... No existe nada más difícil, de éxito más dudoso
que la introducción de nuevos procedimientos, porque

el que introduce innovaciones tiene como enemigos a

todos los que se beneficiaban del sistema antiguo, y

como tímidos defensores a todos los que se

beneficiarían del nuevo.


N. Maquiavelo. El Príncipe





 

Cuando a los 16 años me regalaron una cámara fotográfica, lejos estaba de suponer que en el futuro sería mi herramienta de trabajo. Que aquellos números grabados en el objetivo y en el cuerpo de la cámara, que al principio eran como extraños signos cabalísticos, con el paso del tiempo me resultarían tan familiares. Cómo disfrutaba accionando el enfoque, o girando el anillo de los diafragmas, o cuando pulsaba el disparador y oía el clic del obturador. Resultaba excitante pensar que aquello que veía a través del visor, luego lo podría tener en mis manos, aunque, bien es cierto, pocas veces los resultados eran los deseados.

Lo del cuarto oscuro ya era el culmen. Cuando de la copia sumergida en el revelador, y ante mis ojos atónitos, empezaba a salir la imagen que misteriosamente iba emergiendo de aquel papel blanco, me sentía  transportado hasta  caer en una suerte de fascinante trance.

Todo esto, la imagen y la pasión que siento por los mecanismos, ejercen una atracción sobre mí casi tan grande como la que siente el adolescente ante el primer beso. Tal vez debido a ello, nunca me extrañó el hecho de que al retirarse Carlos V a la soledad de Yuste, llevara dos cosas del mundo que abandonaba: relojes y a Juanelo Turriano, verdadero mago de los inventos y de los autómatas.

A pesar de que a lo largo de la vida, no hacemos otra cosa que ir sustituyendo unos placeres por otros, aún sigo prefiriendo el beso al sonido del disparador, algo que las cámaras digitales ya suprimieron, presentándosenos prácticamente mudas. Sólo al procesar la imagen, el ventilador de la otra máquina en cuestión, el ordenador, rompe el silencio con un leve zumbido. Qué curiosa continuidad en la sustitución de una máquina por otra. Antes era el ventilador del cabezal de la ampliadora lo que escuchaba, y ahora el del ordenador. Pero que nadie crea que esta nueva máquina actúa por sí misma, que es un self-actor. Nada más lejos de la realidad, ¿acaso piensa o toma alguna decisión? La creatividad sólo la aporta el hombre, en ningún caso la máquina. El llamado espíritu, es una potencia demasiado etérea que a veces se pierde en el laberinto de sí mismo y de sus propias e infinitas posibilidades. Algo que nunca poseerá una máquina.

Más sin duda, la fotografía digital tiene otros muchos y sugestivos encantos, que los detractores de este sistema, los sumos sacerdotes, los conocedores de los arcanos del cuarto oscuro, los “Savonarola” de turno, se encargan de minimizar al repetir insistentemente, que estamos cometiendo un pecado tras otro de infidelidad cuando dejamos a un lado la fotografía tradicional, la de toda la vida, y nos entregamos a “la otra”.

Antes de que esta última se popularizase, ya el gran fotógrafo americano Ansel Adams en 1984 escribió en su libro “El Negativo”: “Estoy esperando ansiosamente nuevos conceptos y procesos. Creo que las imágenes electrónicas serán el próximo gran avance. Tales sistemas tendrán sus inevitables e inherentes características; y artistas y técnicos, tendrán otra vez que esforzarse en entenderlos y controlarlos”.

Ahora bien, resulta innegable, que esta recién llegada pone en nuestras manos toda una serie de recursos que nos permiten, en aras de la creatividad, al menos aproximarnos a la obra que soñamos.

No hay idea por imposible que parezca, que con su ayuda no podamos trasladar al papel. Todo es posible, o casi.

No quiero copiar la realidad, deseo transformarla, en esa síntesis de impulsos sensoriales y racionales, que son los que me condicionan a la hora de crear una imagen. Dejémonos caer en las infinitas tentaciones de nuestra fantasía. Los únicos límites son la imaginación y la creatividad del autor.

Llegados aquí debo, no obstante, confesar, que es en el cuarto oscuro donde aún contengo la respiración cuando, inundado por la luz roja, contemplo absorto como empieza a desvelarse la imagen en el papel sumergido en el revelador.

De talante radicalmente alejado de cualquier maniqueísmo, considero que ambos sistema deben coexistir. De ninguna de las maneras estamos ante dos elementos antagónicos, sino que nos hallamos ante métodos complementarios.

La adaptación al medio es el camino requerido por la evolución. Es el modo de “sobrevivir” a ese perpetuum movile de los nuevos tiempos con sus cambios vertiginosos: “No sobreviven los más inteligentes sino los que mejor se adaptan al medio”.

Sin duda después de leer esto, alguien podrá decirme, recordando a Ortega, que la técnica es lo contrario de la adaptación del sujeto al medio, puesto que la misma, de lo que trata, en  movimiento inverso al  biológico, es la adecuación del medio al hombre.

Existirá una categoría de fotógrafos que seguirán con el viejo método, y habrá otros, entre los que me incluyo, que trataremos de conciliar lo mejor de ambos. Es probable  que a los dos sistemas, digital y tradicional, les suceda lo mismo que cuando el vídeo desplazó al Súper 8, si eso ocurriera, volvería a evocar el soneto de mi admirado Quevedo

 

Su cuerpo dejará, no su cuidado

serán ceniza, mas tendrá sentido

polvo serán, mas polvo enamorado


Lorenzo Secades Alonso

 

"Yo y mi circunstancia"

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