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Primera y última páginas  I Ordenanza   


PRIMERA Y ÚLTIMA PÁGINAS


ORDENANZA 

En la lejanía de los tiempos, va para 300 años, un día, a la salida de misa,
Francisco Díez, Miguel de Robles, Juan Tascón, Justo García, Juan González...
Inés de Robles, Juana García, Francisca González, Isabel de la Llama...,
estando juntos a son de campana tañida y al nombre de Dios Todopoderoso,
premiaron con un litro de vino a quien leyó la ordenanza por vez primera. 

Vecinos que eran del lugar de La Mata del Valle de Curueño, Reino de León,
se reunieron para oir y guardar ya como “alaja” su libro auténtico de ordenanzas,
que era cosa tocante al bien común y convenía al servicio, bien y quietud del pueblo.
Así supieron los presentes y sabrían los venideros lo que era costumbre y bueno,
lo que cuatro hombres, desapasionados y bajo juramento sobre sus conciencias,
hicieron lo que sus entendimientos creyeron mejor para conciliar el común destino,
la administración de justicia, la conservación del lugar y su buen gobierno. 

Lo mandaron y ordenaron, aceptaron, una a una la ordenanzas que de razón eran:
nombramientos de regidores, veladores y vistores; repartimiento de foros y tributos;
componer y trocar vecindades, hacer eras y otoños, dar caridad y asistir enfermos;
hacer útil y provechoso cuanto fuera de veceras, facenderas, puente y pasaderas;
velar en llano y monte, limpiar presas, vigilar fuego en cocinas, hornos y piérgolas,
plantar árboles, cortar leña, correr lobos, criar perros, postar por mesón y taberna...

Vecinos de La Mata a quienes cada primero de año se les leía el libro bienhadado
para que no hubiera perjuros ignorantes ni ánimas que por esas cosas se perdieran.
Las guardaron y observaron, las cumplieron y ejecutaron bajo penas que se dieron
y ,en lo que no se expresaba, estaban a lo que por la constumbre antigua era;
llevaron a buen término el leal servicio de construir lo cotidiano como prenda
y acordaron dar continuidad a cuanto de común era necesario que sobreviviera.

 Protagonizaron el noble oficio de conservar lo que por tradición era buena siembra.
Domingo del Blanco, cura, como allí presente dio fe del bienhechor y sabio concejo.

                                                                                   Miguel Fuertes González


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