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Boletín 102 - Verano 2006
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RECUERDOS DE MI VIDA EN LA MATA.
ASI SE VIVÍA EN LA MATA MES A MES: FEBREROAdolfo Fernández López
Este mes de febrero, las mujeres aún tenían labores derivadas de la matanza, así todo lo que estaba cubierto de sal se sacaba, se limpiaba bien, se colgaba en la cocina del horno unos días y después se pasaba ya a la despensa. Subidos los varales de chorizos y morcillas se suben las panzas de tocino y los tres lomos. El otro lomo acompañado de otras cosas se reparte entre las familias humildes. También se subían las costillas, las carrilleras, estas muy ricas para el cocido y para torreznos, las cabezas, patas, orejas, en fin todo, porque del cerdo se aprovechaba absolutamente todo. En la cocina del horno ya solo quedaban los chuletares, los brazuelos y las dos piernas de vaca, junto con los cuatro jamones de cerdo.
Las grandes nevadas que caían a últimos de enero y primeros de febrero originaban enormes problemas en toda la comarca: Por ejemplo, "el topolín", como se llamaba al tren quitanieves, había veces que en la collada de Otero se quedaba trancado tres o cuatro días, de forma que los trenes solo llegaban hasta Boñar en una dirección y hasta La Vecilla en la otra.
Los lobos cuando pasaban unos días con nieve se bajaban a los pueblos para conseguir comida. Recuerdo el susto que llevó en una ocasión el vecino Amancio Valladares, que vivía en la plaza de Manuel el cartero, cuando vio los lobos junto a su casa y aunque quiso recoger a su pequeño perro que estaba muy alborotado llegó tarde, ya que el lobo grande se lo llevó.
También las liebres salían de su madriguera, y como la nieve les impedía correr mucho era presa fácil de los aficionados cazadores como el Alcalde o el tío Felipe, que se llevaban varías piezas al día, y alguno las cogían hasta sin escopeta. Así me cuenta mi mujer Gloria que un día una liebre perseguida ve la puerta de su casa abierta y veloz se mete, cruza el portal, el corral y termina bajo el fregadero de su cocina. Lo festejaron adecuadamente, la cosa no era para menos.
Me acuerdo de mi hermana Juanita que un invierno, cuando tenía 16 años, después de pasar unos días nevando sin parar, con la ayuda de un hermano tuvo que sacar la ropa que había quedado tendida al verde en la huerta y estaba debajo de la nieve. Terminó llorando de dolor de manos y uñas. También en una ocasión vi llorar a mi hermano Aníbal cuando era joven, este no por la nieve, sino por una mala castaña. Os lo voy a contar. Las castañas en casa duraban una temporada. Cada día se cocían unas pocas y después se metían al horno unos diez minutos. Algunas explotaban en el horno y no les quedaba ni la cáscara. Pues bien, un día a Aníbal se le ocurre meter la mano en el horno, coger una castaña y guardarla en el bolsillo del pantalón; meterla y explotarle todo fue uno, y debió ser fuerte el dolor porque estuvo un buen rato llorando.
Recuerdo esos días de febrero, de puro invierno, de cuando fui monaguillo, que a las ocho de la mañana que era la misa, entrabas en la iglesia casi a oscuras porque del techo, en el centro, colgaba una bombilla que lucía menos que una cerilla; la iglesia además de oscura estaba húmeda, el suelo de baldosas de piedra con felpos para arrodillarse, cerca del altar veías una sombra: era el señor cura arrodillado en el reclinatorio. Bueno, se preparaban las vinagreras, se ponía el pesado misal en el altar, se levantaba el cura y se le ayudaba a vestirse, salía con el bonete de cuatro puntas y al llegar al altar me entregaba el bonete. Celebraba la misa rápidamente y al acabar le ayudaba a desvestirse, nos dábamos los días y yo salía de la iglesia contemplando el cuadro del purgatorio ¡que miedo nos metían con aquello! Luego iba a la escuela, como todo se estudiaba en alto parecía un gallinero; en el recreo jugábamos al calvo o corríamos con los aros de los calderos.
Los chorizos se llamaban de "domingo" a los que eran de cerdo y de "sábado" a los de castrones o vaca. Mi madre los chorizos de cerdo una vez curados los limpiaba con un paño humedecido con manteca de cerdo y los metía en grandes ollas de barro y luego las tapaba bien con papel de estraza. Los de sábado se usaban más para el cocido, que entonces se comía con mucha más frecuencia que ahora, y en el que nunca faltaba el relleno, la morcilla y un buen "cacho" de chorizo. Otro plato muy habitual eran las patatas con costilla. Así que en el pueblo, aunque no nos atiborrábamos de comida, no se pasaba hambre. Para los postres, como en febrero no había más fruta que las manzanas o peras de invierno guardadas, las mujeres hacían compotas, arroz con leche o leche frita, natillas o flan, y para los domingos además pastas caseras y frisuelos, ¡que ricos eran estos!
Durante el mes de febrero ya se notaban los días, y los hombres ya salíamos a hacer labores en los prados que estaban todos cerrados a base de sebes con chopos, fresnos y paleros de estos, y había que podar y limpiar esas sebes, cerrar lo que se había estropeado con buenos cinchos y espinos. Una vez bien arregladas las sebes se hacían o limpiaban las presas, que había bastantes. También se empezaba a sacar el abono para los prados y a preparar alguna finca que por no estar en condiciones o falta de tiempo no se había sembrado en el otoño.
Solían celebrarse los carnavales. En pueblos tan pequeños poca cosa se podía celebrar, pero en La Mata sí había algunas costumbres, como por ejemplo robar los pucheros del cocido a las amas de casa, y luego los "ladrones" las invitaban a comerlos, claro poniendo de su parte otras cosas. Los mozos y mozas se revestían con ropas raras y se pintaban de forma que no se les conociese, y salían por las calles metiendo bulla con toques de panderetas, botellas y todo lo que se les ocurría, e iban pidiendo por las casas. Un año apareció con los mozos un personaje montado en un burro. Tanto el burro como el personaje iban revestidos de tal forma que nadie supimos entonces quien era. Después se supo que era Donato.
También había costumbre en carnavales de "mullir" la cama a alguna moza. Esto no se me daba mal. Solo voy a contar dos peripecias. En la primera fue Emilia la "victima". Emilia creo que cuando era más pequeña vivía en Veneros, pero cuando era joven vivía en La Mata y era muy maja y guapa, y a Pedro le gustaba. Un día me dijo Pedro: "Adolfo, quiero mullir la cama a Emilia y necesito que me ayudes" "Bueno- le dije yo- esto tiene que ser mientras estén en el rosario porque después cierran la puerta. Mañana traes una gorra vieja aunque sea de tu padre"
En casa de Emilia el padre estaba de empleado en la fábrica, así que solo estaba en casa la madre, Emilia y sus hermanos menores. Cuando Emilia se fue al Rosario, Pedro y yo entramos en la casa, Pedro se dirigió hacia la cocina y trabó la cerradura para que no pudieran abrir, yo con una pequeña linterna entro en la habitación, quito la colcha de la cama, enrollo la manta en medio de la cama doblándola en la cabecera un poco, pongo la gorra encima de la almohada y extiendo la colcha, queda perfectamente. Salimos ya de la casa y Pedro y yo nos separamos. Supongo que Pedro esperaría a que salieran del Rosario para verse con Emilia. Bien, cuando me encuentro con Pedro al de unos días le pregunté y me contó que cuando Emilia se fue a acostar al llegar a la cabecera de la cama dio un grito, se le cayó la luz que llevaba, fue corriendo donde su madre y hermanos diciendo que en su cama había un hombre, que en su cama había un hombre… y pasaron la noche todos los hermanos juntos en la cama de la madre, y cuando ya por la mañana sintieron un pequeño ruido se dijeron "¡ahora sale el hombre!".
La protagonista de la segunda anécdota fue Asunción, la cantinera. Esta tenía tiempo de hacer sus labores y salir a la calle y recibir noticias. Yo lo pasaba muy bien con ella. Un año le dije: "Asunción quiero hacer una cosa y tú me tienes que echar un capote, quiero mullir la cama a una moza, pero es una moza muy mayor, es el ama del cura", la risa que le dio a Asunción le duró media hora. "Quiero que te hagas con la llave de la casa del cura- continué yo- ya que te llevas tan bien con ellos". Asunción efectivamente consiguió la llave, y el ama, Agustina, al echarla de menos empezó a decir que si la perdió, que si los ladrones, el disgusto que tenía igual el ama que Don Teodoro era grande. Al día siguiente vi a Asunción y me dijo: "mira imposible, es tal el miedo que tiene que no sale ni a por agua, ni al rosario, ni a misa, y anoche pusieron detrás de la puerta de entrada una silla medio cayéndose y encima cacharros para que cuando entrara alguien dar cuenta. Yo la digo reza, estamos en carnaval, como no va a aparecer…" Así que entregué la llave a Asunción y esta con cuidado puso la llave en su sitio mientras Don Teodoro rezaba la misa y el ama estaba dentro de la casa.
A finales de este mes empezaba también la poda de las viñas, porque, aunque ahora parezca cuento, en la mata había bastantes viñas. En efecto, desde Las Colineras hasta Rioseco toda la ladera, desde la carretera hasta la cima, casi todas las fincas estaban puestas de viñedo; La mayoría de los vecinos de La Mata y varios de Pardesevil tenían viñas en esa zona.
Recuerdo que en la década de los años treinta mi hermano Antonio y yo decidimos poner de viñedo una buena finca que teníamos bien situada en esa zona. Para ello, cuando los vecinos entre febrero y marzo podaban sus viñas nos fuimos a la viña del tío Ramiro, él y sus hijos nos explicaron como se podaban y como se ponían, y como quitaban los rastrones para ser reemplazados por otros más jóvenes. De estos rastrones que quitaban se preparan unos palos de unos 50 centímetros para poner en la finca. Ellos mismos, de sus viñas, nos prepararon un buen número de palos. También Eliseo nos preparó bastantes. En la “huerta los cepos” había una fuente famosa por sus berros, también allá tenían en casa el lavadero y allí metimos a remojar casi un mes los palos de los rastrones, y mientras tanto preparamos la finca para ponerlos a mediados de marzo. Empezamos a poner distancia de cepa y de línea, tal como nos aconsejaron, y vimos al año que estaban muy bien prendidos, así que los podamos como nos dijeron formando una pequeña cabeza a ras de tierra, muy distinto de otras formas de poda. Al año solo se les deja tres o cuatro tallos a 20 centímetros, a los dos años se les deja un poco más, ya dan un poco de uva, y a los tres años ya son rastrones que se les poda para que den mucha uva, algunos daban casi una arroba.;
Nosotros el segundo año no hicimos vino pero ya cogimos bastante uva. Antes de que llegara el tercer año preparamos el lagar, en una pequeña bodega, muy aparente para ello, hicimos un pequeño tanque de dos metros por dos metros y 0,80 metros de alto, bien cubierto de cemento, un pequeño desnivel haría que el liquido fuese a un tubo y cayese a un pequeño pozo bien preparado para que el caldero cojiera el liquido. Se compró la primera cuba de 24 cántaras y luego una de 18.
La anécdota de las viñas que estaban a las orilla de la carretera era que cuando pasaban los grandes rebaños de merinas, con caballerías cargadas de personas y mercancías y grandes perros, y una docena de pastores andando con otros perros pequeños dirigiendo el rebaño, los pastores no podían evitar que muchas merinas se metieran en las viñas. Algún vecino solía salir con malos modales a llamar la atención, y entonces aparecían el encargado le contestaban "denuncia que te va a salir caro" ya que el cordel tenía 37,5 metros de ancho y por tanto esas viñas estaban en su terreno.
EL PERRO MASTÍN
Plácido Fernández GarcíaLa mayoría de las personas recuerda en su vida alguna experiencia de este perro fabuloso Yo recuerdo tres perros mastines siendo niño: La perra que creo que se llamaba Perla; una noche que mi padre entraba en casa por las "portonas", pues venía de viaje con la bicicleta, no le conoció y se tiró a él; cuando le llamó por su nombre se lamentaba con el rabo entre las piernas casi pidiendo perdón, con finos quejidos.
Galán y Nerón fueron para mi dos perros impresionantes Eran mi burro de trasporte de niño y el juego en ratos de ocio. Altos, enormes, de porte noble, cariñosos. Galán vino recién nacido de unos dueños de ganados trashumantes. Era rechoncho, "un rollo de manteca", y de cachorro el peligro público para zapatillas, calcetines etc. a quienes se llevaba jugando y desaparecían; incluso peligro para las gallinas y pollos.
Nerón vino de mayor, un tío se lo quería quitar y por no matarlo… Ambos integran parte del paisaje de las pocas fotografías de mi época de niño. Su estampa, caminando delante del rebaño, impresionaba: potentes y musculosos. Firmes ante el peligro: para nosotros entonces el mayor peligro era el lobo. Yo he visto en dos ocasiones al lobo atacar al rebaño: siempre salieron los perros al quite y no hubo víctimas. Pero nunca vi enzarzarse a perro y lobo; más bien mostraban un mutuo respeto. El lobo se iba y detrás ladrando con potente y ronco ladrido, el perro. El rebaño era su feudo y su quehacer y se sentían sabedores de ello. Seguros de sí mismos merodeaban por los flancos del rebaño. Caminaban con el rabo levantado en ligera rosca. Destacaban sus collares o carrancas (carlancas) de pinchos fuertes.
No se sabe exactamente esta raza de perros; quizá ya sea de origen celta. Extendido geográficamente por los puertos de la Cordillera cantábrica y por el Pirineo aragonés. También por Extremadura. En general muy unido a los ganados trashumantes en los ejes Extremadura-Cordillera Cantábrica y Monegros-Pirineo. Se emplean también para cuidar fincas o propiedades y defensa de personas. Es un perro manso y noble con quienes conoce. Muy inteligente y no desprovisto de belleza. Dosifica sus esfuerzos y conoce su enorme potencia; su ladrido es ronco, grave, profundo y muy intenso.
Muy unido este perro a nuestro pueblo. Antes por el rebaño de ovejas y ahora para guardar vacas y fincas (que también ahora ataca el lobo) como los que tienen Licinio y Felipe -Sultán y León y Panda- y para los caballos de Benito, Cali.
Para conocer algo más de este noble animal su ficha técnica (Guía del perro, 1933, servicio de Hsipavista.com) refiere que es un perro de gran talla, hipermétrico y mediolíneo, proporcionado y potente, con un esqueleto compacto y de cabeza grande y pelo semilargo. Sus proporciones son: Largo de cuerpo superior a la altura de la cruz; longitud del hocico/longitud del cráneo = 4/6; perímetro torácico mínimo = alzada de la cruz + 1/3.El cuerpo es rectangular, fuerte y robusto, potente y ágil. La línea superior, recta, horizontal, incluso en movimiento. La cabeza es grande y su tronco es piramidal de anchas bases; el conjunto de cráneo-cara, visto superiormente, debe ser cuadrado y uniforme; los ejes del cráneo y del hocico, moderadamente divergentes, y la depresión fronto-nasal suave y poco acentuada. El cuello es troncocónico, ancho, fuerte y flexible; la piel gruesa y despegada y la papada doble de amplio desarrollo. La cruz bien marcada, el pecho ancho, profundo y poderoso.; la punta del esternón marcada; las costillas con amplios espacios intercostales y redondeadas, no planas y el lomo largo, ancho y poderoso, estrechándose a medida que llega al ijar. Línea inferior: vientre muy moderadamente recogido; los ijares descendidos y los flancos muy amplios. La cola, de nacimiento muy gruesa, fuerte, flexible y poblada de pelo más largo que en el resto del cuerpo. En reposo su porte es bajo. Cuando el animal está en movimiento o excitado se levantará en sable, con rosca en su final, pero nunca doblada en su totalidad. El pelo es tupido, grueso, semilargo, liso. Dos tipos de pelo: uno de cobertura sobre el dorso y otro de protección sobre los costillares y flancos. Más corto en los miembros y más largo en la cola. El color es indeterminado: más apreciados los colores uniformes amarillos, leonados, negros lobatos y cervatos; a veces, los colores son combinados. Respecto a la talla: no existen límites máximos de talla, siendo más apreciados, dentro de armoniosas proporciones, los ejemplares de mayor alzada. Límites mínimos: Macho 77 cm. Hembras, 72. Es conveniente que rebasen los machos los 80 cm. y las hembras los 75 cm.
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