Rosario de Acuña y Villanueva
Madrid, 1850- Gijón, 1923

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A una gaviota

 

Tú que cruzas las revueltas

ondas del mar,

oye el eco que te manda entre el aura

mi cantar.

 

Eco triste y melodioso que se pierde

en derredor,

eco que del alma brota, cual un grito

de dolor.

 

Yo quisiera sobre el mundo levantar

mi pensamiento,

como allá en la mar te elevas

desplegando tu plumaje

en el viento.

 

Yo quisiera, con mi alma,

a través de los espacios

seguir  tu vuelo,

fijando las esperanzas

que en ella moran

sólo en el cielo.

 

Yo quisiera del humano no ver nunca

la maldad,

y vivir, como tu vives,

siempre libre y venturosa

en constante soledad.

 

Yo quisiera que mi cuerpo,

desprendido de la vida,

durmiese en calma,

y á la mansión de la gloria,

reina de paz y de amores,

volase el alma...

 

Pero ¡ay! que mi pensamiento

gime en cadenas,

cuyos fuertes eslabones forman

las penas.

         

Y siempre volando en torno

de la esperanza,

la dicha que él ambiciona

jamás alcanza.

 

Y contemplo tristemente

los desengaños,

que brotan  con la experiencia,

con los dolores del alma,

o con los años.

 

Y va mi vida siguiendo

triste carrera,

y de romper con el cuerpo

que la aprisiona insensato

ya desespera.

 

Tú que escuchaste los cantos

que del alma se escaparon

como un suspiro,

llévalos entre tus alas

y no dejes que se pierdan

con tus giros.

 

Déjalos en las regiones

de otros mares

más hermosos,

el aura tal vez los lleve

donde vi pasar los días

venturosos.

 

Allí morirán  sin eco,

que  nunca tuvo respuesta

mi canción...

¡Llévatelos y no olvides

Que entre sus notas va envuelto

El corazón!

 

            Gijón, 1874.

 

La Iberia, Madrid 23-12-1874