| Rosario de Acuña y Villanueva Madrid, 1850- Gijón, 1923 |
Para saber más: Rosario de Acuña en Asturias ----- Rosario de Acuña y Villanueva. Una heterodoxa en la España del Concordato-- Comentarios («BLOG») |
Desde allá lejos, en Cuba, desde una de esas haciendas, que son casi un estado, avanzadas de la ciencia agrícola, que llevan hasta el interior de los bosques desconocidos el raudal del trabajo humano: desde aquel mundo naciente, donde la energía y el talento, acumulados, están condensando una civilización nueva, una nueva raza y un nuevo horizonte de grandezas; desde allí ha llegado a un humilde hogar de campesinos asturianos una carta cuyo párrafo principal dice así: « y por Dios, padre, que no tarden en mandarme la gaita que les pedí. Háceme mucha falta la gaita. Somos aquí muchos paisanos, y no la hay; a más, los de la tierra me piden que la traiga, cuento ganar mucho con ella; ya ven que les mandé cien duros, pues si la traigo les mandaré doble; mándemela pronto». Donde yo vivo se empaquetó la gaita: era nuevecita, de boj, llena de flecos, cintos y madroños.
Un hábil tañedor vino a probarla, y desde el cerro que, como atalaya desafiadora del Océano, sirve de cimiento a mi casa, partieron las dulces melodías de una tonada astur, cuyos ecos morían entre las rompientes del mar, coreados por los ásperos y bravíos gritos de las gaviotas
Era el atardecer. Todas las estribaciones de la cordillera cántabro-asturiana, vestidas en sus vertientes con incomparables florestas, coronadas en sus picachos por estrías de nieve que, como sartas de perlas caídas del cielo, unían su azul con el verde de las praderías, se bañaban en los postreros rayos de un sol brillante que se hundía en las rocas del cabo Peñas
Pueblos, caseríos, bosques, campos lucientes de pomares y castaños, valles por donde saltaban espumosos arroyos, y más cerca desplegándose en soberbia llanada la ería del Piles, con sus trigales de gran altura, sus campos de remolacha y sus caserías rodeadas de eucaliptos; pinos, laureles e higueras, en guirnaldas de parrales, con sus huertos floridos de guindos y albaricoques, y sus tablares de fresa, y platabandas de alcachofas, festoneado todo por macizos de hortensias, rosas, alelíes, claveles, heliotropos y todo ello soberbio de lozanía, de vigor, de abundancia.
La gaita seguía sonando. Por un momento imaginé que tenía alma y que sus notas, llenas de triste armonía, iban diciendo adiós a toda aquella hermosura de tierra y cielo, donde ella, la pobrecita, no podía ganarse la vida. Recordé a Suiza, donde la gaita, y el caramillo, y la bocina, y la caracola, con el canto del montañés, cuidadosamente conservados por el amor patrio, han llevado cientos de millones a todos aquellos valles, desfiladeros, cumbres y bosques, cuya belleza, uniforme y sombría, no puede competir con esta múltiple, graciosa y soberana belleza de Asturias; y mientras allí van gentes de toda la tierra a escuchar los sonidos de los toscos pastoriles instrumentos y se forman expediciones para oír las sonatas de las montañas que se ensayan (como en el teatro) con esquilas de ganado, aquí, esta pobrecita gaita emigra a América porque en su tierra, ¡ay!, en su tierra, no puede vivir.
«Adiós, adiós» -le decía con el quejido de su melopea infantil. «Estás vestida de riquezas y bellezas; desde el trigo de tus erías, hasta los robles de tus selvas y los jazmines de tus huertos, todo chorrea vigor, fecundidad, hermosura, y, ¡sin embargo!, tus hijos huyen en bandadas, ya no se van solos, se llevan sus alegrías, sus cantos, me llevan a mí, que soy su tradición, que soy su poesía, su historia, que soy la boda, el bautizo, la romería, la verbena, el romance, la leyenda »
La gaita se calló. En el próximo Gijón, las notas de un organillo callejero que tocaba un vals, rompieron el silencio de la cercana noche, y con sus estridencias de carcajada vinieron a escarnecer los últimos suspiros de la gaita Al día siguiente un trasatlántico se la llevo a América
Allá va. Parece que con ella se va España toda. ¡Ah, patria hermosa y amada! ¡Quién pudiera evitar esas emigraciones!
¡Quién pudiera convencer a tus hijos de que sus sueños de oro, sus fantasías, sus ansias de riquezas debieran concentrarlos en ti; en ti, que eres el joyel más valioso entre todos los pueblos de la tierra!
El Cervigón (Gijón)
Asturias, La Habana, 8-4-1917