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Boletín 100 - Navidad  2005   Titulares I  Noticias |  Extraordinario nº 100 | Divulgación | Historia | Documento
                  
Especial  nº 100   >  

ESPECIAL Nº 100

Nuestro deseo era que festejáramos de una manera especial la publicación “centenaria” de nuestro Boletín haciéndolo más de todos. Lo hemos manifestado en los dos últimos números y han sido varios los que han enviado su “conocimiento y sentimiento”.
De manera diversa se homenajea con hermosas palabras al centenario, dos maestras recuerdan “su escuela”, se alaba el oficio de D. Paco como veterinario de la Ribera, se recuerda la pequeña historia de familiares y amigos, hay añoranza de lugares y sitios y hasta se oyen “latidos” de Méjico y Argentina…
Desde la página 10 a la 21, en un ESPECIAL 100 que es suyo, han encontrado sitio estas páginas que consideramos como “voz y recuerdo” de muchas personas que alaban, sienten y esperan el periódico trimestral de su pueblo. Nuestra cordial gratitud para esas veintidós” firmas que registramos seguidamente.
Se ha pretendido, también, que el color de la portada y de la contraportada se una a este carácter singular de conmemorar nuestra publicación; así nuestros símbolos –pueblo, iglesia, río y escudo- aparecen más de fiesta. A ello se la unido la reproducción del cuadro “La Mata en invierno” que, con la técnica de pastel en seco, nuestro convecino José del Riego honra al pueblo y a su Boletín.


Plácido Fernández García
Fernando Sierra Álvarez
José del Riego
Elisabeth Pérez Fernández
Mari Carmen Rodríguez Colmenero
Juan F. Díez Muñiz

J. Alberto Viejo Sierra
Julio Valbuena Bayón
Anastasio Alonso Gutiérrez
Josefa Courel Fernández
Mª Carmen Zapico Gil
Manolo Robles Ruiz, “Marro”

Sor Enedina García Getino
Julio Cuesta García
Eva González
Mª José Borrega Fresneda
Luis Ignacio González Fernández

Gemma Miranda Robles
Casimiro Rodríguez Castro
Chari Mondragón Bayón
Cristina de la Plaza
Miguel Fuertes González

En esta conmemoración, las palabras de los dos fundadores del Boletín nos saludan desde aquella ilusión primera que ellos hicieron realidad.  
Plácido lo hace con unos versos que desean larga vida al "invento";
para que esté presente Fernando, ya fallecido, recordamos su emoción en un editorial que escribió para el número diez.

100 NÚMEROS - Plácido Fernández

 DILES...
           Que en las calles de La Mata
            hay cien bengalas en fiesta
            y cien mil gotas de alegría
            se deslizan al Curueño,
            que cien toques de campana
            celebrarán el suceso
DILES...
            Que cada tres meses
            se acerca el son de la flauta
            que mueve los sentimientos
 
           y las nostalgias del alma.
DILES...
            Que sólo el milagro
            puede explicar este evento
            de unir las vidas y nombres
           -noticia, tradición, historia-
           en páginas, que “in crescendo”,
           fueron
dando vida al sueño.
DILES...
            Que si todos ellos quieren
            seguirá vivo el invento
           de veinte sencillas páginas
           hasta alcanzar los doscientos.

AL ANDAR SE HACE CAMINO - Fernando Sierra

    Hasta este momento son ya diez las veces que nuestro Boletín ha llamado a la puerta de vuestra casa para saludaros con su “fardelín” de noticias y de historia, de comunicados y proyectos.

   Si repasamos su título y el jugo de sus contenidos notamos que hay en ellos ideas y vivencias que lo atraviesan de orilla a orilla como un “trasmallo” de fina hilatura: “La Mata es el nido donde se anudan y toman consistencia los motivos de nuestra unión comunitaria…Debemos leer y entender nuestro presente recuperando el pasado, nuestras costumbres y tradiciones, las formas populares de vida, las raíces de nuestro ayer las cuales sostienen y alimentan con su savia los afanes del presente…”

   Creemos que nuestro sencillo periódico trimestral va cumpliendo, poco a poco, sus ilusiones primeras… Ahí están, recogidas las crónicas de nuestras fiestas, las de La Mata y las de los Hijos del Pueblo... Los afanes de las cuatro estaciones… Temas que reverdecían nuestra mirada…

   Quizás con todo ello hemos conseguido abrir un poco más las puertas de nuestros hogares y, lo que es más importante, los “postigos” del alma a los demás. Pensamos que este pequeño tinglado va mereciendo la pena. Hemos comenzado a labrar un sendero y seguiremos, pues solo “al andar se hace camino, paso a paso, verso a verso”

 

Elisabeth, nieta de Adolfo, recrea con su dibujo una actitud entrañable.

“ACARICIANDO UN SUEÑO” -  Mª Carmen Rodríguez Colmenero
¿Quién puede decir que perseguir un sueño es una utopía?, ¿qué ocurriría si dejáramos de soñar?.
Celebramos que un buen día y en este pueblo, dos soñadores coincidieron en el sueño que hoy celebramos.
Y ya que esta ocasión me parece muy hermosa, y puesto que estamos en la “madurez” de nuestro Boletín, reconocemos el valor, la perseverancia y la ilusión de todos estos soñadores.
Cuando de nuevo nos encontremos en el regazo del pueblín, podamos celebrar y decir… “amigo, ven, siéntate a mi lado, aquí en el banco delante de la casa…” Y ya que la ocasión nos parece tan hermosa, y ya que vemos como nuestro boletín (al igual que nosotros) ha crecido, este número 100 es nuestro orgullo.
Ha sido un largo camino repleto de ideales compartidos. Celebrémoslo en nuestro interior, como “acariciando un sueño”.

¡Y CIEN NÚMEROS NO SON NADA! -  Juan Díez Muñiz
Plácido publicaba, en el verano de 1996,  que  La Mata ya existía hacía mil años, como lo atestiguaba una "Carta a Uermudo Uelaz de Curonio" en que María y su hijo Munio Muñiz vendían el 11 de noviembre de 1051 a Vermudo Vélaz y a su mujer Elvira, una finca junto al río Curueño, en La Mata,  por 40 sueldos de plata.
Juan Emilio se preguntaba en el otoño de 1996 ¿Existirá La Mata dentro de 1.000 años? y aventuraba que "las vacas se ordeñarían ellas solas, los tractores podrían ser aéreos y cargarían miles de alpacas en los remolques…".
Paula escribe estos días en el foro web que "La Mata es la mejor y sobrevivirá" y comenta "viva la pña jubnil somos ls mjors!! bss a  tós  (RAKL, MARINA, SONIA, SANDRA, PAULAP, JOSEBA, VITI Y ERNESTO)".
Nuestro querido y entrañable "Boletín" aún  no es tan longevo, pero ¡démosle tiempo!.  De momento sigue siendo el diapasón para mantener, una vez más, "La Mata de Curueño, un pueblo que nos une" desde hace  veintisiete años,   cuando apareció el primer número y nos decía  "En el pueblo durante el año viven unas 19 familias" y que sigue uniendo a nuestros jóvenes, que no habían nacido cuando comenzó su singladura.
Desde las páginas web de La Mata queremos unirnos a esta  celebración recordando el comentario de Ángel Fierro en las páginas de la Mancomunidad del Curueño "La Mata de Curueño es, sin duda, uno de los pueblos mejor descritos del mundo. En ello se empeñan concienzudamente dos sobresalientes fenómenos, que resulta necesario ponderar:
El primero se trata de su revista, de periodicidad trimestral, ´La Mata de Curueño. Un pueblo que nos une´, cuya increíble longevidad se cifra ya en veinticinco años …El fenómeno es de tal modo digno de elogio, porque -lejos de ser un simple ´boletín´ local, como se autodenomina- se ha ido configurando como una auténtica revista, en que tienen cabida todas las disciplinas: Literatura, historia, costumbrismo, léxico, recuperación etnográfica, tradiciones... a más de todo tipo de pormenorizadas noticias comunales…."
Felicidades La Mata y ánimo ¡vamos a por los doscientos números!

PASADO, PRESENTE Y… EL FUTURO -  J.  Alberto Viejo Sierra
¿100 números? En los días en los que vivimos un periódico como el de La Mata es algo que se sale de lo habitual y normal, llegar a cumplir la edad que tiene es un verdadero merito de trabajo y esfuerzo por parte de un equipo que yo desde aquí aplaudo con fuerza.
En este sentido me voy a guiar a la hora de escribir estas letras, el camino que me lleva a pensar en el futuro del periódico, si,  se que es el momento igual de hablar de lo ya transcurrido hasta nuestros días, lo vuelvo a resumir en dos palabras, excepcional e increíble y además con página web, pero creo que sería más importante pensar en el futuro, todos y todas y yo me incluyo el primero. Se lleva tiempo pidiendo más apoyo para seguir adelante con este proyecto tan ilusionante que nos sirve de alguna manera para unir las distancias que separan a todos los que nos encontramos repartidos por el mundo.
Yo lo pude vivir muy de cerca el trabajo que lleva este periódico con mi tío Fernando, y alucinaba de donde sacaba tiempo e ideas, hoy en día que todos y todas vivimos a la carrera, que el poco tiempo libre que tenemos lo dedicamos claro está, a nosotros y nuestra familia, como podemos parar a pensar, cuando tenemos el periódico en las manos y… si yo escribiera unas líneas o presentara alguna idea o  propuesta.
A mi me ha pasado pero no he dado ese primer paso, miedo al compromiso, pues sí, no me voy a engañar, y la verdad que me toca trabajar a diario en el mundo de la comunicación, tanto en prensa como televisión y no se si tendrán parte de culpa las horas que me roban cada día, que claro cuando uno llega a casa como para pensar en mi granito de arena que podría aportar al periódico de La Mata.
En resumidas cuentas o se hace un llamamiento al compromiso o pequeño esfuerzo, o sino, nos seguiremos haciendo la pregunta que nadie quiere hacer  ¿hasta cuando va a poder aguantar el quipo actual?, llevando las riendas de un periódico que es de todos y todas.
Vaya de ejemplo un servidor, intentare para próximos ejemplares aportar ideas y sacar un poco de tiempo para prestar mi apoyo para ese equipo que actualmente lleva en mi opinión estupendamente el periódico. Sin más para despedirme y en nombre de mi familia Muchas Felicidades por tus 100 números, con mucho futuro, ojala.

AGRADECIMIENTO A MARÍA JESÚS ALVAREZ - Julio Valbuena Bayón
Tras los cristales, me entretenía picoteando en mi mente un día de estos en que la lluvia se divierte haciendo correr a las gentes por las calles, mientras los truenos estremecen hasta el aire que se respira. Reflexionaba yo acerca de lo que sería de los receptores del Boletín si, por la razón que fuere, nuestra Mª Jesús dejase un día de introducir en nuestras casas, cada tres meses, esas páginas tituladas Desde La Mata.
¿Quién podría relatarnos el día a día de nuestro añorado pueblín? Si esta desdicha nos asolase, nuestra suerte sería tan negra como trenza de mujer morisca. ¿Qué me está pasando? ¿Qué congoja me atenaza? Si yo, con frecuencia, me repito que esta Mª Jesús nuestra interiormente está vestida de humanidad y de entrega a los demás. Si mis observaciones son ciertas, en el mes de junio de 1988 ya nos contaba nuestra reportera de La Mata sus experiencias pastoriles en el Soto y desde entonces han transcurrido 17 años. Que son los que está comprometida y dedicada a  regalarnos noticias, ilusiones y aliento a cuantos estamos ausentes del pueblo.
Quiero ocupar este rinconcito de la revistas, en este centenario, para decir a todos que no tengamos la boca inútil en el para el reconocimiento a Mª Jesús y para decirme  mí mismo que no cometa la aberración de pensar que sus periódicas páginas nos puedan llegar en blanco.
Mª Jesús: hoy quiero hacer una paloma de papel con el fin de que una ráfaga de aire la coloque en tu ventana y te susurre: GRACIAS… GRACIAS… GRACIAS.

CAMINAMOS POR EL NÚMERO 100 -  Anastasio Alonso Gutiérrez
Era el primer sábado de octubre de 1962, cerca de las 8 de la tarde, cuando el coche de línea, en dirección a La vecilla hacía su parada en La Mata. Un grupo de personas del pueblo se acercaron para saludarme, encuentro que se repitió en la mañana del día siguiente en la misa del domingo.
Aquella primera acogida me in fluyó muy favorablemente. También me sorprendió gratamente el entorno geográfico: la estrecha ribera, con su río, flanqueada por el monte a oriente y a occidente, teniendo por fondo el norte con su cadena de montañas. Un entorno humano del que disfrutaría intensamente durante años.
Al redactar estas líneas el once de noviembre, fiesta de S. Martín de Tours, tengo un recuerdo (recordar “con el corazón”) muy especial para todos vosotros. Recuerdo a muchas personas, unas ya difuntas, que viven en la otra vida, y otras, algunas de ellas entonces niños, que han formado un nuevo hogar.
El verano era, al igual que ahora, un gozoso encuentro entre habitantes e hijos del pueblo que regresaban para disfrutar de su descanso y volver a retomarse vida en el pueblo. Era momento propicio para celebrar más intensamente la fiesta popular más importante del lugar, la cual tenía un reclamo especial con el “corro” de lucha leonesa.
El goteo de la emigración vaciaba el pueblo durante el resto del año y la llegada de cada verano acogía a un número, cada vez mayor, de hijos del pueblo que superaba ya a los residentes. Esta y otras circunstancias motivaron la reflexión sobre una nueva orientación de la fiesta popular del verano, la cual fue el germen del Boletín “La Mata un pueblo que nos une” como instrumento de enlace y unión entre todos los que se sienten relacionados con el pueblo. Creo que va logrando satisfactoriamente el objetivo, llevando a nuestros hogares información, amistad, unión, presencia de unos y otros aún en la distancia física, para compartir ilusiones, esperanzas, experiencias, etc. Por ello, debemos felicitarnos.
La ilusión, la constancia y la tenacidad, trimestre a trimestre sin darse pausa y reposo, alumbran esperanzas y generan realidades. Ya estamos en el “número cien” dejando estelas y abriendo caminos, sosegando ánimos, creando vida y cobijando el rescoldo de los corazones que quieren latir para que la vida de un pueblo se derrame sobre todos que les sienten. El Boletín de La Mata invita a recordar, a vivir y a compartir noticias, sentimientos, recuerdos, experiencias y vivencias en la cercanía. Vuelvo al título inicial: “Vamos por el número 100, ¿cuántos más nos esperan?

MI AÑO EN LA ESCUELA DE LA MATA -  Josefa Courel Fernández
Hice las oposiciones de magisterio en 1951 y por los años del 53 me vi como interina en la escuela de La Mata, con el fin de sustituir a un señor, al parecer casi ciego, la cual quedaba algo lejos del Bierzo donde yo procedía. He aquí, brevemente, alguno de mis recuerdos de los que estoy escribiendo para mi hijo Jesús, lo cual me tiene ocupada en estos 80 años de mi vida.
Me orientaron que tomara el coche de línea hacia Vegas del Condado y creo que nos dejaba en Barrio. Desde allí andando 9 km hasta La Mata. Al llegar me indicaron la casa de Román y Chon donde había estado la maestra anterior. Al día siguiente empecé mi tarea aunque no recuerdo ninguna sensación esencial ya que iba preparada para todo. El edifico escolar es lo que llaman la Escuela vieja. Se accedía por una escalera interior de madera con una barandilla para evitar que se cayesen los niños. Hacia un lado estaba la mesa de los maestros y en el otro los niños y las niñas, no más de 25, creo. Me da un poco de pena que solo recuerde algunos nombres: Placi, que lo tenía a mi derecha en la mesa de comer en casa de sus padres; Nati, pequeñita ella y muy riquina; Fornida Sierra con sus ya 14 años, algo quiero acordarme de Mª Jesús y de otro chico que tendría 12 años y de su hermana que eran vecinos de Román y Chon.
Los niños eran respetuosos con la maestra, llevaban la lección bien aprendida, no creaban problemas de disciplina. Destacaba Plácido con sus 10 años, pues asimilaba todo lo que le explicaba, aventajado, despierto, y era el típico alumno que te saca de apuros cuando la vista del inspector (Este verano se me ha quejado de que no le ayudadaza en casa con la Aritmética elemental).
Empezábamos la jornada escolar con la señal de la Cruz y rezando un Avemaría, para pasar luego lista con el fin de señalar las faltas a clase. Durante el día se distribuía el tiempo para cada asignatura, que eran conceptos elementales, pero básicos y amplios, consiguiendo que no hubiera fracaso escolar como ahora; fácilmente se descubría la disposición de cada uno para las ciencias o para las letras. La enseñanza de la religión no se cuestionaba e incluso se explicaba el evangelio del domingo. Al final de clase se cantaba la tabla de multiplicar o alguna canción regional o religiosa. Las niñas solían hacer labores por tarde dos días por semana y entretanto los niños hacían algún problema o lectura (ya estaba la discriminación). Los jueves había vocación por la tarde.
También recuerdo al párroco D. Teodoro. Tocaba al rosario hacia el oscurecer y mientras la gente se reunía esa media daba catequesis a los niños. Un día de ayuno le vi en su casa con un caramelo en la boca diciéndome que eso no quitaba el ayuno, cuando yo no podía hacerlo porque no aguantaba pasar hambre.
Recuerdo la cantidad de agua que corría por medio del pueblo y los patos que se criaban. También, lo del “plantón” que era la semilla para remolacha y los restos que quedaba en su recolección se la daban a las vacas mezclada con paja trillada lo cual, decían, que la leche fuera exquisita. Había una señora que hacía mantequilla la cual venían a recoger desde La Vecilla.
Una vez al mes iba a cobra el sueldo a León andando 9 km hasta el tren de La Vecilla. Román me tomaba el pelo porque me aburriría durante tanto camino, pero yo, al dar la vuelta a la esquina, pensaba en un tema que me gustase y llegaba sin darme cuenta.
Este verano pasado visité el pueblo lo cual no hacía desde hace mucho tiempo.   

MI PRIMERA ESCUELA UNITARIA MIXTA. La Mata en el recuerdo de una maestra - Mª Carmen Zapico Gil
Lo que voy a contar ocurrió hace más de cuarenta años, a pesar del tiempo recuerdo como si fuera ayer aquélla época en la estuve de maestra en La Mata. Y la recuerdo con tanto cariño porque viví con una familia que se convirtió en mi propia familia: era la familia de Eliseo, q.e.p.d, y de Isidoro, a los que nunca podré agradecer lo que en aquel tiempo representaron para mi vida.
Tengo presente aquella escuela, habilitada hoy para Teleclub, y en la que la cocina y una habitación estaban unidas para formar el aula; nuestro patio de recreo era la calle que no sería el mejor del mundo, pero que a los niños y a  mí lo parecía en los días templados de otoño y de primavera o cuando el invierno se organizaban las peleas con bolas de nieve. No faltaba ninguno niño a clase, hasta los hermanos Panera que eran los que más lejos vivían y que a veces eran los primeros en llegar, aunque cayeran chuzos de punta.
Y como no recordar a los niños que eran doce aproximadamente aunque oscilaba el número porque se incorporaban el sobrino de D. Marcos y el de Angelines cuando pasaban temporadas en el pueblo. Los alumnos me parecían y aún sigo pensándolo de los más inteligentes del mundo, ya que todas las carencias de material se suplían con buena voluntad y con gran entusiasmo: desde fabricar cartel o mapas hasta conseguir tener la escuela caliente, tarea ésta de la que se encargaba todos los días Eliseo, pues ni un solo día de invierno dejó de encender la cocina económica con la que nos calentábamos; también, espalaba la nieve cuando caía en tal cantidad como para no poder llegar a la puerta e la escuela.
Y muchos recuerdos más. Entre ellos el la celebración de La Candelaria en Pardesivil en el mes de febrero. Todos los mozos y mozas del pueblo íbamos por la tarde al baile que se hacía en los bajos de la escuela; al volver, entrada la noche, nevado todo el paisaje y con luna llena se podía contemplar el valle y el pueblo de La mata, lo cual constituía uno de los paisajes más hermosos que he visto en mi vida. Si alguien quiere comprobarlo no tiene más que buscar que se den esas circunstancias y bajar de Pardesivil a La Mata. Quedará impresionado.
Las misas eran, cotidianamente, algo irrepetible pues las magníficas voces de D. Marcos, Eliseo, Román, Ángel y José María, entre otros, no eran cosa que un coro de ángeles cantando a Dios.
Como no todo es bueno en la vida, a últimos de los años cincuenta y principio e los sesenta hubo una gran cosecha de patatas en el pueblo, pero los pecios cayeron por los suelos, lo cual constituyó un serio descalabro económico para los vecinos.
Estos son parte de los recuerdos que conservo de La Mata y de sus gentes. Un pueblo ejemplar por muchos motivos y al que nunca olvidaré.

EL VETERINARIO DON FRANCISCO. 40 AÑOS VISITANDO LA MATA  -  Manolo Robles Ruiz, “Marro”
Estoy casado, felizmente casado, con una hija de Alberto García Sierra –hermano de Amalio e hijo del tío Joaquín y Domitila- que nació en La Mata en 1901 y allí vivió hasta 1837 (falleció en León en 1992). Mi suegro se sentía y ejercía de matense y, a través de él, pude captar el sentimiento de nostalgia que desprenden los lugares con “alma”; con espíritu que quedan y se llevan siempre en el corazón. Y que son algo más que unas casas, unas calles, unos campos… Alberto llevaba en el corazón el latido de una infancia –escuela, iglesia, amigos, vecinos…- que le marcó y le dejó huella. Y las pequeñas cosas (“las truchas que yo cogía a mano y que tanto le gustaban a mi madre”). Ay, “las pequeñas cosas, esas simples cosas que quedan latiendo en el corazón” que cantaba el poeta nostálgico. Alberto no perdía ocasión de evocarlo todo y de trasladarnos sus vivencias, sus recuerdos: el alma y el espíritu de La Mata.
Sucede que parte de estas evocaciones y de estas vivencias, digamos, indirectas, uno dispone de otras más personales y directas en relación con el pueblo de La Mata. De algún modo colaterales, pero a la postre muy latentes. Verán. Soy el segundo de los hijos del Veterinario que ejerció como Titular en los ayuntamientos de vegas del Condado y de Sta. Colomba de Curueño desde 1926 a 1966. Plaza o Partido Veterinario de Condado y Curueño, como se decía coloquialmente. Pues llegar con mi padre desde nuestra residencia de Vegas hasta los límites del norte del Partido, tenía para sus hijos caracteres de excursión y casi de aventura. Con independencia de las visitas “de avisos” tenía fijado un día a la semana para hacer el Curueño Alto y subir hasta Pardesivil. En aquél viejo Ford detrás del que corrimos todos los chavales del Curueño” según comentaba con gracejo el ilustre dominico de Pardesivil, P. Jaime R. Lebrato, el cual representó el tránsito de las hierbas y las sulfamidas a los antibióticos.
Una vez en La Mata, me viene el recuerdo de las cuadras y las casas de los ganaderos. Su hospitalaria acogida. Muy en particular, la parada obligada con el alcalde “perpetuo “ Antonio –casi tan prolongado en el cargo como mi padre en el suyo- a efectos de controles y seguimiento sanitario (matanzas, vacunaciones, etc.); recuerdo su jovialidad, así como lo cordiales que se mostraban siempre sus hijos. Claro que mi padre no dejaba de resaltar la buena gente y acogedora que eran en La Mata, lo cual enlazaba con misteriosas historias de maquis, huidos y emboscados en torno al pueblo y a nosotros nos apasionaban. También comentaba, al hilo de presas y fuentes a nuestro paso, el “misterio del agua” de este pueblo. Algún encuentro con el párroco D. Teodoro le servía a mi padre, tras reconocer “su santidad”, para comentarnos su ascendencia de Vegas y enumerarnos la familia que allí le quedaba al bueno y santo de D. Teodoro. O la alusión a nuestros parientes lejanos, los Raíces”, vía pasiega y a través de Boñar.
Se le notaba muy a gusto en La Mata a mi padre y pienso que era recíprocamente percibida y correspondida tal sensación. En el pueblo raramente el Veterinario era D. Francisco, más bien se saludaba con un “don Paco” más próximo. Antes de llegar a La Mata era casi obligado detenerse en el Molino de Barrillos, pero no solo por las razones administrativas de despachar con el secretario, el matense Pedro Fernández Y es que mi padre era antiguo amigo de “Pedrín” como él le llamaba, al tiempo que Pedro Y Araceli le decían “Quico”. Departían siempre un buen rato que nosotros aprovechábamos para invadir el molino y huerta jugando con Carlos, Nieves, Nila, Pacita, Tilina… Al cruzar Barrillos también era frecuente otra agradable parrafada con Monje, el “escribiente” del Ayuntamiento.
En un horizonte más sentimental, la constatación de la Fiestas de La Mata de 1960 supuso una de mis primeras aproximaciones a la que acabaría de ser mi mujer, MaryCarmen. Después, ya de novios, “cortejamos” en varias ocasiones a la vera del Curueño. El reflejo de sus aguas, sin duda, inspiraría este a modo de poético reflejo vital, de escasa inspiración y acomodada adaptación: Nací en la ciudad señera/crucé a bien raudo el Torío/y retocé en las choperas/del Porma en mis quimeras/junto a la orilla del río. Después remonté el Curueño / donde descubrí otras cosas / quizá un manantial de ensueño / el destino de un empeño / o un  rosal lleno de rosas. Tránsito de Sobarriba / Condado de mis ensueños / Ribera de mis quimeras / Montaña Curueño arriba / …Tránsito…, quimera…, sueños.

ALBERTO GARCÍA, MI PADRE  -  Sor Enedina García Getino
Colaboro a hacer más especial este número 100 con el recuerdo a un antepasado de La Mata que contriubyó a sentirnos a metense a sus hijos.
Mi padre, Alberto, era el quinto hijo de Joaquín García y de Domitila Sierra y comentaba que como había nacido con el siglo, en 1901, hasta los 100 años nadie era viejo.
Se caracterizaba porque contaba recuerdos y anécdotas con mucho humor.  En la escuela, un día que su tío, D. Angel, pasaba lista  de los alumnos con su correspondiente “¡presente!”, al llegar el turno a Alberto poniéndose en pie contestó “¡presidente!”. El inmediato “¡que venga aquí ese presidente!” supuso algún palo.
Como cuando iban los chavales a casa de la tía Marciana, cuya puerta chirriaba con gran ruido y se la abrían y cerraban hasta que con tanto “riin, raan”, salía el ama a correrlos con la escoba.
Igual que la mayoría de la gente joven le gustaba la pesca de truchas a mano en su río Curueño que ayudaban a la comida de familia numerosas y más para él “ya que le gustaban tanto a mi madre”, como solía decir.
Cuando cumplió la edad de hacer la mili, era del reemplazo de 1922, su padre que lo necesitaba en casa para el trabajo, pagó 25 ptas. con el fin de librarlo. Solamente hizo la instrucción en el entonces cuartel de S. Marcos, pero por su condición especial tuvo que presentarse periódicamente y durante bastantes años en los cuarteles de la Guardia Civil de Pardesivil y de Barrillos.
Destacaba por su curiosidad y tenía la costumbre de apuntarlo todo, aunque no le hacía falta para sumar lo cual hacía mentalmente a toda velocidad. No perdía ocasión de evocarlo todo y de expresar con sus vivencias y recuerdos el alma y el espíritu de La Mata.
Se casó con Concepción Getino, natural de Sopeña, y viajaron a Oviedo donde se encontraba su hermano Isidro, haciéndose allí la foto de boda. Pronto se establecieron en León.
Fue siempre muy cantarín y a sus 90 años canto por última vez la popular Pastorada y recordaba, incansable, muchas canciones populares como “Por cantar, chiribí me metieron preso…”, ¿Qué están haciendo loa mozos que no salen a bailar”, “Tengo un mandilín en casa…”, etc.

MIS TÍAS ABUELAS MARÍA Y FLORINDA - Julio Cuesta García
Casi todos los hijos del abuelo Mauro Álvarez, abandonaron su querido pueblo de La Mata, para buscar nuevos horizontes en Madrid. A principios del siglo pasado, la vida no era fácil, sobre todo para familias tan numerosas como la de Mauro y Carmen con ocho hijos, mucho trabajo y poco dinero para dar de comer a todos.
Mi abuela Cleta, con sus hermanas María y Florinda, tomaron la difícil decisión de marchar a buscarse trabajo a Madrid, como ya sabéis por la historia de mi abuela ya contada. Ella se casó en Aranjuez y tuvo cuatro hijos, quedando viuda muy joven; solo pudo volver una vez más a La Mata, con su hija pequeña Lola.
Maria se estableció en Madrid y estuvo trabajando durante muchos años, en la casa de una familia de la alta aristocracia de la capital, creo que eran marqueses, y vivían en la calle de Vadillo, aunque ella tenía su piso en la zona de Pacífico. Estuvo casada y no tuvo hijos quedando viuda pronto. Por cierto, que la abuela Carmen Flórez muy al final de su vida y muy enferma, fue a vivir con ella, para no regresar mas a La Mata y morir en Madrid en 1938. Ya de muy mayor Maria estuvo ingresada en una Residencia donde sus sobrinos, mi padre Julio y sus hermanas Lola y Luisa, la visitaban muy a menudo, pues sentían mucho cariño hacia ella. En Aranjuez murió y allí se encuentran sus restos.
Florinda era la pequeña, y creo que fue la que se quedó en la casa de La Mata bastantes años, pero también emigró a Madrid, buscando trabajo que encontró allí, se casó y tuvo su propia casa, donde yo recuerdo de pequeño ir a visitarla.  Tampoco tuvo hijos y creo que volvía alguna vez al pueblo. Si es verdad que se quedó viuda, y tuvo la mala suerte de morir sola en casa, por lo que está enterrada en Madrid.  También Graciano cuando quedó viudo de su mujer Luz, pasaba grandes temporadas entre Madrid en casa de sus hermanas y en Aranjuez, donde era muy querido por todos los que le conocimos.
Aprovecho la ocasión para mandar un fuerte abrazo a todos mis amigos matenses, a los que ya conocía y a los que conocí en las fiestas de San Martín de este año. Mi felicitación por haber llegado con tanto éxito a ese número 100 de la revista y mi mas sinceros deseos de paz, amor y felicidad para las próximas Navidades.

A MI TÍO PAULINO  -  Eva González
Los años que pasaron no eran verdad para los niños del pueblo, no había tiempo atrás ni tiempo adelante, sólo había un presente que se vivía con intensidad.
El tiempo de los niños se podría decir que estaba parado, que entretenía las horas en este y en aquel verano, en esta o aquella bicicleta. Los niños no tenían relojes que marcaran las horas de la vida, vivían infinitos, con un pasado tan corto, tan pequeño, que cabía en la palma de la mano. Así que los niños, entre ellos yo, correteábamos por las calles de La Mata, preocupándonos sólo de lo que pasaba por delante de nuestros redondos ojos. Y vivíamos con la inocencia de que todo lo que estaba ahí no se iba a mover.
El día que las cosas se fueron, nos hicimos grandes, y a medida que crecíamos en centímetros también lo hacíamos en nuestra percepción de la realidad.
Quizás esa intensidad con la que vivimos entonces es la que hoy nos permite recordar con absoluta nitidez tantos momentos y a tantas personas como las que hoy pueden asomar a estas páginas. Una vez hecho adulto, es cuando la vida te invita al juego de recordar, al de poner nombres al pasado y hacerlo presente, real y casi maravillosamente palpable para los que te acompañan. Y entonces, nada más que entonces, puedes volver a oír ritmos de orquestas y cumbias, saliendo de su radiocasette. Vuelves a tomar entre tus manos aquel “Quijote” ilustrado, para niños, que te regaló. O a retarle buscando palabras en las sopas de letras. Vuelves a reír con sus bromas, sus chistes. Escucha este, me decía en el corral. Y ahora este. ¡Mira qué bueno! Y te alegras de haber vivido con él tantos y tan buenos momentos, que una cosa tienes clara: no vas a dejar de hacerlo, mientras te quede memoria y gente con la que compartirla.
Tenemos que aprender a sonreír por y para aquellos que un día se fueron, porque seguro que nos están viendo. Tenemos que vivir la vida con la intensidad e infinitud de un niño.

PASTOR DE CABRAS. Fragmento de un relato - María José Borrega Fresneda
“El siguiente destino de las chicas fue la ciudad de León. Elisa quería pasar unos días en su hogar y, sobre todo, enseñarle a su amiga una de las zonas más bonitas de la región leonesa. Aquella ruta era el destino estival de Elisa y familia desde que era pequeña. Siempre le encantó aquel lugar en que se podía disfrutar de la montaña, de los ríos, de la naturaleza en su máxima expresión. Por ello quiso que Verónica la conociera. Visitaron Barrio de Nuestra Señora, Barrillos, Gallegos, Santa Colomba, La Mata, Pardesivil, Sopeña, La Cándana, La Vecilla… todos y cada uno de esos bonitos pueblos. Visitaron amigos de Elisa, especialmente del pueblo de La Mata. Verónica quedó encantada con la belleza de la zona y el agrado de los vecinos.
Durante una semana conoció cada uno de los rincones de aquellos pueblos en los que se evadieron del ambiente taurino del que estaban rodeadas todo el año. Un día, en el río de La Mata, se encontraron con un pastor de cabras llamado Felipe. Vestía pantalón y chaqueta negros con una camisa de cuadros de color rojo y en la cabeza llevaba una original gorra boina que disimulaba sus entradas. Fue muy amable y simpático con las  dos chicas que congeniaron a la perfección con él.
Les contó muchas anécdotas de su época de juventud, de las grandes nevadas que caían hace años, de la trashumancia hacia Extremadura, de su vida cotidiana: “Me levanto muy temprano por las mañanas, voy a por las vacas al prado, las llevo a la cuadra y las ordeño junto con mujer Margarita y mi hijo Miguel. Cuando termino la tarea las vuelvo a llevar a pacer y, entonces, cojo mis cabras y las llevo al monte. Me llevo un bocadillo y algunas revistas para pasar el día. Mis perros, Mica y Panda, me ayudan a vigilarlas y al atardecer regreso con ellas y las dejó en el corral que está la lado de mi casa. Así se resume mi vida diaria, pues me gusta estar con los animales y es como más disfruto”.
Elisa y Verónica lo pasaron muy bien con la compañía de Felipe en un ambiente realmente tranquilo. Se respiraba una gran paz en aquel bonito paraje que solo se veía truncada por el cantar de algunos pájaros y el dulce sonido del agua del río.

MI FAMILIA - Mari Carmen Rodríguez Colmenero
La familia de mi marido, Donato, es descendiente de Mariano García y Eulalia Bayón, nacidos en La Mata y que se casaron en 1889.
La madre de Eulalia, Juana Diez, era de Casares de la Tercia y conoció al bisabuelo Saturnino, como tantas otras personas, en aquella época, cuando la ribera del Curueño, en tiempo de siega, carretas repletas de jóvenes iban por distintos pueblos a trabajar: eran los segadores. 
Eulalia y Mariano García, tuvieron a Gregorio, Leonardo, Eutimia, Lisinio, Josefa (Pepa) y Joaquín García Bayón
, compartieron juegos y anécdotas que nos fueron transmitidos siendo partícipes de la vida y costumbres de ésta tierra.
Nadie tocaba la pandereta como "Timia" o bailaba la jota como su hermana "Pepa", que era de carácter abierto y alegre, quien además disfrutaba junto con otras amigas, ensayando o jugando "al teatro", a menudo de protagonista, ensayaban en algún pajar del pueblo, haciendo así más llevadero los largos días de invierno.
Siempre destacó en ella una innata inteligencia, ella Josefa (Pepa), era mi muy querida suegra. Antes de conocer físicamente La Mata, ya sabía de sus costumbres. Ella sonreía cuando, por ejemplo, me contaba que el día de su boda y como era costumbre, les hicieron subir a lomos de un burro a ella y a su ya marido Donato Panera Robles (de Valle de Mansilla), de cómo les ataron de espaldas el uno contra el otro y les exhibían así por todo el pueblo. De cómo celebraron la boda en casa de sus padres y que al llegar la noche pasaron horas con la espalda pegada a la puerta tratando de impedir que los jóvenes lograran entrar a sacarlos en camisón entre risas, hasta que su padre puso fin al intento.
Para entonces los hermanos se habían ido ya dispersando. Gregorio hacia Asturias, Lisinio y Joaquín a Argentina, aunque antes, a los 13 años Joaquín encauzó su vida hacia el estudio yendo a Solsona y Valencia, allí ya clara su convicción religiosa de ser misionero, puesto que provenía de una familia de firmes creencias.
Con tan sólo 22 años, embarcó hacia Argentina, luego Uruguay.  Su vida fue entregada absolutamente a los más pobres. Increíbles vivencias engrandecen su persona, sin dejar por ello de ser la persona afable, bueno y con un sano sentido del humor.
Josefa y Donato se asentaron en el pueblo. El ejercía por entonces, el muy importante  oficio de herrero, teniendo en cuenta que ésta era una comarca agrícola, su trabajo de servicio a la comunidad le ocupaba en constante trabajo, hombre de afable carácter y buen jugador a los bolos.
Sus hijos, Isabel, Francisco, Fina, Lali, Donato, Mariano Jesús, Luís y Angelines  siguen disfrutando del hogar familiar regularmente.

RADIO VERANO DE LA MATA - Luis Ignacio González Fernández
Durante todo un verano, allá por el año 1983, el equipo de programación y emisiones y la dirección sofocan los calores de un precioso mes de agosto en La Mata de Curueño. Ese pueblo que tiene en el delirio de originar cambios. Con buena dosis de ilusión y entusiasmo, nuestros paisanos, con la Comisión de Fiestas en su nombre, se dejan la piel para que el remate del verano sea inolvidable. Es una época fantástica en la que hay más veraneantes que nunca.
Las páginas de este boletín reflejan las múltiples actividades y travesuras que tanta gente unida es capaz de inventar. Y entre todas ellas, una más. Habíamos emitido en pruebas el verano anterior, pero ese año nace: Radio Verano, una emisora de frecuencia modulada que desde La Mata de Curueño, y a 10 kilómetros a la redonda, podía escucharse en el 107.0 del dial. Una radio para contarlo todo, contando con todos.
De 3 a 5 de la tarde, la hora de la siesta, una programación completa: con las noticias de la zona y del corazón local, “La Mata Joven” para los más pequeños, música del recuerdo y de la vanguardia, y los programas especiales en la semana de la fiesta. Más horas de emisión con entrevistas, retransmisiones deportivas, y toda la actualidad festiva y veraniega. Y más música de fondo para las horas anteriores y posteriores a los programas de contenido. Radio y Verano, las dos palabras resumen buenos momentos. 
No me caben los nombres de todos los que intervinieron en aquellos programas diarios o esporádicos, pero citaré algunos: Ana y Joseba Garrastatxu, Gema Miranda, Eugenio Hidalgo Bayón, y más y mejores buenos amigos. Sin olvidarme de Lucinio Álvarez, quien tuvo el valor de subirse a  colocar el mástil de la antena de tres metros en el tejado del pajar de casa; o de la voz de Fernando Sierra, quien cantó el himno de La Mata, compuesto por él para el final de las emisiones. Y tantos otros en una radio tan pequeña y precaria en instalaciones técnicas, pero tan grande y divertida como ninguna.
Y lo digo yo, que he trabajado en muchas. Radio Verano, en el recuerdo. Desde La Mata de Curueño para quien, como ahora, desde estas líneas quiera recordar grandes o pequeñas historias de nuestro pueblo.

MIS SITIOS EN LA MATA  -  Gemma Miranda Robles
Mi primer lugar fue el corral de mi casa, que antes no tenía verde ni flores, sino que estaba lleno de tierra rojiza, de piedras y de montones de leña. Por la puerta de atrás salíamos al Albañal, que nos parecía una selva, y cogíamos hierbas para jugar a las cocinitas.
Después cambiamos de sitio: cerca de casa pero ocultas para las confidencias en el portalón de la casa que fue de Adela, sentadas en las escaleras y ensayando canciones sin parar.
No fue la última vez que ampliábamos nuestra zona de juego: después nos fuimos junto a casa de Lucinio, desde donde controlábamos si alguien entraba en el pueblo.
La caseta siempre, aún hoy, tiene su atractivo. Su principal interés era la pizarra “prohibida” del veterinario, de la que siempre usábamos las tizas para pintar y escribir, tanto en las paredes como en el suelo.
Más tarde vino el río con dos opciones: pozo de los Asturianos o la Olla en el Soto, este último sitio el preferido para las fiestas nocturnas.
Los sitios de La Mata fueron y son lugares de encuentro, de charla y de recuerdo. Ahora tengo un sitio en este Boletín que me resume, trimestre a trimestre, la vida del pueblo. También dispongo de la página de La Mata, mi sitio web favorito.

MIS JUEGOS DE LA INFANCIA - Casimiro Rodríguez Castro
Hoy, después de muchos años, recuerdo con cariño los juegos con los que ocupábamos los largos ratos en el pueblín. Ciertamente, no nos aburríamos.
Cada época del año tenía sus diversiones y cada momento del día sus juegos. Con el mal tiempo las tardes daban poco de sí y apenas salíamos a la calle, así que nos entreteníamos en los portalones de los corrales jugando a los cartones de las cajas de cerillas o a los billetes del tren de La Vecilla que podían tener doble valor si eran de ida y vuelta o sencillos.
Con nieve salíamos a hacer santos en las eras, a tirarnos bolas de nieve y a hacer muñecos. En la plazuela de la escuela, delante de la casa de Paula, en una laguna helada improvisábamos una pista de patinaje con madreñas de tarucos, así que algunas “pellas” tuvo que arreglar el tío Ruperto a los artistas del patinaje.
Con el buen tiempo aparecían nuevos y más variados juegos. Cuando D. Lucio o D. Delfino nos sacaban al recreo de la mañana el manro era el juego preferido por niños y niñas; llenábamos de griterío el lugar y se iban formando dos largas cadenas con los que eran pillados y no rescatados.
Por las tardes, después de salir de la escuela y, sobre todo, después de hacer las labores (lavar patatas para los gochos, picar remolacha, apiñar para los conejos, etc.) nos juntábamos en la Plazuela o en el Campillín para jugar al calvo, el cual consistía en lanzar largos palos para tirar a un trípode lo más lejos posible y además, había que correr mucho para que no te pillaran. Jugábamos hasta que D. Teodoro tocaba a rezar el rosario y a la doctrina o hasta que Julián traía el rebaño y había que encerrarlo.
Quienes por la tarde llevaban los ganados al Soto tenían sus propios juegos. Uno de ellos era la gocha peza, que consistía en introducir unos palos gruesos y largos terminados en un abultamiento en una serie de hoyos tratando de evitar que una bola entrara en el hoyo central y dándole para que se fuera lejos, lo cual requería rapidez, habilidad y destreza (era una especie de mini golf); otro juego muy socorrido era el ginque con el fin de clavar en el suelo un palo o la navaja; cuando nos quedábamos en Entrerríos, como había donde escoger buenas y apropiadas piedras la ita ocupaba nuestro tiempo.
Mi recuerdo sobre los juegos se hace más presente con el rey de todos ellos: los bolos. Rara era la casa donde no estuviera preparada una bolera para los niños, principalmente, en los portales de los corrales ya que era donde había mejor firme y seco. Aprendíamos observando las partidas de los mayores los domingos sea en los castros de la plaza de las Nogales, entre la iglesia y el cementerio y, sobre todo, el que estaba delante de la iglesia, con su mano larga más allá de “la pontona” cerca del caño, bien guardaos a la sombra del nogal y de los altos chopos del “prao” del tío Ruperto. Este recuerdo se hizo realidad durante cada día del verano pasado en el nuevo castro del Teleclub; espero que nunca más vuelva a ser un “feliz recuerdo” sino una alegre realidad y un lugar de encuentro de vecinos y amigos.

REMEMBRANZAS DE UNA VIDA NO VIVIDA AHÍ... -  Chari Mondragón Bayón
Es difícil sentarte frente a un ordenador y tratar de escribir un artículo acerca de  un lugar en el que sólo has estado dos veces en tu vida, dos semanas de tu vida, separadas, cada una por  ocho años. Tratas de escribir acerca de gente que sólo has visto poco, que en realidad no conoces, pero que darías la mitad de tu vida por conocerlas mejor... eso mismo me sucedió al recibir la petición de cooperar para la siguiente edición del boletín de la Mata... ¿qué puedo decir yo...?. Y fue entonces, cuando me di cuenta que yo podía decir poco, por mi poco conocimiento, pero podía hablar por mi madre. Podía transmitir el amor y el agradecimiento que le tenía a ese pequeño pueblo, pero sobre todo, a su gente. Todas esas anécdotas e historias que ella nos contaba, y que esas dos semanas de mi vida, habían servido para confirmar sus palabras: ¡ES UN PUEBLO MARAVILLOSO!
Recuerdo el amor con el que mi madre hablaba de La Mata, "el pueblín" como ella con tanto cariño le llamaba. Cada vez que platicábamos de él, una luz especial iluminaba sus ojos y su mente volaba, volaba hasta las puertas de la iglesia, al corral de las sopejas, a la cocina de Emilia, al río, a los caminos del campo, a todos y cada uno de los rostros de su familia, a las miles de sonrisas y muestras de cariño que tuvieron con ella cuando estuvo cerca de ustedes... La sonrisa que mi madre dibujaba en su rostro, no podía ser más que una sonrisa de plena felicidad, de agradecimiento.
Yo misma, cuando por fin conocí el pueblín, me sentí llena de dicha, llena de agradecimiento; apenas llegué y muchos se acercaron a llenarme de abrazos de besos, de detalles incontables que siendo aún una desconocida para muchos, agradecí con el corazón entero.
Años más tarde, se me dio la oportunidad de viajar de nuevo a España, a ver de nuevo a mi familia. Esta vez era un viaje especial, era un viaje que quizá sería el último para mi madre, y así lo fue…, y por lo tanto cada uno de los minutos que ella pasara con su familia y en su pueblín querido, era vital, era un minuto más de felicidad que Dios le regalaba en esta tierra, con las personas que amaba, con las costumbres que añoraba y con la ilusión de perpetuar en nosotros el amor que ella profesaba.
Antes de las Fiestas, con mucha ilusión compró todo lo necesario para hacerles unos pequeños trajes a sus nietas, pero la enfermedad no la dejó hacer mucho. Gracias a Dios que siempre nos pone ángeles en nuestro camino, la tía Tere los terminó y las niñas pudieron lucirlos la noche de las sopejas. Mi madre no pudo ser más feliz en ese viaje, las más pequeñas habían conocido y se habían involucrado en las tradiciones de las fiestas, habían lucido el traje para la abuela y mi madre estaba rodeada de gente que amaba, todos con cada detalle, con cada sonrisa, con cada palabra, hicieron de su última visita, la mejor de su vida.
Ese viaje, fue realmente especial, porque a mí también me hizo conocer el verdadero amor, un amor tan fuerte y tan puro que ni el tiempo podrá borrar, y ¿cómo no amar al nogal, al río, al campo, a la hierba?, todos ellos son piezas claves que arman el perfecto rompecabezas de un escenario que emana paz y tranquilidad para quien quiera que pase por sus caminos.
Cuanto amor puede inspirar este lugar y su gente, que dentro de una cabeza que la enfermedad había destrozado ya, la única ilusión presente era volver a su pueblo, encontrar a su gente, buscar la forma en que alguien de alguna manera pudiera hacer realidad el sueño que no sólo ella tenia, sino muchos hijos, nietos, parientes de españoles, a los que la fortuna no les sonreía lo suficiente como para poder reunirse con la familia del otro lado del mar, un sueño que involucraba a empresas mexicanas importantes, cuyos dueños fueran españoles, para que entendieran esa fuerza magnética que tiene la sangre, cuando llama a los que están lejos.
En sus momentos de tranquilidad, mi madre diseñaba en su mente y en papel una campaña perfecta, para poder ayudar a quien padeciera la nostalgia que ella vivía, el querer volver a sus raíces, "vuelve a tus raíces" se llamaría, vuelve, lo que ella ya no pudo hacer; pero ese cariño, esa fuerza magnética que la unía a su pueblín, la tiene ahora ahí, cada vez que ella quiera, esta ahí, en el río, en la iglesia, en cada uno de los rincones de La Mata, el pueblo que realmente “nos Une”.
El titulo de este artículo es tan extraño como las imágenes que llevo, en mi mente y en mi alma, del pueblo en cuestión… son imágenes creadas de relatos de mi madre, que a su vez en parte son relatos que a ella le fueron contados por su padre, mi abuelo de alma. Es peculiar tener dentro de ti, historias que has hecho tan tuyas, que te visualizas en ellas como personaje real, como alguien que lo vio, lo escuchó y lo lleva como un preciado tesoro en la memoria. Es por eso que llamo a esto remembranzas de una vida, que no se vivió ahí...

DESDE ARGENTINA PARA LA MATA DE CURUEÑO - Cristina de la Plaza. Luján. (Prov. de Buenos Aires). Argentina
Hacer un libro. . . Un libro: esto no es extraño para mí pues soy escritora, pero hasta hace unos años no se me había ocurrido esta idea: volcar todo mi amor a España -no sólo como profesora o lectora incansable de todo lo español (y de todos los tiempos)- sino como persona, ya que el hecho de que mi familia, concretamente mis abuelos fueran de origen español, de León (Boñar y Barrio de las Ollas) influyó desde siempre en todos: mi madre fue la que nos transmitió todas las vivencias de ellos como inmigrantes y formadores de una familia de 15 hijos. Conozco además mucho de música, cine, teatro, arte, historia, geografía, costumbres y hasta de gastronomía.
Tuve ocasión de viajar dos veces. Mis viajes los “diseñé” yo, me entrevisté con poetas y escritores de varias ciudades (algunas capitales y otras más pequeñas) y eso me dio una gran satisfacción. Pero a mí lo que me gusta es buscar lo que yo quiero, irme de un lugar si no me gusta, quedarme más de lo pensado allí donde encuentre lo inesperado, lo que más me atraiga. Estuve incluso en las dos aldeas de donde vinieron mis abuelos y conocí a toda la familia que aún quedaba allí: algunos muy viejitos y toda su descendencia hasta llegar a niños y adolescentes.
Bien: voy a mi idea. Quisiera volcar en un libro todas mis experiencias respecto de la influencia que los pueblos tienen sobre sus escritores que, con el transcurso del tiempo se invierte. A mí me pasó que cuando fui a Moguer, tantos años después de morir Juan Ramón Jiménez, todo me hablaba de él, desde sus callecitas, los azulejos con frases de “Platero y yo”, la Giraldilla. Esto me pasó con todos los pueblos que elegí visitar (porque además me encantan los pueblos chicos, aquellos donde queda la esencia de todo lo español que yo amo.) Desde luego estuve en muchas capitales, ciudades importantes como Madrid, Barcelona... pero ellas no me dicen nada diferente de lo que puede decirme nuestra propia capital, Buenos Aires.
En los pueblos pequeños, en las capitales pequeñas, en las aldeas y desde luego en los caseríos, la esencia de “mi España” está en cualquier lugar: al menos eso es lo que me gusta a mí y lo que quiero reflejar en mi libro. Estuve en Galicia, en pueblos como Vivero, Santiago, Coruña... En La Mancha. . . En Andalucía. .
También quiero conocer a los escritores – no necesariamente consagrados por ningún premio ni que tengan obra publicada – gente que, resguardando la propiedad intelectual de sus obras, quiera enviármela. Yo voy juntando textos, en poesía o en prosa, fotos, anécdotas, visiones maduras o juveniles de las cosas con características de los pueblos. Cuando lo tenga muy avanzado, veré la forma que he de darle: seguramente un ensayo.
Por eso necesito corresponsales, gente que quiera hablar de mi proyecto a sus amigos, a quienes sepa que pueda interesarles, darles mi correo electrónico.
Espero no haberlos aburrido. ¿Recibiré mails suyos donde me cuenten cosas? Recuerden: las anécdotas más simples guardan cosas entrañables. Los poetas populares, aquellos que nadie conoce o que nada han publicado, guardan maravillas.
¿Y por qué La Mata? Porque un queridísimo amigo que tengo en Mallorca tiene sus raíces en La Mata. Él me contó de ese pueblo. Gracias a él y a Miguel recibo la hermosa revista que publican, la que habla del “pueblo que nos une”, en la que ya siento como propias las historias y las gentes del pueblo: me encanta lo que escriben Miguel Fuertes y María Jesús Álvarez Castañón, disfruto de las fotos (sobre todo de las que aparecen y sé que las ha sacado mi amigo Julio) y hasta supe, gracias a una de ellas, del nacimiento de Nel González Iglesias, con lo cual me enteré de que “Nel” es Manuel en asturiano y yo tengo un sobrino al que amo mucho que se llama así: desde entonces lo nombro Nel y le cuento cosas de España y él se ríe y me escucha.
Mi correo electrónico es cristhparke@yahoo.com.ar. Si alguien decide escribirme que sepa que aquí, en este pueblo de Luján, a 70 Km de la capital de Argentina, hay una descendiente de españoles que ama a España y a La Mata, aunque nunca haya estado allí… Pero no pierdo la esperanza.
  

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