éste es mi mandamiento; que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. (Jn. 15 9-12).
          Alguien puede imaginarse que si san Pedro- que lo había negado tres veces- no le hubiera visto resucitado ¿creería en Él hasta entregar su vida en Roma?
          Si todos los que conocieron a Jesús- cuya existencia histórica se puede constatar- no dudaron en entregar su vida por Él es por algo más que por fidelidad.
           Pero es que para nosotros, los que creemos, no existen ese tipo de dudas. Para nosotros Jesús es el Hijo de Dios, que murió para redimirnos del pecado. De ahí que el recuerdo y la celebración de sus últimos días en la tierra, encierren un significado especial para los cristianos y católicos, siendo uno de los actos más importante de la liturgia.
          Jesús, el hijo de Dios, se hizo hombre para cumplir la voluntad el Padre:

          “Y así dijo el Señor: ¡Vuelva la Vida

          Y que el Amor redima la condena

          La gracia está en el fondo de la pena,

          Y la salud naciendo de la herida”

           Qué hermoso y profundo mensaje el contenido en estas frases de uno de los himnos propios de la Semana Santa. La gracia está en el fondo de la pena. Y la salud naciendo de la herida.
         
 Cuantas cosas nos podría contar la luna de parasceve, si pudiera hablarnos... Puede que nos dijera qué sintió la Verónica, la desconocida y valiente mujer que se apiadó de Jesús limpiando su rostro.  La Verónica, con su acción, nos recuerda que somos mejores y más auténticos cuando pensamos más en los demás que en nosotros mismos. Como a ella, Cristo nos espera en el camino, en el hospital, en la oficina, en el parque, durmiendo en algún banco a la intemperie. ¡Cristo nos espera! ¿Lo reconoceremos? ¿Lo ayudaremos? ¿O persistiremos en nuestro egoísmo?
          Me gustaría preguntarle a la luna de parasceve por el dolor de las personas que querían a Jesús, saber cómo reaccionaron al sentir el desgarro de su muerte.
          La luna, lo vio todo y sigue observando las distintas efigies creadas en todo el mundo para estas celebraciones. A buen seguro que se habrá alegrado al volver a besar, aquí, en Oviedo las imágenes de Jesús Cautivo, del Nazareno, del Santo Cristo Flagelado. Los hermosos y doloridos rostros de la Vírgenes,  Dolorosa, de la Merced, de la Soledad...
          ¿Os imagináis el dolor de una madre que ve a su Hijo camino de una muerte afrentosa?
          Como decía Juan Pablo II “Porque es madre, María sufre profundamente. No obstante, responde también ahora como respondió entonces, en la anunciación: «Hágase en mí según tu palabra». De este modo, maternalmente, abraza la cruz junto con el divino Condenado. En el camino hacia la cruz. María se manifiesta como Madre del Redentor del mundo. «Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta» (Lm 1,12). Es la Madre Dolorosa la que habla, la Sierva obediente hasta el final, la Madre del Redentor del mundo.
          La Semana Santa es tiempo de renovación, de reflexión, de examen de conciencia, de ir muriendo a aquello que debemos rechazar de nuestra conducta, desprendiéndonos de muchas cosas que no sirven de nada, para así, sin lastre, poder remontar la situación en que nos encontramos.      

          ¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza!

          Jamás el bosque dio mejor tributo

          en hoja, en flor y en fruto.

          ¡Dulces clavos! ¡Dulce árbol donde la Vida empieza

          con un peso tan dulce en su corteza!. (José Luis Blanco Vega)

 

          Dulce árbol donde la Vida empieza, porque la gracia está en el fondo de la pena y la salud naciendo de la herida. Mirad al crucificado por Él nos llega la salvación y la Vida.
          En la Semana Santa no debemos sumergirnos en la tristeza pensando en lo que Cristo padeció sino en tratar de entender por qué murió y resucitó.
          Aquellas manos que habían bendecido a todos, ahora están clavadas en la cruz; aquellos pies que habían caminado tanto para sembrar esperanza y amor, ahora están clavados al patíbulo. ¿Por qué, Señor? ¡Por amor! ¿Por qué la Pasión? ¡Por amor! ¿Por qué la cruz? ¡Por amor!
         
La Semana Santa es como el crudo invierno. Camino en la soledad del oscuro páramo, con viento y nieve. Frío en las entrañas. Pero sabemos que al traspasar los últimos árboles nos espera la Luz. Sí, la Pascua de Resurrección lleva pareja la explosión de alegría de toda la Naturaleza. Es el renacer a la Vida. Al amor. La resurrección de Jesús nos da una nueva luz y una nueva energía para soportar las dificultades de la vida. 

          Ablándate, madero, tronco abrupto

          De duro corazón y fibra inerte

          Doblégate a este peso y esta muerte

          Que cuelga de tus ramas como un fruto.

          En la Semana Santa debemos revivir con Jesús su muerte por amor a nosotros y renacer con Él a la resurrección.
          La cruz, no es la muerte de Dios, sino el momento en que se quiebra la faceta humana, que Dios ha tomado, y comienza a desbordarse el amor que renueva la humanidad.
          Después de la muerte de Jesús, me imagino a María Magdalena y a las otras mujeres, iluminados sus rostros por la luna llena que, compadecida ante su dolor, trataría de clarear un poco aquella noche oscura por la que atravesaban mientras custodiaban la piedra del sepulcro donde habían colocado el cuerpo sin vida de Jesús.

         Cuando María Magdalena y sus compañeras descubrieron vacío el sepulcro, donde habían enterrado a Jesús, se quedaron allí llorando. San Juan lo narra así: “Estaba María junto al sepulcro, fuera, llorando. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro y vio dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Le preguntaron, Mujer, ¿por qué lloras? Ella les respondió: porque se han llevado a mi Señor, y no se dónde lo han puesto. Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le preguntó Jesús: Mujer ¿por qué lloras? ¿A quien buscas? Ella pensando que era el encargado del huerto, le dijo: Señor, si te lo has llevado, dime donde lo has puesto, para que yo me lo lleve. Jesús le dijo: ¡María! Ella se volvió y le dijo en hebreo: Rabbuní-que quiere decir Maestro”. (Jn 20 11-16)
         Pienso que en ese momento a María Magdalena ya todo le resultó distinto. Ante la certeza de la Resurrección del Señor, los campos florecieron, los pájaros cantaron y la luna se alejó para que el sol brillara para ella en todo su esplendor. Atrás se quedaban los días oscuros empañados por las lágrimas, el frío de la soledad y el dolor. El desconsuelo por la pérdida del Maestro.
          Permitidme hacer en este momento una breve reflexión sobre el decidido comportamiento de las mujeres que permanecen cerca de Jesús en su camino al calvario. Una mujer, la hemorroisa defendió a Jesús ante Pilatos. Una mujer, la Verónica, enjugó su rostro desafiando a los guardias- sin que nadie se lo pidiera como a Simón de Cirene- María Magdalena y unas cuantas mujeres más le siguieron hasta la cruz y velaron su sepulcro.  Perdonadme pero no puedo evitar el pensar que Cristo quiso premiar los sentimientos de fidelidad y valentía de estas mujeres, al elegirlas para que fueran ellas las primeras en conocer su resurrección. Ellas se convirtieron en las portavoces que comunicaron a los apóstoles la buena nueva: el Maestro había vencido a la muerte. Además creo que esta es una prueba más de la resurrección porque nadie atribuiría ese protagonismo a las mujeres de no haber sucedido en la realidad.

          En plenitud de vida y de sendero,
          Dio el paso hacia la muerte porque Él quiso
          Mirad de par en par el paraíso
          Abierto por la fuerza de un Cordero.

          La Cruz es signo de un amor sin límites.
          De la cruz nacerá la maravillosa mística de Teresa de Ávila, de la cruz nacerá la vida nueva de Saulo, de la cruz nacerá la conversión de Agustín, de la cruz nacerá la pobreza de Francisco de Asís, de la cruz nacerá el amor a los demás de Teresa de Calcuta, de la cruz nacerá la revolución del amor: por eso la cruz no es la muerte de Dios, sino el nacimiento de su Amor en el mundo.
         Os felicito por haber recuperado después de unos años las manifestaciones externas, siempre importantes y más ahora, de la Semana Santa. Mucho ánimo a las Cofradías de la Hermandad de Jesús Cautivo, del Sto. Entierro y Nuestra Señora de los Dolores, a la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno, a la Cofradía del Silencio y Santa Cruz, y a la Hermandad de los Estudiantes, para que sigáis trabajando con fe e ilusión en las demostraciones religiosas de la Semana Santa ovetense, y a todos os invito a participar en las mismas y quiero hacerlo con unas palabras escritas por Juan Pablo II que dicen que participar significa tener parte en la cruz de Cristo. Y matiza que debemos reconocer, a la luz de este amor, la propia cruz. Quiere decir cargarla sobre la propia espalda y, movidos cada vez más por este amor, caminar... Caminar a través de la vida, imitando a Aquel que «soportó la cruz sin miedo a la ignominia y está sentado a la diestra del trono de Dios» (Hb 12, 2).
          Celebrar la Semana Santa es aceptar la Salvación de Cristo que por amor se entregó a la voluntad del Padre de morir para devolver la vida inmortal al ser humano. Vivir la Semana Santa es conectar el corazón al de Cristo y perdonar a los verdugos, amar a los que nos odian, orar por los que nos persiguen y entregar la vida por el más débil y necesitado.

          Del hermoso pregón que el año pasado pronunció el Obispo de Oviedo don Raúl Berzosa me gustaría recordar ahora, un párrafo en el que habla de la lucha contra Dios
-antiteodicea- que se da en nuestros días. Decía don Raúl que en un reciente libro de literatura, un ateo, planteaba el tema del mal y del sufrimiento escribiendo: “A mí lo que me preocupa no es lo que pasó en épocas pasadas, sino lo que vivimos hoy. ¿Por qué ahora Dios, si existe, permanece tan oculto y discreto?... Que pueda mirar sin inmutarse el sufrimiento de los inocentes, es simplemente intolerable... Un sólo niño que grita de dolor pesa más en la balanza de argumentos contra Dios que todas las bibliotecas teológicas de la tierra... Si Dios existe, ¿cómo puede soportar todo esto sin mover ni su meñique? Más aún, ¿se puede creer y orar después de Auschwich, Kosovo, Ruanda, Mozambique?”  Respondemos, sí- afirmaba don Raúl- porqué allí también se creyó y se oró...a la luz del Crucificado. Y contaba que el nóbel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, encontró escrito en su prisión, “Dios no mata”. Y que estas palabras quedaron grabadas para siempre en su corazón.
          Recuerdo este pasaje porque responde perfectamente a las voces que se han levantado estos días quejándose de la pasividad de Dios ante lo sucedido recientemente en Haití.
          Queremos un Dios protector que nos libere de las tragedias de la Naturaleza cuando está en nuestras manos paliarlas. ¿Podemos afirmar que si el llamado primer mundo fuese solidario, la tragedia de Haití tendría la misma gravedad? Este es mi humilde razonamiento que quiero ampliar leyéndoos un párrafo de; “Haití: Dios llora en la tierra”, una carta escrita por el entonces obispo de Huesca y Jaca, hoy Arzobispo de Oviedo, don Jesús Sanz Montes. Escribe don Jesús: “Dios estaba en las víctimas, muriendo con ellas una vez más. Pero también está en la gente que está entregado su tiempo, su dinero, sus talentos y saberes para ayudar a sus hermanos: ahí están las manos de Dios repartiendo ternura, ahí sus labios diciendo palabras consoladoras, ahí sus silencios cuando es callando como se dicen las mejores cosas, ahí su corazón cuando sabe palpitar con el latido de la gente que tiene entraña”.
          Es una reflexión hermosa plena de significado para los creyentes. Además pensemos que Dios no intervino para evitar el Gólgota. No lo hizo porque no había enviado a su Hijo al mundo para liberarnos del dolor ni del desgarro de la muerte, sino para darle sentido: “...el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”. (Jn 11-25-26)

        De aquí se deduce que toda vida acorde a la voluntad de Dios tiene pleno sentido aun existiendo la muerte. Jesús humildemente quiso compartir la muerte con nosotros, y vivió, en la Resurrección, el gran triunfo de la vida.

          Jesús no nos liberó del dolor, pero sí del sinsentido del dolor. No vino a liberarnos de la muerte, sino del sinsentido de la muerte.
         Mágica por el cielo   
          La luna fulge, llena
          Es la luna de parasceve, la luna de la preparación. La misma que siguió a Jesús camino del calvario. La misma que este año, como otros muchos, iluminará las procesiones de Semana Santa en su discurrir por las hermosas calles ovetenses.

                                                          Muchas gracias